Un amor al que le faltó tiempo. (Carolina Garcés)

Las manecillas del reloj indicaban que eran las 24h y la terraza estaba inundada de murmullos que festejaban a Diego, el dueño del aniversario que se celebraba esa noche. Copas de cubatas, cerveza y vino desfilaban de mano en mano en señal de salud.

Mientras tanto Marta, quien lucía vestido vaporoso de color amarillo, que le llegaba hasta las rodillas, maquinaba en su cabeza la historia con la que pensaba convencer a los anfitriones de que debía marcharse ya.  

En esas duró casi media hora hasta que su cavilación se interrumpió abruptamente cuando miró hacia la puerta y vio entrar a Pedro, ataviado con una impecable camisa blanca y un tejano azul desgastado por la moda, no por los años.

“Este chico quién es”- pensó-.  Sus ganas de irse de la fiesta se diluyeron como el hielo de la copa que albergaba en su mano y se convenció a sí misma de que aún era temprano para meterse entre las sábanas.

Él, literalmente, pasó de ella. Un breve: “hola, ¿qué tal?”, fue lo único que salió de su boca al dirigirse a la chica que acababa de abortar su huída por conocerlo.

La desilusión se alojó en la cara de Marta y no le quedó más remedio que entablar conversación con Francisco, el acompañante de Pedro, quien se acomodó discretamente a su lado y la incitó a que le contara sobre su vida. Él sí se antojó de conocerla y tal vez, si ella hubiera querido, seguramente sería quien le habría robado el corazón.

Marta, quien se caracteriza por ser enemiga acérrima de la simpatía, no reparó en contestar a su interrogatorio: “¿de dónde eres?, ¿hace cuánto vives en Barcelona?, ¿qué haces?”… Durante un buen rato se rieron al unísono de las bromas de ambos y hasta -opinaron muchos- Francisco aprovechó para tirarle la caña. Marta no se enteró de nada. A su edad todavía es ingenua y de las de verdad.

Tras hablar largo y tendido con una colombiana ya mayor, de esas cincuentonas que se niegan a envejecer;  Pedro por fin se dio cuenta que Marta existía, pero ahora era ella quien lo ignoraba. Se atrevió a fruncirle el seño, a hacerle morros, a inflar los mofletes y también se cambió de silla.  Escena de celos anticipada.

Pedro observó con detenimiento la cadencia de sus pasos hasta que llegó al otro extremo del ático –eso se lo confesó días después-. Buscando entretenimiento, Marta lo halló en las palabras de un chico tan guapo y amanerado que resultó ser tan mujer como ella.

Al cabo de un momento, quedó sola y desamparada en la silla que desde hace unos minutos soportaba su aventajado trasero. Pedro tomó partido de la oportunidad y  como una bala, se incrustó en el asiento contiguo a ella. “Cuéntame algo de tu país para ver si me animo a visitarlo”, con este discurso empezó una conversación que Marta aprobó sin problema y que se prolongó más de seis horas.

Poco a poco iban cogiendo confianza. Risas iban y venían al igual que títulos de libros. Resultaron compartiendo la misma pasión por la lectura. Incluso, no paraba de compararla con la protagonista de la que había sido su última adquisición literaria: Gabriela, Clavo y Canela; del brasileño Jorge Amado.

Ese fue su pretexto para, cada vez que podía, mirarla de pies a cabeza y ratificar lo guapa que era. “Tú no te llamas Marta, sino Gabriela. Qué bonita eres”.

Seguramente el rostro de Marta se ponía tan rojo como el barniz que cubría sus uñas. Afortunadamente, la opacidad de la noche y lo morena que estaba a causa del verano escondía esa tonalidad que suele quitarle la máscara a la vergüenza.

Pedro iba sacando sus armas de ‘Don Juan’, tan de prisa que con un clic en su móvil consiguió el pase de entrada a la vida de Marta. Le dedicó un poema de Mario Benedetti: Táctica y Estrategia…

“Mi táctica es mirarte
aprender como sos
quererte como sos…

Mi estrategia es  que

un día cualquiera,
no sé cómo ni sé
con qué pretexto,
por fin me necesites”.

