La escritora callejera. (Amaya Puente de Muñozguren)

Miriam es una persona afortunada que hoy en día tienen un trabajo fijo, del estado, una funcionaria de esas que odian media nación porque hace años cometió el delito de sacar una oposición entre miles de candidatos y está sujeta a un sueldo irrisorio durante el resto de su vida pero, a la vez, tiene la tranquilidad de tenerlo, que estando como están las cosas es de agradecer y nada fácil.

En contra de lo que piensa, erróneamente, un tanto por cien muy elevado de la población es una trabajadora seria y responsable que no deja de atender amablemente al público toda la mañana ayudándoles en todo lo que está en su mano, menos los veinte minutos de merienda que se va al bar de enfrente, conecta su notebook y se pone a escribir relatos cortos, cuentos e historias que cada día le pasan por delante sin que nadie más se dé cuenta; a veces solo le da tiempo a tomar unas cuantas notas de algo que ha sucedido o le ha contado algún compañero, generalmente cada dos días tiene terminado y pulido un pequeño cuento, historia o relato que va almacenando en la memoria de su ordenador, a lo largo del tiempo ha recopilado más de 2000 relatos que muy pocas personas han leído pero las que lo han hecho se han sorprendido gratamente disfrutando con su lectura. Rara es la semana en la que alguno de sus compañeros no le pregunte si ya ha publicado su libro de relatos. Hace tiempo que tiene pensado y registrado el título: “Los relatos de Dulcinea” y la respuesta siempre es la misma:

-No me puedo permitir ese lujo, además me parece un abuso en estos tiempos de estrecheces e incertidumbre hacer pagar a la gente por leer libros, me gustaría poder regalarlos o que la gente me echara sobre un cuaderno en blanco alguna moneda como agradecimiento mientras escribo en mi banco del parque. Como a un mimo o a un músico callejero.

Juan la escuchaba en silencio, a él le corroía las entrañas ver que los preciosos relatos de su compañera, que a él tanto le  gustaban, durmieran en un limbo dentro del ordenador.

Un día mientras subían unas carpetas se atrevió a preguntarle

-Miriam, si tuvieras mil libros impresos con algunos de tus relatos, los diez que más te gusten, por ejemplo, ¿qué harías?

– Se los iría regalando a la gente que veo leer en el metro por encima del hombro de quien lleva un periódico, se lo daría a la persona que recoge del asiento el diario olvidado por docenas de personas antes que él y, tras leerlo lo deja en el mismo lugar para que otros lo puedan leer a pesar del rosario de malas noticias que seguro que van a encontrar. Se lo regalaría a los solitarios de los parques que ya solo tienen para leer las líneas de las palmas de sus manos agrietadas o a los jóvenes curiosos que se dejan libros entre ellos hasta acabárselos todos, los dejaría en bibliotecas de barrio que tienen todos los libros ya tan manoseados  que da asco cogerlos sin haberlos forrado antes…. Solo es un sueño, Juan, hay demasiada gente que escribe y publica. Ya sabes “el que tiene padrinos se bautiza”, y yo, no los tengo. Tampoco estoy segura de que lo que escribo pueda gustar.

Muchos compañeros estaban seguros de que Miriam tenía un don especial, un ángel que hacia que sus relatos les engancharan desde el principio dejándoles un grato recuerdo al terminarlos, otros, quizás por un poco de envidia o puro desinterés nunca habían hecho el esfuerzo de leer ni una de sus páginas mientras la miraban como si fuera un bicho raro.

-Miriam, le dijo una mañana Juan, he hablado con un amigo que tiene una pequeña imprenta y me ha dicho que le mandes por correo electrónico una docena de tus historias. Aquí tienes su email.

Durante días Miriam estuvo leyendo y releyendo sus relatos sin encontrar ninguno que no tuviese algún defecto, los revisó y modificó tantas veces que volvió a dejarlos como estaban en un principio, hasta que un buen día, casi sin pensar, los agrupó, puso la dirección y, tras un breve titubeo de sus dedos….le dio a enviar. “Alea jacta est”, pensó. Y se olvidó del tema.

Su vida seguía la monotonía de siempre, por la mañana en autobús o en metro al trabajo, veinte minutos en el bar o en el banco del parque escribiendo y comiendo una fruta o un bocadillo a media mañana. Comida casi a la hora de la merienda en un asalto conjunto a la nevera con su gatita “Miau” y su perrita “Rafaela”, un ratito de siesta en el sofá, el paseo diario con la perrita y unas horas de leer y escribir, leer y escribir para luego repasar, pulir y dar por terminado en el momento preciso, para volver a dudar sobre aquella frase o la forma de explicar aquél otro pasaje o cambiarle el carácter al protagonista, el sexo o los rasgos físicos y hasta el nombre.

A veces sentía que escribir era como un gran rompecabezas en el que una misma pieza encajaba en varios sitios distintos cambiando totalmente la historia, otras veces los personajes cogían tanta personalidad que se le escapaban de las manos obligándola a escribir a su dictado.

