El ideario. (Silencio)

Alonso, un tipo soñador e inquieto, aprendió el oficio de relojero a la edad de quince años de la mano de su abuelo. Este hecho en su vida se produjo a raíz de la prematura muerte de su padre debida a una enfermedad crónica.

En parte, a pesar del sufrimiento de ese viejo cascarrabias durante tantos años, ese tipo de muerte fue algo que Alonso agradeció. No es que fuese una persona que desease el mal ajeno, y menos aun a su padre a quien admiraba con devoción. Se trataba precisamente de lo contrario, esa fue la clave para poder disponer del tiempo suficiente a fin de hacerse a la idea de lo que supondría el final, y de cómo su vida cambiaría drásticamente.

Sus planes de vivir apartado de todas esas ruedas, contrapesos y muelles diminutos, que ya por sus términos le evocaban lo duro que sería pasar tantas horas encerrado en la relojería armando futuras cárceles de vida, se veían ahora muy lejanos tras la reciente pérdida.

Así, aunque con desgana, el joven quinceañero afrontó valiente la situación y cada mañana a las seis en punto arrastraba sus pies, cabeza gacha, unos cuantos pasos tras de su abuelo calle arriba.

El viejo crujir de la cerradura y el chirriar irritante de la puerta, tenían como acto reflejo un ceño fruncido y un gesto de no demasiado agrado por parte del muchacho.

Una vez hubo aprendido la depurada técnica de las manos de su abuelo como montajista de tiempo, se encontró solo ante el trabajo. Lo cierto es que eso precisamente no era lo que le desagradaba, por el contrario le divertía y lo ejecutaba de manera brillante, pero ahora sin su supervisor la única opción que le quedaba era hablarle al ventanal. Tal vez, dedicarle una mueca a algún niño curioso que tras el mismo se parase a observar cuando su pelota cayese junto a la puerta.

De esta forma fue como comenzó a desarrollar una gran agilidad mental hacia mundos fantásticos. ¿Sería esa su vida? ¿Estar sentando, crear, visitar casi por cortesía su casa y descansar para volver? ¿Ese súmmum constante?

Cumplidos ya los dieciocho, comenzó a dedicar el tiempo del almuerzo a leer sandeces, como él mismo las definía, entre cucharada y cucharada. Grande obras de filosofía y poesía clásicas, que eran lo único que adornaba el estante de su anciano abuelo, le servían después como acertijo en la relojería. Para muchos podría tratarse de una extraña afición, para él, era algo vital.

Así fueron pasando los años, como el mismo predijo, de la silla a la cama y de la cama al mundo -su pequeño mundo-, sin variantes, sin cambios, sin nada nuevo o diferente… hasta el 13 de enero del 79.

Esa mañana la plazoleta lucía un techo distinto, emborrascado como tantas otras, pero tal vez más amenazante con caer sobre alguien que de costumbre. El reloj del campanario había sufrido un fallo durante la noche anterior y permanecía parado desde la dos de la madrugada. Alonso se dispuso como siempre a comenzar su labor, y a pesar de no ser alguien que se distrajese con facilidad, las primeras gotas de lluvia que golpearon el ventanal le apartaron de sus intenciones.

Recordó una frase, aquella que hablaba de vivir el momento, disfrutar del tiempo presente y de la juventud, y sus ojos quedaron fijos en aquel campanario estático.

“Disfrutar del tiempo, del tiempo… ¿qué es el tiempo?” -Alonso se sonreía mientras seguía divagando-.  “Es curioso que yo, que diseño aparatos para su medición, nunca me haya preguntado esto”.

Dejándose caer sobre el respaldo de la silla, reposó los párpados decidiendo que ese sería un buen día para hacerlo. Si acaso, como aquel reloj de la plazoleta, todos se parasen, entonces ¿no existiría el tiempo? Si dejase de llover, ¿dejaría de hacer mal tiempo?, más aun, ¿es que el tiempo podía ser malo?

De entrada pensó que si, que verdaderamente el tiempo podía no ser bueno, que al fin y al cabo es lo que nos arrastraba a andar con prisas o a desmoronarnos por la lentitud de su paso, y que eso, era lo que no nos permitía disfrutar de lo que deseábamos y lo que en otras tantas ocasiones nos obligaba a permanecer ante lo que aborrecíamos.