Y qué manera de llegarle. A Marta le encantan las poesías. Es tan cursi que podría endulzar la sal.

Definitivamente comprobó que Pedro tenía ese no sé qué, no sé dónde; que solía buscar en los hombres. Luego de tan exquisito recital, Pedro le pidió que lo acompañara a comprar tabaco. Ella aceptó obsequiándole una leve sonrisa. Ya de regreso entraron en el ascensor y Marta pudo divisar un descoordinado movimiento en los labios de Pedro que le sugería que quería declararle algo. No obstante, ella se hacía la loca. Por fin llegaron a su destino: ático 2A. Antes de poner el dedo en el timbre, un “Marta”, a secas, que la sorprendió, se escapó de la boca de Pedro. Cuando volteó la cara para atender a su llamado, la puerta se abrió y sólo dos meses después supo que le iba a preguntar si podía besarla.

Adentro la fiesta seguía a tope. El salón ahora estaba lleno de pies danzantes que hacían el intento de cogerle el ritmo a la salsa. Marta quiso unirse a la marcha y tomó del brazo a Pedro para que la acompañara. Él se rehusó asegurando que no tenía ni idea de bailar y ella le juró que le enseñaría, no sin antes quitarse los cansados tacones que sólo acostumbra a sacar de paseo en ocasiones especiales. 

La lección empezó. Marta, como toda una experta, le decía: “mira es así: un pie adelante y otro atrás, y vas contando en la mente, uno, dos; uno dos”. Al ver que tenía el verde oliva de sus ojos clavado en el suelo, lo retó a que no lo hiciera: “esa es costumbre de una persona que no sabe bailar y se ve mal”. Sugerencia que él aprobó con un “es que si me quedo mirándote, te beso”. Ella prefirió haberse tragado su consejo.

La canción terminó y Pedro aprovechó para lanzarle un comentario: “¿quisieras quedar un día para tomar algo?”, ella respondió con un sí mudo, de esos en los que únicamente se mueve la cabeza, y entonces él añadió: “¿me das tu teléfono y así te llamo?”. Sin oponer resistencia, Marta pronunció uno a uno los números de su móvil y él los escribió con devoción. “Te hago una perdida para que te quede el mío” – complementó Pedro-.

El trinar de los pájaros y algunos débiles rayos de sol empezaban a revelar que ya era domingo. Pedro husmeó su reloj y al levantar la mirada le preguntó a Marta: ¿hasta qué hora te quedas?, si quieres te acompaño a casa”. “Un rato más y no te preocupes que yo me puedo ir sola” –sentenció Marta-, de manera cortante, al tiempo que se ponía los zapatos que había aparcado a un lado del salón para bailar con él. 

De inmediato Pedro se puso de pie y regalándole dos besos le prometió que pronto la llamaría.

Sin Pedro en la fiesta ya no tenía sentido quedarse -razonó Marta-. Así que se despidió de sus amigos y salió hacia el metro escoltada por los síntomas de una resaca que estaba por metérsele en la cama.  

La rutina de su vida prosiguió sin obstáculos. Sus clases de máster en comunicación corporativa; sus prácticas en la ONG; sus jornadas de patinaje por la Rambla del Prim, en Barcelona; siguieron estando presentes. Sin embargo, entre el transcurso de una actividad y otra esperaba la llamada de Pedro, que aunque no le gustaba físicamente –no era el Brad Pit catalán- , le había vuelto a despertar las emociones que los viejos amores consumieron.

El día llegó. Marta se encontraba en la ‘uni’ recibiendo la calificación de unos de sus últimos proyectos de la maestría. Tras la reunión, que fue un desastre gracias a un dos que arruinó su calma, sacó el móvil de la cartera y se encontró con un mensaje de texto de Pedro: “¿te apetece ir el viernes al teatro y luego a tomar algo?, besos”.

“Pues claro”, le contestó eufórica a la distancia e inmediatamente le marcó. “Hola, que sí quiero ir contigo”. Mandó al infierno ese dos que acababa de pisotear su ego y empezó a planear el traje que llevaría en la primera cita.