Abrió el correo, hacia unas semanas que no lo hacia, ya sabía lo que iba a encontrar ya que sus compañeros no hablaban de otra cosa: tendrían que pagar por aparcar en el edificio, a ella eso no le afectaba, tendrían que trabajar dos horas y media más a la semana, les quitaban los días libres de antigüedad, les reducían el sueldo….!para que ponerse mala leyéndolo!, de todas formas lo tendría que hacer si ó sí. Lo cierto es que si no lo abría se le bloquearía el correo otra vez por acumulación y los de informática ya la tenían en la lista negra de los despistados.  Uno tras otro fue borrando los doscientos mensajes que tenía acumulados mientras se preguntaba para que le hacia falta saber que en la reunión tal habían elegido a tal o cual jefe de servicio, ella ya sabia que los jefes cambiaban pero los servicios no. Tampoco le interesaba el dineral que había gastado la empresa en comprar ordenadores, ¿porqué no actualizaban los que tenían?. Solo le quedaban un par de docenas por borrar cuando le saltó a los ojos la palabra “imprenta” seguida de un nombre que se le quedo olvidado en ese mismo momento, durante los segundos que tardó en abrirse el correo vio acercarse a Juan ayudado de otro compañero con dos grandes paquetes que le dejaron sobre su mesa mientras la miraban sonriendo. Miriam no sabía que era lo que tenia que hacer primero, si abrir los paquetes y atender a sus compañeros o leer el correo.

-¿Qué queréis, chicos?, no he pedido nada y menos de ese tamaño pero hace semanas que escribo con lápiz, un bolígrafo si que me iría bien.

-Nos han dicho los de seguridad que esto es para ti.

Miraba de hito en hito a sus compañeros, los paquetes y la pantalla del ordenador con un texto que, a esa distancia y sin gafas, no entendía. Optó por abrir uno de los paquetes, su nombre lucía en un etiqueta sobre el papel de embalar, con la punta de la tijera abrió una herida con forma de ele en el papel dejando ante ella un sueño hecho realidad, diez tapas repetidas con el título “Los relatos de Dulcinea” sobre un fondo azul y un dibujo que era sin duda obra de Juan. En su interior las emociones se agolpaban, quería gritar, reír, abrazar, abrir los libros, ver si eran de verdad, si estaban escritos, a la vez que los olía y abrazaba como a hijos. Olvidó todas las palabras y la forma de usarlas. Sólo supo abrazar a Juan y llorar, luego se pasó la mañana escribiendo dedicatorias para todos los compañeros que se pusieron en fila para pedirle uno, algunos le dejaban en la papelera vacía un billete de cinco o diez euros, otros dejaban monedas. Los tiempos eran malos, muy malos y, a pesar de sus negativas a aceptar dinero le convenció la voz de la jefa: ”con lo que saques te pagas la siguiente edición”.

De camino a casa fue regalando sus libros a todas las personas que le contestaban que si leerían un libro gratis, sólo les pidió que cuando lo terminaran de leer se lo pasaran a alguien que quisiera hacerlo.

-¿Y si me gusta tanto que me quiero quedar con él, que hago?

-Cuando me vea me pide que se lo dedique y lo haré encantada.

Llegó a casa sin libros y mucho más tarde de lo habitual, sus mascotas estaban revolucionadas, ellas no entendían de milagros, libros y dedicatorias, ellas, perra y gata, unidas por una vez en la vida por la misma causa ¡tenían hambre!.

A la mañana siguiente llegó a la oficina después de una noche de sueños plácidos pero con la pequeña tristeza de no haberse quedado con ningún ejemplar. Sobre su mesa había uno, en la primera página la letra de Juan le daba las gracias por escribir y le pedía que no regalara ese volumen.

Abrió el ordenador y, por fin pudo leer el correo que hacia un mes le habían mandado de la imprenta.

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5 respuestas a La escritora callejera. (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. Me gusta, es esa historia con la que todos los que escribimos hemos soñado alguna vez 😉
    Vamos a los “peros”: hay algunas comas que cambian el sentido a lo que quieres decir, alguna tilde prófuga, un “porqué” que debería divorciarse… una lástima porque el conjunto es estupendo. Y por cierto, en el primer párrafo parece que es ella quien odia a media nación. (Lo sé, soy puñetera con los “peros”, no tengo remedio. Pero es que me da rabia que un buen relato quede deslucido por errores que se pueden solucionar facilmente 🙂 ).

  2. Muchas gracias por tus comentarios y tu inestimable ayuda Mayte, creo que te pasaré los relatos antes de presentarlos en cualquier sitio para no seguir metiendo la pata. Te lo agradezco de corazón. Un saludo. Amaya.

  3. Leticia dijo:

    No voy a aportar mucho porque estoy de acuerdo con Mayte,jeje. El tema me gusta y oajlá esos sueños se cumplieran 🙂

  4. Germán Monte dijo:

    Coincido con Mayte, se dice que algunas funcionarias odian a media nación. ¡Qué lapsus más revelador!
    Bromas aparte, el relato está bien pero no debe asomar la oreja el catálogo reivindicativo de la Autora. Si quieres defender una causa escribe un ensayo, o un relato del que se deduzca lo que piensas. Aquí queda como un parche sin relación con el resto.

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