El grito. (Elia Tabuenca)

Aquella mañana me desperté con sabor a flores. Creía haber tenido un sueño raro en el que me veía de pequeña corriendo por mi jardín de mi casa de mi pueblo de mi vida de mi yo de antes y, de repente, mi hermana me tiraba al suelo, a las flores, y se me metían margaritas, rosas, amapolas, dalias, en la boca. Un sueño raro, pensé. Pero ese sueño raro daba el sentido necesario para entender aquel sabor a flores que se había metido en mi boca.

Me puse música para dar gustito a mis oídos y empecé a cantar mientras limpiaba la casa. La noche anterior habíamos celebrado una cena con mis amigos y la casa olía mal y parecía haberse roto. Así que me puse a limpiarla mientras movía el culo al ritmo del son cubano. Pero por más que limpiara el suelo, mi casa parecía haberse adentrado en la jungla: una grieta pequeña, que casi podía parecer un hilo, cruzaba todo el suelo de mi casa dañada. Creía que era una mancha, una mancha de vino, de ron o de cualquier posibilidad nocturna. Así que me fui a la calle a comprar un detergente que tuviera más lejía, más amoníaco, más potencia que ninguno de los que quedaban en mi despensa.

Al pisar la calle volví a sentir el gusto de flores intenso sobre mi lengua. Era como si me hubiera comido un caramelo de flores y fuera el caramelo más bueno del mundo porque nunca perdía su sabor, más bien al contrario, se intensificaba. Y seguí pensando en mi sueño sin entender cómo podía traspasarse el sabor de los sueños al gusto de la boca de la vigilia. Este pensamiento me bloqueó la mente y me hizo sentir que quizás seguía durmiendo, que quizás no estaba despierta y que mi mente me estaba jugando una pasada mala no, malísima, diría que de las peores. Pero algo en la calle me distrajo. Vi que en el suelo de la carretera había una grieta. No era la típica grieta del malestar de la carretera, era una grieta como de terremoto, como si algo de dentro dela Tierrahubiera estallado mientras yo dormía. Y esa grieta era muy parecida a la que había visto en el suelo de mi casa y la que me empeñaba en borrar con el mejor detergente del mercado. Parecía como si el mundo se hubiera roto. Y eso no se podía borrar.

Me arrodillé en el suelo y me asomé al agujero. Allí abajo olía a bosque. A árboles, a flores, a agua. Y pensé que las entrañas de nuestro mundo olían muy bien. Me levanté y seguí andando, aunque ya no iba dirección al supermercado, ahora andaba sin rumbo alguno, dejándome llevar por las flores de mi boca. Y así fue como me encontré con Jaime. Bueno, con un Jaime que ya no era Jaime aunque aún era Jaime pero costaba entender que era Jaime.  Supe que era él porque salía de su casa. Y por su olor. Porque aunque tuviera la cara llena de hojas, aunque sus manos fueran de madera, seguía oliendo a él, a Jaime, a mi amigo Jaime, a mi amigo Jaime ahora con forma de roble, cuerpo de roble y cara de roble. No me asusté. Al principio un poco. Me aparté pero, más que por miedo, por sorpresa. Pero en seguida me acerqué a él, le rodee con mis brazos y besé su tronco. Sentía que todo estaba bien, que no había motivo para alarmarse, que aquello era bonito, precioso, y que era el mejor final posible para el mundo. De hecho descubrí que era el único final posible para el mundo.

Seguí andando, cada vez con más dificultades. Mis brazos empezaban a convertirse en tallos y me salían hojas por las piernas, por la barriga, por la espalda. Brotaban pétalos hasta por mis orejas. Y el sabor. El sabor era cada vez más intenso, más dulce, más delicioso. Pero quería seguir descubriendo aquel  nuevo mundo que había surgido mientras yo dormía. Así que aunque empezara a ser complicado andar, pude acercarme hasta casa de mis padres. Entré por la puerta, mi puerta, y me fui al jardín, al jardín de mis sueños. Y allí estaban. Mi madre era una rosa, preciosa, de color rojo brillante, magnífica, no podía haberse transformado en otra cosa, realmente, no podía, pensé. Mi padre se había convertido en un eucalipto, con un olor que enamoraba a cualquiera que se acercara a él. Y mi hermana. Mi hermana era una violeta, de color azul, radiante, que hipnotizaba con sólo mirarla.

No me entristecí. Ni un poquito. Al contrario. Sonreí. Era el mejor final para todos nosotros. Convertidos en naturaleza. Por fin. Ser humano y naturaleza. El reencuentro. Lo necesario. Lo lógico. Lo posible. Nada de coches, de humos, de radios, televisores, maquillajes, ropa de diseño. No. Todo aquello era lo raro, el mundo mágico, soñado e imposible. Lo de ahora era lo incuestionable. Por eso todo era tan fácil. Por eso me sentía tan contenta. Por eso me puse al lado de mi familia y dejé que mi tallo se fundiera con la tierra. Sin rechistar.

Entonces, antes de que las flores de mi aliento invadieran por completo mi cuerpo, me acordé de ti, tu tatuaje de árbol en tu barriga, de lo que me dijiste aquella tarde en la playa. Recordé que me dijiste que algún día el bosque que palpita bajo nuestros pies rompería las capas de cemento y recuperaría su voz acallada con el ruido de nuestras ciudades. Ahora sonrío pensando en tus palabras. Porque, en realidad, siempre supe que eras uno de ellos. Siempre supe que eras una niñárbol.

Más relatos de esta autora en www.palabrasdenada.blogspot.com
Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El grito. (Elia Tabuenca)

  1. Ana Pascual Pérez dijo:

    ¡Qué historia más bonita! Volver a la tierra, a ser naturaleza. Un saludo, Ana

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s