El viernes despertó motivada. Sólo pensaba en cómo sería ese encuentro. Desde las 18h comenzó a arreglarse y eso que la cita era a las 22h. Luego de una prolongada y exhaustiva sección de belleza, lo único que le faltaba era vestirse. Abrió su armario y decidió que una camisa lila y un pantalón marrón claro eran perfectos para deslumbrar a Pedro.

Quedaron fuera del metro próximo al teatro. Pedro estaba recostado a una pared aguardando por ella. Mientras caminaba hacia él, Marta reafirmó que su aspecto físico seguía sin gustarle. Eso sí, sin dejar de estar convencida que a sus 27 años buscar el Kent de la Barbie tampoco era su prioridad.

Dos besos le dieron apertura al encuentro y caminaron hasta el teatro. Durante la función se dijeron poco. Los roces de sus manos y el cruce de sus miradas hablaban por ellos mismos. El telón se cerró y salieron hacia un bar a escuchar música en vivo, para luego irse a contemplar la majestuosidad de Barcelona desde el Mirablau, un bar próximo al Tibidabo.

Ya en el lugar Pedro volvió a sacar su repertorio de ‘Don Juan’ y se fue directo al punto: “Marta, ¿tú cuándo me piensas dar un beso?”, “en estos días” -respondió ella-. Ambos estallaron en risas y la petición no fue concedida.

Por lo menos, durante un mes siguieron quedando y la cosa no avanzaba. Un día Marta se despertó convencida de que Pedro sí le atraía y le propuso ir en la noche a la playa, donde con las estrellas de testigo, se dejó dar el beso que ella había reservado para ese instante mágico.

Desde ese momento las salidas se repitieron cada fin de semana. Se convirtieron en una pareja feliz. Salían con amigos; dormían juntos; Marta lo consentía cocinándole sus ricos platos y él, con las gomas que le regalaba todas las semanas; e inclusive bailaban salsa aunque Pedro tuviera el ritmo en el pelo.

Al llegar la Navidad, Marta se fue a Mallorca a pasar las fiestas con sus padres y no tuvieron más remedio que convertir sus móviles en cómplices. Todo iba de maravilla hasta que un día antes de Noche Vieja Pedro la llamó para decirle que lo tenían que dejar: “yo te adoro con locura, pero la bola de nieve se está creciendo y no te puedo hacer daño”. Marta quedó destrozada.

Por fortuna, este mal final reescribió un continuará. No pasó ni un mes y ya estaban juntos de nuevo. Sin embargo, Marta ya no se sentía segura del cariño de Pedro. Lo veía prevenido para quererla aún sabiendo él que ella lo adoraba con el alma y que estaba dispuesta a hacer lo que fuera por seguir a su lado.

La dicha duró tres meses, Pedro se volvió a sentir contrariado y dejarlo fue nuevamente su opción. Marta no podía desvelar qué era lo que le pasaba. Estaba segura que otra mujer no se estaba beneficiando de su desgracia. Ella continuaba luchando. Demostrándole que lo quería con el corazón.

Y en su pelea volvió a salir vencedora, porque regresaron, pero sólo por cinco meses. Ya nada era igual. Ahora eran los dos los que no se sentían con fuerzas para subirse al ring. Marta se hartó de trabajar como camarera -eso tuvo que hacer después del máster para ganar dinero y poderse quedar en Barcelona- y Pedro estaba tan seguro del amor de ella que se le olvidó que él también la quería.

Aunque lo dejaron definitivamente ‘firmaron’ el pacto de continuar siendo amigos. De vez en cuando quedaban a comer, cenar, tomar una copa y a repetir sus jornadas de mimos en el sofá de Pedro. Sin embargo, Marta nunca pudo dejar de verlo como al hombre que adoraba con locura. Cada reunión era liquidada con reproches y llanto.

Marta jamás aceptó que lo había perdido. Por eso hoy está haciendo las maletas para regresar a su país y Pedro se refugia en el olor que ella dejó en el trozo de cama que un día le prestó. 

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2 respuestas a Un amor al que le faltó tiempo. (Carolina Garcés)

  1. orgav dijo:

    Buen relato, muy bien narrado.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por scribir, me ha gustado tu relato.Un saludo.Amaya.

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