Recuerdos de una adolescente. (Andrea Pons)

Estas palabras, puede que carezcan de sentido, pero están escritas con tinta de corazón.

Tal vez, sea yo la única persona que tenga este problema.

Aunque lo dudo.

Recuerdo que bajaba con mi madre por una calle de Palma, caminando obliga a un sitio que no quería ir, ¿para qué iba a ir, si no lo necesitaba?

-Mamá, te lo prometo, no hace falta.

-Oye, hazlo por mí, ¿vale?

Suspiré, deseando que la brisa se llevara todo lo que estaba pasando en mi vida.

-Ya hemos llegado.-susurró ella intentando aparentar indiferencia.

“Consulta psicóloga de trastornos alimenticios”

Eso era todo lo que ponía, volví a suspirar, y pensé en pellizcarme para salir de aquél sueño, pero solo era seguir engañándome, aquello era la realidad.

Necesitaba ayuda, aunque lo negara.

Aún recuerdo la primera vez que me senté delante del retrete, con nervios, teniendo la sensación de que no tenía que hacerlo, pero con la convicción de que no pasaba nada, de que yo era una chica fuerte y que podía superarlo. Pero no fue así, poco a poco, fue siendo más frecuente, lo hacía, y ya ni me sentía mal, hasta El día.

También recuerdo eso, era la cena de fin de curso, quería estar impresionante, me compré una falda fantástica, pero cuando me miré al espejo, solo vi un monstruo, un monstruo enorme.

Y fue cuando empecé a gritar y a llorar, tirada por el suelo, con una rabia que me consumía; y un autodesprecio que me desesperaba, que me di cuenta de que ya no quedaba ningún rastro de aquella chica fuerte que podía controlarlo todo.

La cena de fin de curso se convirtió en un calmante en el hospital central.

Después vinieron las desconfianzas de mi familia, que me miraba mal si me dejaba algo en el plato, o si comía demasiado, y que lo mismo hacían si me iba al baño demasiado rápido.

Perdí la confianza de todos los que me importaban, y empecé a pensar si salía a cuenta.

Pero eso no fue suficiente para que dejara de hacerlo.

Por eso, tengo el recuerdo de aquella consulta a la que me llevó mi madre, era bonita, acogedora.

Y deprimente.

Estuve una hora más o menos con un psicólogo que no  hacía más que preguntarme por mi familia, mis amigos, y si tenía novio.

Y yo no hacía nada más que preguntarme de qué servía eso.

Pero aquella visita tampoco ayudó, nada podía hacerlo, nada hasta que apareció él.

Él fue el soplo de aire que se llevó todos mis problemas, o por lo menos los que él sabía.

Yo seguía haciéndolo, no podía hacer nada más.

Me repugnaba tanto por hacerlo como por no hacerlo.

Y lo que más nítidamente recuerdo, fue aquél día.

Estábamos esperando a un amigo, aún ninguno de los dos había dado el paso.

Yo estaba tumbada sobre su regazo en un banco, y él me acariciaba la barriga, cosa que yo odio, es como una forma de decir: ¿Eh, adelgaza, no?

Pero sabía que no lo hacía por eso, hasta que reventé y le dije que parara.

Entonces, sus palabras me congelaron.

-¿Qué pasa, no estarás acomplejada, no?

-No, no, para nada…

Mentí lo mejor que mis clases de teatro me permitieron,

Pero después, hizo la pregunta:

-¿Comemos algo?

-No me apetece…

-¿Que eres anoréxica, o qué?

Me miraba a los ojos, y me salió casi sin quererlo, pero no le podía mentir, a él no.

-No, bulímica.

Vi la mezcla de decepción y compasión en sus ojos, y la expresión que los rodeaba, le había fallado, él pensaba que yo era perfecta, pero era justo lo contrario a la perfección.

-¿Lo dices enserio…?

-Sí.

-No lo vuelvas a hacer, por favor, eres guapísima tal y como eres. Promételo.

Y amigos, sólo necesité eso, para darme cuenta de que no quería volver a hacerlo.

Así que sonreí, y se lo prometí.

Y cumplí mi promesa durante mucho tiempo, y eso me lleva a donde estoy ahora otra vez, en el baño delante del retrete, con toda la convicción del mundo de que tenía que hacerlo.

Pero después de recordar todo esto, ya no estaba tan segura.

Era un dilema, como toda mi vida.

La gran duda era: ¿Vale la pena preocupar y traicionar a las personas que te aman por estar delgada y enferma?

Y justo en ese momento, como si él fuera la respuesta, me llamó, cogí el móvil que llevaba en el pantalón y le contesté.

-¿Qué haces, cariño?

-Nada, gracias.

-¿Gracias?

-Sí.

-¿Porqué?

-Por llamar.

Y en ese momento lo supe: no valía la pena.

No podía moldear mi vida por unas cuantas mujeres que tuvieran una talla 30, además, yo tenía a mi lado a un hombre que me quería con mis curvas y sin ellas, él las amaba.

Así que mi dilema pasó a ser: ¿Qué importa todo lo demás si tengo eso, si le tengo a él?

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Galería | Esta entrada fue publicada en Relatos tema septiembre 2011. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Recuerdos de una adolescente. (Andrea Pons)

  1. carmen ballester dijo:

    El relato es precioso y duro, es una realidad que existe para muchas personas.
    Y es duro, porque el problema existe con él y sin él…a las primeras de cambio vuelve a atacar , y asi pueden pasar años y años de esclavitud.
    Pero hay que luchar y buscar no dilemas, si no motivos, así…día tras dia.
    Un beso y un abrazo fuerte.
    Carmen

  2. Encarnacion del Mar dijo:

    Es un problema muy serio. La gran culpa de ello la tiene este sociedad de consumo en la que vivimos. No nos venden más que imágenes y el ser humano no es ninguna imagen. La vida no es ninguna imagen. No hay nada más valioso que la vida.

    Besos.

    Mar.

  3. Ana Calabuig dijo:

    Un tema real, auténtico y por desgracia muy vivo. Sé de chicas que han pasado por ahí y de una que no pasó. Muy crudo el tema pero, insisto, muy real. Saludos. Ana.

  4. Eliana dijo:

    En verdad eres una niña hermosa, pero sobre todo valiente al afrontar tus problemas como mucha madurez y esto en buena parte se lo debes a tu mami. Un beso desde Colombia. Te quiero.

  5. Concha dijo:

    Tema doloroso, de difícil solución.¿El amor lo puede todo? Pero abre un camino a la esperanza.
    Algo entrecortado, aunque puede ser un estilo propio.
    Ojo a los errores de puntuación. Me ha gustado.

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