En el reflejo. (Tusitala)

Donde acaban las losas de la plaza y la sombra de la catedral no alcanza por mucha inclinación que el sol tome, empezaba la calle empedrada, oscura y empinada, peatonal por obligación y estrecha, que a esa hora (a un rato para el mediodía) aún permanecía húmeda por la llovizna de anoche.

Dicha calle, llamada de los Remedios, descendía en línea recta hasta dar al parque del Robledal; no sin antes ensancharse durante unos metros cerca de la casona de los Prado, donde el escudo de armas de la familia y la escultura del dragón en la fachada animaban a la gente a detenerse, intercambiando fotos y comentarios. Hasta llegar allí podíamos admirar los viejos edificios de piedra con rejas de forjado y celosías; corredores y balconadas repletos de geranios rojos y blancos, claveles del aire, violetas y pendientes de la reina; pizarras de caballete con menús y ofertas del día; y camareros a la puerta de sus locales cigarrillo en mano. Y si seguíamos bajando y conseguíamos pasar ante la sastrería de “el vasco” sin que nos salga al paso y nos tenga media hora hablándonos de política, de fútbol y de París, llegábamos al mesón Cantarranas, obligada parada de cualquiera que pasease por esta ciudad y hubiera querido decirlo en voz alta sin que nadie le sacase los colores.

Tenía por letrero un tosco bloque de madera tallado con la inscripción “Cantarranas” en letra blanca y elegante, y dos barriles de vino de la zona del Bierzo custodiando la entrada; en su interior, poca luz para no distraer las conversaciones con detalles nimios, paredes repletas de carteles taurinos y tardes de gloria, puerta batiente en el acceso a los escusados y copas boca abajo sobre el largo mostrador.

Saludé a los presentes en voz alta y me senté, como era habitual, en la mesa de la esquina que rozaba con la chimenea, pues era lugar que tenía una vista privilegiada de la entrada y daba tiempo suficiente a decidir si saludar efusivamente o hundir la cabeza en el diario y hacerse el desentendido. Y no había pasado medio minuto cuando Lucía, que salía de la cocina con una cazuelita de riñones al vino, se fijó en mi presencia y me saludó con una sonrisa.

Era morena de pelo y piel, ojos negros y labios carnosos, andaluza de nacimiento y acento, y leonesa de adopción y carácter; pecho abundante y piernas firmes, de los que inducen a suspiros y piropos, y voz jovial y dulce que gustaba de usar para deleitarnos cantando. Rara era la ocasión en que Lucía no atravesase el Cantarranas dejando tras de sí alguna estrofa flotando en el aire que los presentes degustábamos como si fuera un raro perfume. Aunque de siempre su preferida fue aquella de:

“Si en el firmamento poder yo tuviera, esta noche negra lo mismo que un pozo,

con un cuchillito de luna lunera cortaba los hierros de tu calabozo”.

Sonrisas y “olés” en igual proporción eran la exigua recompensa que éramos capaces de mostrar ante tanta belleza junta; que alguna gente comentaba incluso que, aún viniendo como lo hacían de la capital, y acostumbrados como estaban a ver a las mejores artistas sobre las tablas, jamás en toda su vida oyeron voz como aquella brotando de una mujer tan hermosa.

-Buenos días, Alfredo. ¿Lo de siempre va a ser?

-Lo de siempre, Lucía. Que ya sabes que soy persona de gustos invariables y sencillos. Café con leche largo de café y tu presencia son suficientes para alegrarme el día.

-Zalamero… Seguro que en cada taberna habrá alguien a quien decirle eso mismo.

-Que no, Lucía. Que ya sabes que solo tengo ojos para ti. Que eres la única que me ha hecho perder el sentido y no encontraré otra que me lo devuelva.

-Sí, sí… Ay… Si los hombres tuvieran más palabra y menos palabrería, otro gallo nos cantaría a las mujeres. Que al final va a resultar que sois todos poetas cuando os conviene.

-Anda, anda. Que cuando menos lo pienses cogemos las maletas y nos vamos para Granada tú y yo. Nos casaremos y con lo que tengo ahorrado algo encontraremos para vivir. Y así podrás cantarme todos los días esa del firmamento que tanto me gusta.

-No sé yo qué me parece más lejano: si Granada o el vernos casados. De momento voy a por el café y luego seguiremos haciendo planes de nuevas vidas, que si no se va a echar encima la hora del almuerzo.

Así era mi Lucía. Mi alegría, mi mundo…

Fue en el Cantarranas donde la vi por primera vez. Trabajaba yo en aquella época en el pozo Ibarra, herida hecha en la tierra a golpe de barreno en medio del idílico paisaje de Ciñera, a medio paso de Pola de Gordón.

