Cálido y rugoso pero suave. (Salvador Cortés Cortés)

Darío recorrió los últimos metros que los separaban de su casa como un zombi: su mirada se perdía más allá de la cima de la empinada cuesta, y más allá del viejo pino encerrado en un parterre que la coronaba, donde, a mediación, estaba situado su portal. En su estado de total ensimismamiento se olvidó de pisotear las cucarachas que salían de sus escondrijos con el frescor de la noche. Se olvidó de que acarreaba dos bolsas pesadas con ropa sucia: en una, la del trabajo; en la otra, la toalla y el bañador. Y hasta se olvidó de detenerse cuando llegó al número 11… “Eh”, se dijo, pero ¿qué hago?”

Posó la bolsa que sostenía con su brazo diestro sobre la acera, sacó las llaves del bolsillo derecho de su viejo pantalón vaquero, eligió una entre el dedo índice y el pulgar de su mano derecha, la introdujo en la ranura dentada y la giró con un preciso movimiento de su muñeca hacia la izquierda; el picaporte cedió; recogió la bolsa, empujó con la frente la puerta, adelantó su pie izquierdo para hacer un tope del que no pasara aquella en su retroceso, opuso su hombro izquierdo para reforzar dicho tope y entró de costado; se situó más hacia la derecha para que la puerta se cerrara impulsada por su mecanismo y tocó el pulsador para que se encendiera la luz blanca que alumbrarían sus pasos por el corredor hasta llegar al ojo patio donde estaba la entrada a su casa.

Frente a la puerta de ésta, volvió a repetir la operación anterior, esta vez sin tener que superar tantas resistencias para poder de abrir y entrar, y, tras encender la lampara de pie, que también daba una luz blancuzca de bajo consumo, se dejó caer en su butaca.

“¡Vaya día!”, pensó Darío, “parece que han pasado… ¡cinco minutos! desde que salí esta mañana, desde que terminé de desayunar… y han pasado ¿cuántas horas?… ¿doce?, ¿catorce?… desde luego no he parado: al trabajo, después a la playa, después… después lo ocurrido con Bianca… ¡qué gracia!… se puso la cosa calentita y… pero ¡que me gustó…!, los dos, en la playa… el sol poniéndose…. en fin, espero que no se piense que quiero seguir con ella por habernos liado de esa manera… la cosa surgió y… la verdad es que Bianca está tan buena… pero es tan celosa… en fin”…

Darío miró el viejo reloj despertador a pilas que había sobre uno de los anaqueles de la estantería Ikea que ocupaba toda una pared de su saloncito. “Las dos de la madrugada”, se dijo, “hora de encender la tele para ver las noticias, que parece que llevo todo el día en una isla desierta, y hora de pegarse un duchazo con agua fría, ¡esto sí que es vida!”. Y así, sin pensarlo dos veces, se irguió y se encaminó al cuarto de baño, donde se desnudó, se miró en el espejo admirando la rojez adquirida durante las escasas horas que estuvo bajo el sol vespertino, abrió el grifo de la ducha y, teniendo cuidado de no resbalar, se metió bajo el chorro de agua en forma de lluvia. “Ah”, pensó, “las mujeres… una vez que has descubierto lo de primer piso al fondo son tan fáciles de satisfacer como nosotros los hombres… Bianca lo pasó bien… ¡y querrá repetir…!, pero no… mejor no… ¿o sí?, la verdad es que está tan rica”…. Darío interrumpió sus pensamientos para cerrar el grifo y enjabonarse. Vertió un poco de gel sobre la palma de su mano izquierda y comenzó a frotarse el vello de su torso para conseguir la espuma necesaria para frotarse el cuello, los brazos y las axilas, después se detuvo en sus genitales y consiguió más espuma para completar su cuerpo, es decir: las piernas, pies y trasero. Volvió a abrir el grifo. “¡Uff, qué fresquita…!”, pronunció en voz susurrante, mientras se acomodaba bajo el chorro. “Bianca”, pensó, y su imaginación la representó en la playa, junto a él, tumbados en las toallas, muy juntos, ambos girados de costado, cara a cara, y él con disimulo lamiéndole un pezón chocolateado, saboreándolo; le pareció que esta era la verdadera sensación que dejaba la vida plena: algo cálido y rugoso pero suave a la vez. Volvió a cerrar el grifo, salió de la bañera, se untó aceite corporal y se secó.

Después de cenar y leer durante una hora, Darío se metió en su cama semidesnudo: el verano apretaba y un terrá de narices hacía que la temperatura se elevase sin remisión incluso por la noche. Un sueño vino a visitarle a intervalos. En éste, Darío se vio a sí mismo entrando en un aula de una facultad con prisas porque debía hacer un examen final, y, nada más entrar y echar un vistazo a los asistentes a aquella prueba, reconoció a varios compañeros suyos del trabajo, a algunos amigos de su adolescencia y… a su jefe, lo cual le extrañó bastante; el profesor que había sobre la tarima pedía silencio, ya que las risas y el griterío eran ensordecedores, pero ninguno de los presentes le prestaba la más mínima atención; Darío se sentó cerca de Fernando, que era el compañero que mejor le caía; Fernando lo recibió dándole un fuerte apretón de manos y le ofreció un cigarrillo diciéndole: “Aquí se puede fumar”; después le contó las novedades del Málaga C.F, y estuvieron haciendo chistes sobre la lesión de Baptista: “¡Baptista!, siempre que aparece su foto en el periódico está acostao... se parece al Cristo del Sepulcro, ese sí que es vago, sale una vez al año y sale tumbao”; y muchos rieron ante tales ocurrencias expresadas en alta voz. Un timbre sonó. Había dado la hora de comienzo del examen. El profesor repartió las hojas con las preguntas. En ese momento se despertó.