Comenzó a echar la vista atrás intentando retomar cada uno de los días importantes de su vida, buscando así un ejemplo palpable de qué era el tiempo. Lo hizo una y otra vez, y su camino siempre comenzaba y finalizaba en el mismo lugar, la muerte de su padre. Siempre el mismo momento, y únicamente un momento. La muerte de su padre.

Si él no había contado mal, y si además era un buen relojero, su reloj le había marcado ya muchos segundo, minutos y horas, y su calendario había seguido corriendo. No comprendía que siendo así en su memoria constase solo ese instante al intentar retroceder.

Lo analizó una y otra vez, repasó los hechos como mejor supo, y casi adormecido, encontró respuesta en su presente al percatarse de su absentismo laboral, aun estando en su estancia, pues era el primer día de tantos pasados en que lo hacía.

El tiempo no era malo ni bueno, lo era su medición, precisamente eso a lo que él se había dedicado desde la muerte de su padre.

Se dio cuenta de esta forma de que la razón de que su memoria lo llevase hasta ese día de infelicidad era que desde entonces para él no había ocurrido absolutamente nada distinto. Que poco importaba si el reloj del campanario marcaba o no las horas, pues en realidad el tiempo no era esa medida. El tiempo no era un concepto aséptico carente de contenido, el tiempo era conceptuable y palpable. El tiempo era un cambio de estado y mientras eso no se produjese, mientras la itinerante vida de un ser no se enfrentase a modificaciones reseñables o drásticas que lo devolviesen a la vida y lo permitiesen avanzar en el tiempo, este seguiría siendo estático. Poco importaban entonces las horas que pasasen o que se parasen todos los relojes del mundo, pues el tiempo seguiría siendo los momentos permutables en la vida de cada persona, y eso nos llevaría a valorarlos más en profundidad y a, como ocurre en escasas ocasiones, olvidarnos de su medición y centrarnos en su disfrute, en el concreto que nos proporcione cada una de las cosas que hacemos.

Alonso abrió los ojos con espanto tras estas consideraciones. Decidió que él no era quien para arrastrar la vida de otra persona marcándola un paso constante a compás de segundero.

El joven idealista procedió a recoger todos los utensilios que empleaba en su trabajo llevándolos al fondo de una vieja caja de madera, y pasó lo que le restaba de mañana diseñando su nueva creación.

No haría relojes que marcasen las horas ni empujasen a la vida.

Él, haría relojes que contasen momentos y permitieran su vivir.

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6 respuestas a El ideario. (Silencio)

  1. Leticia de Juan Palomino dijo:

    Preciosa reflexión, bien estructurada y con un bonito final. No entiendo el uso que das al término “súmmum”. Aunque creo que haces bien en utilizar a menudo la palabra “tiempo”, quizás en algunos momentos podías haberla evitado o cambiado por un sinónimo para que re repitiera menos. Me ha gustado ¡Saludos!

  2. silencio dijo:

    Gracias Leticia por tu comentario y por pasarte a leer.
    Con ese término hacía referencia a la máxima que en sus días podría desarrollar el relojero, conjunto de actividades o vivencias que se detallan con anterioridad, que son solo esas y que nunca serán más que esas. 🙂
    Espero haberme explicado.
    Un abrazo y gracias por el consejo 😉

  3. Me ha gustado mucho. El tiempo siempre hace reflexionar. Buen final. 🙂
    Un “pero”: no acabo de entender los “momentos permutables”…

    • silencio dijo:

      Gracias Mayte por tu comentario y por pasar a leer 🙂
      En un concepto bastante abstracto, en realidad no es más que los procesos de cambio a los que una persona debe enfrentarse a lo largo de su vida, aquellos que concretamente desembocan y tienen como consecuencia otro proceso de cambio más profundo que el que puede suponer comprarse unos zapatos nuevos… 😀 Espero no haberte hecho entender aun menos jeje.
      Un saludo

  4. amaya dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado el desarrollo y el final. Un saludo. Amaya

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