Mi padre, que Dios tenga en su gloria, había sido minero mientras sus desgastados pulmones le dieron tregua, hasta que solo quedó de él una insuficiente paga de viudedad y un vale de carbón anual con el que calentar aquella casa que se quedó tan fría. “Solo tienes diecisiete años”, decía mi pobre madre mientras me despedía. Agarradas a su mandilón, mis tres hermanas, con las caritas sucias y el pelo desaliñado, le recordaban que la única forma de salir adelante era que me fuese tras las huellas de mi padre y la mina.

Aunque a lo largo de mi vida he sentido miedos mayores y menores, creo que nunca en toda ella sintiese más congoja que el día que recorrí por primera vez el camino, con la noche aún como techo, hacia el imponente castillete que se perfilaba contra el horizonte estrellado.

Con el paso de los años, mi cuerpo y mi mente adquirieron fuerza suficiente para cumplir las órdenes del entibador en medio del polvo, el olor a pólvora y la oscuridad.

Dedicaba los fines de semana a pasear por la capital, que se me antojaba imponente, mágica y maravillosa, y deambulaba de un lugar a otro parándome, si procedía, a hablar con aquellas gentes que se convirtieron con el tiempo y la habitualidad en mi familia adoptiva.

Gustaba especialmente de acercarme a la librería donde me esperaba siempre una interesante charla (aunque quizás fuese más acertado decir monólogo) con el bueno de Antonio, que veía en aquellos legajos no ya el pasado, sino también el futuro del mundo. Señalaba casi con orgullo de padre las estanterías abarrotadas y los libros amontonados en desiguales pilas por los rincones, y me decía:

-Si nos quitan eso, ¿qué nos queda, Alfredito? A ver… ¿qué nos queda?

-Son solo historias –respondía yo, más por provocación que por convencimiento, anticipando la que se me venía encima.

Entonces hacía un gesto de desaprobación con la cabeza, invocaba al altísimo en voz baja y decía:

-“Solo historias, solo historias…” ¡Puñetas, Alfredo! Así no llegarás muy lejos en la vida. Son la historia; la historia de los que no han tenido más voz que la de la pluma. Y el lenguaje, Alfredo. No te olvides nunca que el lenguaje nos hace humanos. Aprende a usarlo con dignidad y respeto. No encontrarás mayor virtud en un hombre ni mayor signo de su grandeza que la capacidad de expresar sus ideas con elegancia y tino.

Luego sacaba uno o dos libros de entre aquel revoltijo y me los ponía sobre el mostrador.

-Ten. Llévate estos. Y si cuando los termines no sientes que te han aportado nada, me los traes y te devuelvo el dinero. Que lo que nada aporta, nada debe reportar.

Obvio era que me los llevaba gustoso por un par de perras gordas, aunque no sin antes refunfuñar un poco, para que no creyese que me hacía con ello ningún favor. Jamás, en todo el tiempo que conocí a Antonio, pude en conciencia devolverle ninguno de aquellos libros.

Otras veces me contaba, con la voz un poco más queda y aire de confabulador, de escritores que habían sido prohibidos, de sinsentidos, de incultos y de libros que esperaban pacientemente en el sótano a que la situación cambiase y pudiesen volver a hablar por sí mismos. Me decía que aquellos “libros dormidos” merecían todo nuestro respeto, y que no era baladronada ni romanticismo arcaico defender la belleza y la cultura, sino un signo de humanidad e inteligencia, aun a riesgo de lo que nos pueda acontecer. Martín, hijo de un brigada de infantería y voluntario de los falangistas que tenía cierta ojeriza a Antonio, ya había aparecido en varias ocasiones por allí para comprobar que se obedecía la ley. “¿Sabes que es posible morderse la lengua y tragar saliva al mismo tiempo, Alfredito?”, me preguntaba con ironía. Entonces miraba afuera a través del ventanal, intentando ver más allá del mundo que nos había tocado vivir, y con aire decidido se proclamaba librero, orgulloso custodio de aquellas obras y obligado por ello a que no se pierdan en el olvido.

Las noches de los sábados me iba a cenar al Cantarranas: carne a la piedra o botillo, ensalada de lechuga, cebolla y tomates y media jarra de vino, aderezado con las conversaciones de los presentes que, si no estaban finos en la elección de los temas, preferían callar para así concentrarse mejor en la voz de Lucía.