Por supuesto el timbre que oyó en sueños se correspondía al familiar sonido de la alarma de su reloj despertador. Darío giró un poco la cabeza y miró la hora, aunque en el estado de duermevela en el que se encontraba no le salían las cuentas, es decir: el ángulo que formaban las manecillas, los números 8 y 12 y el ruido monótono, molesto e incesante eran algo abstracto para su entendimiento, no pudiendo establecer una conexión lógica entre ellos. Al fin lo comprendió: debía detener la monserga tintineante y levantarse de la cama, eso era todo. Así que eso hizo.

Puso en la vitrocerámica la cafetera y, mientras esperaba que el liquido bullese, se aseó. Después de desayunar, salió a la calle y se dirigió a la parada del autobús. Se plantó junto al monolito de aluminio en forma curvada con lámina transparente antivandálica que señalaba el sitio exacto donde el vehículo de transporte público se debía detener para que los usuarios pudiesen subir, a esperar. Sacó su Smartphone para enviar un SMS al número indicado para saber cuando llegaría su autobús a la parada. “Línea C1: 8 minutos”, leyó. Ocho minutos se espera durante los cuales recordó que se le acababa el plazo para comprar Letras del Tesoro para la próxima subasta: Darío poseía unos ahorrillos a los que trataba de sacar todo el rendimiento monetario posible, y para eso los movía de banco en banco según estuviese el interés. “El día 16 se me acaba el plazo… pediré permiso a mi jefe para ir al Banco de España, que me dé aunque sea una hora…”, planeó.

Darío se apeó en la parada más cercana a su lugar de trabajo, a tan solo doce minutos… Caminó con prisas, pues iba muy justo. Sentado en un banco del Paseo del Parque flanqueado por palmeras, vio a Fernando, que miraba su móvil absorto. “¿Qué pasa, Fernando?”, preguntó Darío, sentándose a su lado. Fernando lo miró con expresión de terror; “¡Que se me ha parado el reloj!”, acertó a decir; “¿Y?”, preguntó nuestro protagonista, “bueno, pero ¿qué reloj… qué reloj se te ha parado?”, y repreguntó, notando que Fernando no llevaba reloj de pulsera; “¡Éste!”, dijo, señalando su móvil y enseñándoselo a Darío; “No puede ser…”, dijo Darío, “no puede ser…”, y miró  su propio Smartphone, sacándolo de su funda, “¿qué hora tienes?”; “Las nueve menos diez”, respondió el otro; “Pues esa hora es…”; “Pero… pero… hace… hace bastante que leo esa hora en la pantalla, ¡nunca llegaremos al trabajo!”. “Es verdad”, pensó Darío, “no podré ir al trabajo puesto que éste comienza a las nueve… pero ¡qué locuras son éstas!”. Entonces vio que Fernando se levantó del banco, se acercó, le dio un palmetazo en la espalda y dijo: “¡Anda, anda… que llegamos tarde…!”, y le mostró ante sus narices el móvil de pega con el 8 y el 50 bien visibles, “¡ja, ja!, ¡a veces me pregunto que puede ver Bianca en un tonto como tú!”. Darío y Fernando, entonces comenzaron a andar juntos hacia su destino matutino, ambos tenían la panacea de la felicidad a pocos minutos: su posición en el sistema productivo; y, mientras caminaban, siguieron conversando: ”Pero… pero, Fernando, yo ya no estoy con Bianca”; “¡Cómo que no…!, te vi… Darío, te veo con ella cada día… viene a recogerte y… ¡vais a la playa juntos!, ¡a saber que haréis por allí toda la tarde!… me lo imagino, ya me lo imagino, ¡ja, ja!”; “Mira, Fernando las cosas han cambiado entre nosotros… hemos cambiado… ¡todos hemos cambiado!… ¡hasta tú has cambiado, Fernando!, antes eras más serio… ¡no sé…!”; “Lo sé… lo sé, Darío, pero hace años que descubrí que ser serio no servía para nada… no me servía para nada… y que, en realidad, era una pura ilusión que se resquebrajaba en cuanto me quedaba a solas conmigo mismo, y que ¿para qué seguir engañándome?”; “Te entiendo, Fernando, te entiendo…, ¡por cierto!, ¿has oído lo del Bosón de Higgs?… ¿lo de la partícula de los dioses y todo eso…?; “¿Querrás decir la partícula de Dios…?”; “Eso será para ti que eres monoteísta, Fernando… ¡yo soy pagano!”; ”¡Pagano!, ¡no digas chorradas, Darío!, el paganismo se extinguió como se extinguieron los… los…”; ”Los, ¿qué, Fernando?”; “¡Anda, anda, Darío, no seas friki!”…

Y, de esta manera, llegaron los dos compañeros al local de Muelle Uno, donde les esperaría una dura tarea, que los tendría desposeídos de personalidad durante horas…

Horas… minutos… segundos, durante los que no podrían ni pensar en lo que estaría pasando fuera de aquel recinto… (Por lo que he oído, es la única manera de que “el tiempo pase volando”)

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2 respuestas a Cálido y rugoso pero suave. (Salvador Cortés Cortés)

  1. Leticia de Juan Palomino dijo:

    El relato tiene buenos puntos, aunque me ha costado coger el hilo. En algunas partes se pierde demasiado en detalles y luego da giros de repente. Comienza creando expectación, pero cuando se acaba te queda la sensación de que falta más historia. También creo que hay demasiados puntos suspensivos, sería mejor utilizarlos en lugares concretos para dar más fuerza a determinadas frases o comentarios ¡Un saludo!

  2. amaya dijo:

    Gracias por escribir, un saludo. Amaya

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