La mujer bonita (María Pilar G.S.)

Con el tiempo la situación entre mis padres ha ido empeorando, papá está cada día más agresivo y condicionado por el alcohol, y mamá más consumida por todos los sufrimientos que derivan de dicho alcoholismo.

Día tras día se desvanece su apacible luminosidad, no tiene vida propia y sólo vive para nosotras.

Sus ojos están hundidos por la tristeza y la angustia de no poder escapar de la prisión que la retiene y la hace sufrir, sus arrugas manifiestan este sufrimiento y  su extrema delgadez la desesperación. Su piel ha dejado de ser como el terciopelo, sus pupilas reflejan todo el dolor que carga a sus espaldas, se ha estropeado ya no tiene luz.

Mi madre, la mujer bonita y dulce, ha desaparecido. Se ha empezado a encontrar mal y ha ido al médico, y así de repente le han diagnosticado cáncer de mama.

Tengo doce años, no sé que pasa ni de que se trata, sólo sé que es malo, eso si lo sé.

Tenemos que quedarnos con mi abuela materna durante un tiempo, durante el cual mamá permanecerá en el hospital. Al cabo de un tiempo se supone que lo ha superado y la han mandado de vuelta a casa.

Tiene que pasar una revisión anual pero desde  su interior decidió  que jamás iría a una sola de ellas y decidió condenarse a si misma en silencio.

Ha entrado por la puerta, delgadita, con la mirada pérdida, se le nota cansada y con poca autoestima.  Mi abuela la ha ayudado a vestirse, lleva un pijamita rosa que no habíamos visto nunca. Supongo que algún familiar se lo ha llevado al hospital, aún así esta muy bonita, pese a tener esa carita de cansada.

Mamá no ha tardado ni dos días en sentarse de nuevo en su vieja máquina de coser. Papá le ha dicho que hay que seguir trabajando a pesar de todo.

Mamá llora muchas veces y reclama a gritos su felicidad con sus  gritos ahogados en el silencio. Mamá sabe que nunca dejará de amarle, que jamás reunirá las fuerzas necesarias para abandonarle, sabe que su corazón pertenecerá a mi padre toda la vida y que jamás será capaz de darse a ella misma la vida y la ansiada felicidad que papá le ha robado.

Cualquier cosa es importante para mí y analizo cada detalle, cada suceso. Pienso en el por qué de todo, y estoy convencida de que las cosas suceden y están ahí por algún motivo en especial, busco la razón de ser de todas las cosas aunque mis conclusiones no siempre sean acertadas.

Es verano son  las cuatro de la tarde  y estamos en casa como de costumbre, aguantando como podemos el tirón de una bochornosa y aburrida tarde. Papá ni siquiera nos deja ir a la piscina, mi madre está sentada en el salón, delante de su vieja máquina de coser y mis hermanas, viendo la tele.

De vez en cuando se propinan alguna que otra patada para hacer la tarde más amena.

Mi afición es tomar el sol,  me paso las horas muertas en la galería con los cascos puestos hasta que desaparece por completo  el sol de mi propia playa imaginaria.

Así me relajo y consigo olvidar el infierno diario que tenemos de vida. 

La rutina ha hecho que me acostumbre a cosas estúpidas pero que para mi son todo un mundo. Me encanta estar completamente quemada por el sol, entrar al salón y ver a mis hermanas peleando por tonterías, y a mi madre con su cigarro en la mano y su café con leche junto a su inseparable máquina de coser.

Me gusta escuchar el ruido de fondo que proviene del taller de chapa y pintura que tenemos justo en frente de casa, aunque creo que más bien me relaja, creo que me da seguridad. Sé que si pasara algo en casa cualquiera de los trabajadores podría escucharnos y en cierto modo, podría  ayudarnos.

Pese a todo el reloj da paso a la rutina de mi vida cotidiana, y cuando cierran el taller empiezan mis miedos. Significa que la tarde ha terminado, que los trabajadores se van a sus casas y que nos quedamos solas las cuatro y  eso no me gusta, la noche me aterroriza.

Sé que papá ha cerrado su taller y comienza su recorrido diario hacia casa, haciendo la paradita de rigor en cada bar. Cuando llega a casa ya no es una persona consciente de lo que dice y hace, pero su mayor inconsciencia es la de no reconocer y admitir su problema. Es el principal motivo por el que no podemos ayudarle.

Una mañana el taller de chapa y pintura ha cerrado sus puertas para siempre. Fernando el dueño del taller, ha decidido dejar el negocio  puesto que cada día tiene menos trabajo.