Desde la primera noche, aquella granadina de veintidós años se hizo hueco en mi alma. Me encandiló con sus historias de Andalucía; de aromas de azahar y romero que inundaban las calles; de patios floridos entre gemidos de guitarras; de veranos de sol, polvo y olivas; de ojos moros y caballos a paso español; y de procesiones de vírgenes entre saetas y llantos. Y era, sobre todo, aquella forma de expresarse, aquel acento del sur lo que me hipnotizaba. La esperaba con impaciencia mientras servía las comandas entre sonrisas y cantos, hasta que llegaba el momento de amontonar las sillas en equilibrio sobre las mesas y mi corazón se aceleraba presagiando el final de la jornada. Luego nos íbamos paseando cogidos de la mano, las más de las veces hasta su portal o, las menos aunque más deseadas, hasta la pensión Helena donde yo me hospedaba. Acariciaba mis manos, enormes en comparación con las suyas, y me decía cuánto le gustaría volver a su Granada y enseñarme cada rincón. Decía que así, con el embrujo de aquella tierra, jamás me olvidaría de ninguna de ellas dos.

Mirábamos juntos aquella ciudad que una vez había sido extraña para ambos, y reíamos mientras hacíamos planes de futuro. Me inventaba historias para ella, o le recitaba algún verso aprendido. Acariciando su cuerpo desnudo le susurraba “puedo escribir los versos más tristes esta noche”; entonces se acercaba tanto a mí que veía mi propio reflejo en sus ojos, y sentía en mi cara su aliento cálido que poco a poco iba transformándose en un “si en el firmamento poder yo tuviera…”

El sábado en el que mi vida cambió, caminábamos de mañana hacia el Cantarranas cuando vimos el humo blanco ascender lento entre los edificios. La gente se agolpaba delante de la librería de tal forma que no éramos capaces de ver lo que allí pasaba. Me hice hueco como pude entre la marabunta y vi a Antonio y a Martín bajo la luz anaranjada de las llamas que salían del interior. Y vi el escaparate. Todo el ventanal de la librería estaba empapelado sin dejar siquiera una rendija para que se colase la luz. Eran páginas y más páginas las que cubrían aquel cristal: de Alberti, de Lorca, de Miguel Hernández, de Machado… Fue la forma que encontró Antonio de hacer lo que creía correcto sin desobedecer la ley, y eso no gustó demasiado.

-¡Corre, Alfredo! ¡Vete de aquí! ¡Que estos miserables creen que pueden acallarnos a todos!

Recuerdo oír un estruendo que pareció detener el tiempo en aquella calle de los Remedios. Y vi el rostro de Antonio, compungido, mirándome con ojos incrédulos mientras caía de rodillas ante su asesino. Rendido… Hubiera jurado que eso le produjo más dolor que el disparo.

Luego todo se volvió borroso. Recuerdo ir hacia el maldito, desarmarle de un puñetazo y golpearle sin piedad, sin importarme si estaba bien o mal, ignorando gritos y súplicas. Y pensar, incoherente, que no todo está en los libros. Y vi a mi amigo tirado en la acera sobre un charco de sangre; y vi mis manos cubiertas de sangre, tan igual a la suya, y que no tenía sentido. Y las lágrimas calientes me resbalaban por el rostro y eso me enfurecía aún más. Y seguí, y seguí… hasta que consiguieron separarme cuando ya era tarde. Demasiado tarde.

Miré a Lucía y nos leímos los ojos en silencio. Yo leí en los suyos que debía escaparme a toda prisa; ella leyó en los míos que volvería a buscarla.

Me fui al norte, hacia Asturias, huyendo con lo puesto y mi vergüenza. Allí, en aquellos montes de robles y encinas, encontré a Juan. Era hombre grande en tamaño y en corazón, voz profunda, y usaba una vara de nogal como apoyo para paliar en lo posible la incipiente cojera de su pierna izquierda. Había venido desde Asturias con la columna de mineros que defendieron Ponferrada, pero una ráfaga de ametralladora acabó de cuajo con sus sueños y sus ideales. Cuando hubo recobrado fuerzas quiso unirse a la guerrilla, pero no tardó en darse cuenta que aquella pierna no le respondía como hubiera querido, y que era más un estorbo para ellos que otra cosa. Así que él mismo decidió quedar atrás, liberarles de esa carga, como un caballo que se deja morir para que la manada sobreviva.

Durante meses deambulamos errantes por aquellos bosques, ayudándonos mutuamente: yo a él, con su cojera, y él a mí, con mi soledad.

Con la llegada de la primera nieve, Juan decidió dar por terminado su peregrinaje. Era, aquella, zona de inviernos duros, y vio más adecuado gastar la suerte en llegar a alguna ciudad.

Le dije que yo continuaría un tiempo más escondido y luego volvería a León. Él insistió en su decisión igual que yo insistí en la mía hasta que, poniéndome la mano sobre el hombro y hablándome casi en un ruego, me dijo:

-Sea lo que sea lo que haya allí esperándote, no le harás ningún favor volviendo ahora, Alfredo. Créeme. Vente y deja que las cosas se calmen. Volviendo solo conseguirás que te maten.

