¿Qué sabes de Miguel? (Salvador Cortés Cortés)

Una salida a tiempo de un puesto de trabajo que te oprime siempre resulta una buena opción. Y si no, que se lo pregunten a nuestro personaje, Miguel, un atribulado asalariado de un mediocre restaurante al que su jefe y algunos de sus compañeros le hacían insufrible su, ya de por sí, ardua tarea.

¡Oye, Miguel, alegra esa cara hombre!”, “¡Miguel, hoy nos quedaremos hasta más tarde trabajando, así que no hagas planes!”, “¿Has apuntado lo que han pedido esos clientes, Miguel?, ¡hay que apuntarlo, hombre, hay que apuntarlo!”, “¡que no te acuerdas, que no te acuerdas…!”, “¡No sé lo que harías si dejaras este trabajo…, no sirves para nada, Miguel!” Todas estas lindezas debía soportar nuestro protagonista casi a diario; desde luego, Miguel estaba a punto de estallar; porque él se veía a sí mismo como un denodado trabajador al que nadie, ni sus propios compañeros le agradecían ninguno de sus esfuerzos para con la empresa, de la que se sentía parte…Y…, a propósito de esto último que he escrito, recuerdo un día que entré a cenar a aquel restaurante donde trabajaba Miguel; allí me lo encontré, muy atareado, deslizándose entre las mesas como un experimentado esquiador se desliza entre las balizas de un eslálom; se acercó a mí, me saludó y me preguntó que qué iba a pedir; le contesté que un plato de carne de los que yo siempre acostumbraba a pedir; entonces, le sostuve con mi mano su muñeca y le pregunté si deseaba irse del restaurante, si querría apuntarse a una lista de espera de un nuevo trabajo del cual yo tenía conocimiento; y, ¡cuál fue mi sorpresa al recibir esta respuesta!: “Yo ya tengo trabajo, éste es mi trabajo, te lo agradezco”.

Miguel estaba entregado, de eso no cabía duda; sin embargo, la injusticia, cruel amiga, se había establecido ya entre las paredes del restaurante, había tomado aquel espacio poco a poco: mesa tras mesa, cliente tras cliente, coca-cola tras coca-cola, café tras café…

Para colmo, en ocasiones, los días esos en que Miguel andaba, digamos, de capa caída, ¡se le acusaba, a viva voz, de falta de compañerismo! “¿Como pueden decirme estos hipócritas que soy un mal compañero?, ¡ellos son malos compañeros, puesto que no me permiten tener un mal día!”, pensaba nuestro protagonista, “yo siempre sobrellevo sus malos humos, y me callo, y no les digo nada, porque sé que esto es el compañerismo, aguantarse mutuamente, sin embargo ellos… ellos, si uno se desespera, si a uno le asalta la quemazón, no lo toleran, ¡ellos son los que deberían ser mejores compañeros, no yo, ellos…!”

Un día, según llegó a mis oídos, Miguel estalló, como era de suponer; su cabeza hizo un click, y en su magín comenzó a fraguarse la idea de una vida sin su trabajo sin su jefe sin sus compañeros sin su restaurante, con su dormitorio con su novia con sus hermanos con su cometido: la despedida, el despido, estaba servido en bandeja de oro, y él no pudo rechazarla.

Meses después, entré de nuevo al restaurante para cenar mi plato de carne preferido. En fin, noté que algo faltaba…, aunque no sabría explicar qué… Se me acercó un camarero, con un gesto de beatitud que me sorprendió, pues no es esa una profesión con connotaciones espirituales, y me dejó una carta en la mesa; observé aquel tríptico impreso, miré de reojo al camarero y le dije: “Quiero la carne que siempre me como”; él me preguntó, sonriendo: “¿Cuál?”, y añadió, “señálemela en la carta”; “No sabría señalártela”, le contesté. Al final, le pedí unos filetes de lomo de cerdo a la plancha acompañados de patatas fritas; él lo apuntó, y se giró rápido sobre sus talones; entonces, lo sujeté por el codo; él se volvió sorprendido; y, de sopetón, le solté: “Oye, ¿qué sabes de Miguel?”

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3 respuestas a ¿Qué sabes de Miguel? (Salvador Cortés Cortés)

  1. Silvia AG dijo:

    Hasta que no perdemos…no sabemos lo que teníamos ganado…

  2. orgav dijo:

    Muy buen relato. Hay veces que es mejor perder y así ganamos en otras cosas. La consecuencia siempre es una cadena.

  3. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato. un saludo. Amaya

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