Han pasado ya unos días desde que el taller ha cerrado sus puertas, y la ausencia del ruido que antes producía, provoca en mí una sensación extraña; me siento desubicada. Es como si me faltara algo. Este silencio no acaba de encajar en mi mundo.

En ocasiones creemos que todo va ser siempre igual y nos aferramos a ello, pensamos que nada va a cambiar nunca. Pero las cosas no funcionan así en la realidad, ya que todo tiene su comienzo, y todo tiene su final.

Es un proceso que todavía no he comprendido, o mejor dicho, asumido.

 Son las dos de la madrugada. Papá ha venido a casa borracho como siempre, y ha empezado a deambular por casa. Ahora grita como si estuviera poseído por el mismísimo demonio,  proclama a los cuatro vientos lo mala mujer que es mi madre.

Mamá es capaz de estar veinte horas al día sentada delante de su máquina de coser para alimentarnos. ¿Eso es ser una mala mujer? Esta pregunta ronda mi mente una y otra vez a lo largo de mi vida. Podéis haceros una idea de lo bello que es el recuerdo que tengo de aquella noche; de la imagen que guardo en mi memoria. La estampa de un padre, seco como una caña – en calzoncillos -, vagando sin rumbo por la casa con un cuchillo en la mano, mientras no deja de gritar.

Mamá no quiere contestar para que él no pierda el control, pero al final se ha atrevido a hablar:_“Joaquín las chicas están durmiendo, las vas a despertar. Acuéstate, mañana hablamos”.

Él se ha sulfurado mucho y ha entrado a nuestra habitación. Grita entre sollozos mientras nosotras le miramos aturdidas. Somos presas del pánico observando aquel cuchillo en su mano.

Pero justo cuando pensamos que lo peor está por llegar, sucede lo inesperado. Papá se despide de nosotras. Dice que no puede vivir con nuestra madre; que es esto, lo otro y lo de más allá. Nosotras sólo escuchamos, no podemos articular palabra.

En el fondo sólo deseamos que se marche para salir corriendo a abrazar a mamá.

Así pues, papá se ha vestido y ha metido su ropa en bolsas de basura. ¡Se ha ido! ¡Por fin!.

Salimos pitando de la habitación y  vamos con mi madre, que esta en el salón llorando mientras se fuma un cigarrillo.

Acto seguido arranco uno de los cartones – que hacen la función de cristal en el marco de la ventana -, saco la cabeza y veo como papá pone en marcha la furgoneta y desaparece. Es todo un alivio.

Ninguna de nosotras cuatro ha conseguido pegar en toda la noche pero, gracias a Dios, seguimos juntas y a salvo de este mal sueño.

Mi hermana Ana y yo vamos a comprar el pan como todas las mañanas, nos hemos encontrado con papá y no nos ha dicho nada; ha pasado de largo como si no nos conociera.

Ha pasado de sus propias hijas. Nos hemos quedado heladas. Ha sido una sensación extraña, aunque agradable. Si desparece de nuestras vidas, mamá no llorará más y nosotras no tendremos tanto miedo.

Por las noches tengo que contar ovejitas – o cualquier otra cosa – para poder dormir.

No concilió el sueño, pero es algo que nadie sabe. Necesito mantener mi cabeza en otro sitio para poder relajarme y dormir, así que considero que lo de contar es un buen método para conseguir descansar.

He creado mi propia ley claro tengo doce años que dice que si papá llega a casa y, en mi afán por conciliar el ansiado sueño, me coge contando un número par, esa noche no pasará nada. Por el contrario, si lo hace cuando voy por un impar, ya puede temblar la tierra, que esa noche será un infierno.

Pero la “felicidad” y la “calma” no durarán eternamente. Papá se ha cansado de dormir en la furgoneta al cabo de unos días y ha decidido volver a casa …

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Galería | Esta entrada fue publicada en Relato, Relatos tema junio 2011. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a La mujer bonita (María Pilar G.S.)

  1. luisrafael1 dijo:

    Debería existir la sana práctica policial de hacer pasar a los alcohólicos por controles de alcoholemia antes de ir a su casa y al que rebasara los límites permitidos quitarle todos los puntos del libro de familia.

  2. Ana Calabuig dijo:

    Como ya te comenté, el relato me ha impresionado por varias razones: por lo actual, por la veracidad que trasciende y, además, por ser la voz de una niña la narradora y testigo de los hechos. Muy impactante.

  3. Silvia dijo:

    Si hay un tema que refleje la desesperación, desde luego es la mírada infantil hacia un mundo de adultos incapaz de entender ni de arreglar. Buen relato

  4. merche sevil dijo:

    me ha gustado mucho,espero que continúes por esa linea,sigue así.besos Merche

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