Vi el mar por primera vez con los ojos llenos de lágrimas y el corazón destrozado. Era un horizonte entero de agua, que olía y rugía salvaje, de un verde grisáceo semejante al que toma el musgo sobre el tronco de un árbol.

Y pensaba en mi Lucía. Recordaba aquel verso: “es tan corto el amor y es tan largo el olvido”, y pensaba si ella sería capaz de olvidar. Y sentía una punzada en el pecho al pensar cuánto más doliente era imaginar que fuese yo el que olvidase.

Hay en la nostalgia un placer escondido. Un placer que solo se percibe cuando eres capaz de desprenderte de ese sabor a hiel de lo que has perdido. Entonces surge, floreciente, el aroma de los momentos felices. Y sientes como si, de pronto, tu vida fuese más amplia, más luminosa. Y puedo decir que hasta hoy no ha pasado un solo día sin que su recuerdo venga a iluminar la mía. Y siempre supe que, antes o después, volvería por ella.

En esas estaba, abstraído en mis pensamientos en la mesa del Cantarranas, cuando dos caballeros que portaban bata blanca y a los que se les dejaba asomar cierto gesto en sus caras entre alivio y resignación, se acercaron a mí.

-Hombre, Alfredo. Por fin damos con usted… ¿Se ha levantado con el día rebelde hoy?

-Don Alfredo, caballeros. Háganme el favor. Que aún no tengo con ustedes ni simpatía ni confianza suficientes para otro trato.

-Vale, pues don Alfredo entonces. ¡Mire que nos ha salido señorial, hombre!

-¡Ale! Deje eso y véngase con nosotros, ande. Que menudo susto nos hemos llevado cuando hemos hecho el recuento esta mañana en la residencia. “¿Dónde está Alfredo? ¿Dónde está Alfredo?” ¿Dónde va a estar? Donde siempre. En la cafetería Crisol.

-Tan solo aproveché la mañana para ver a mi Lucía y recorrer las calles de este León, tan bonito bajo la luz del estío.

-Que está usted en Gijón, don Alfredo. Que León y los tiempos en los que usted recorría sus calles caen bastante lejos ya. Y que ésta no es su Lucía, por mucho que se empeñe en ver parecidos.

-Si a mí no me importa que venga. Se sienta ahí, toma su café y se queda observando todo con mirada de niño y jugando con el sobre de azúcar. A veces me llama Lucía, sí. Y yo le contesto como si lo fuera, y entonces sonríe. Es tan buena persona, tan amable… Me da tanta pena de él.

-Si no digo que sea mala persona, señorita. Pero es que nos da unos sustos terribles. Que en una de esas escapadas le puede pasar algo y no vea la que se montaría.

-Venga, que le ayudo a levantarse, don Alfredo. Que por hoy ya está bien de paseos por tierras leonesas y recuerdos de juventud.

-Ay, cómo tengo los riñones, que no parecen míos… Que León es una ciudad preciosa, pero de calles duras. ¿Les he contado alguna vez, señores, cómo conocí a Lucía en el Cantarranas? Ella cantaba. Cantaba como los mismos ángeles; que nadie en toda la meseta había oído voz como la suya.

-Que sí, don Alfredo. Como unas treinta veces nos ha contado esa historia. Que casi parece que conocemos León como si hubiéramos vivido allí toda la vida.

Comenzamos a caminar despacio por aquella calle de los Remedios, con el olor de la pitanza saliendo de los balcones floridos y la gente que, con paso distraído, disfrutaba de sosiego y sol. Y sonreí ante la idea de haber visto de nuevo a Lucía y haberme visto reflejado en sus ojos negros. Negros lo mismo que un pozo… Aquellos ojos donde me sentía vivo; donde yo aún era. Donde siempre sería.

Y con voz bajita, casi susurro, y la mirada más triste a cada paso que me alejaban de ella, comencé a cantar: si en el firmamento poder yo tuviera…

Más relatos del autor en http://unifauno.blogspot.com.es
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4 respuestas a En el reflejo. (Tusitala)

  1. Mar dijo:

    Como siempre que te leo, me gusta y mucho.

  2. manolivf dijo:

    Un buen relato. Me gusta la añoranza, el ambiente bohemio que describes, la taberna, las canciones de Lucía y sobre todo ese reflejo que perdura: mitad locura, mitad necesidad de volver una y otra vez al recuerdo. Saludos.

  3. amaya dijo:

    gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Amaya

  4. Leticia dijo:

    Me ha gustado mucho más según he ido leyéndolo, el principio me parecía un poco farragoso. El relato está muy bien narrado, el ambiente muy bien descrito y la historia es bonita y creíble 🙂

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