El tarjetón real. (Manuela Asenjo)

Nada más entrar en la pequeña sala que nos servía en casa de comedor, salón de costura, cuarto de estar y sala de visitas, sospeché de inmediato que, un año más, los Reyes Magos no habían atendido mi petición. Por el rabillo del ojo pude percibir que mamá iba convirtiendo lentamente su enorme sonrisa triunfal de presentación de juguetes en un gesto preocupado a la vez que interrogante.

Comencé a abrir los paquetes en actitud perezosa, sin ilusión. Un estuche de pinturas para el cole, una muñeca que, bueno, no es que estuviera mal, pero yo no había pedido. Y alguna cosa más a la que no presté mucha atención.

Vuelta como estaba hacia la pared agachada en el rincón de los paquetes, mis ojos no veían ni juguetes ni nada. Si alguien se hubiera colocado frente a mí, hubiera resultado herido por los rayos y centellas que emanaban de mi cabeza. Una mezcla de desilusión, rabia y lo que es peor, de escepticismo, formaba un pequeño cóctel molotov de pensamientos. Vamos, que atendiendo a las creencias al uso de mis siete años, si aquel santo día de la Epifanía del Señor me hubiera muerto, no hubiera pasado ni por el purgatorio; al infierno de cabeza. Así al menos lo pensaba yo mientras insultaba a mi manera a los Reyes Magos, al Niño Jesús, a toda la constelación de planetas, estrellas y mandaba a freír espárragos mis ilusiones, mis esfuerzos y mis propósitos de ser una niña buena.

Cada vez estaba más convencida de que, o bien los Reyes no existían, o yo había elegido al equivocado. Porque llevaba tres años con la ilusión de un único juguete, y no había forma. El año pasado me dijeron que lo mismo es que no me había portado bien. Ese no era el motivo, Rita la mentirosa se salía todos los años con la suya. Mairena, que robaba todas las semanas en la tienda de chuches junto al colegio, el año anterior se había presentado con el flamante disfraz de Cenicienta anhelado. Y así todas. Claro que, ellas siempre decían que Baltasar era su rey. Entre los niños estaba muy de moda que Baltasar fuera el favorito, debía ser aquel mensaje que circulaba de “adopta un negrito”. También Melchor tenía éxito, por lo de ser el primero, o aquella gran barba blanca tan majestuosa.

Pero yo, no. Yo había escogido al Rey Gaspar, en el que nadie se fijaba, el castaño, el del incienso, pobre, que ningún niño se acordaba. Yo, siempre tan compasiva con las causas perdidas, fijándome en los que nadie se fijaba. Yo, seguidora a rajatabla del refrán preferido de mi madre “En el término medio está la virtud” . Y claro, así me iba. No sabía si había elegido al pobre fracasado, o es que ni siquiera existían.

Pues ahora iban a ver, no iba a recoger la habitación, iba a ser desobediente, no ayudaría a mamá a fregar los platos. Tanto rezar al niño Jesusito: “Jesusito, Jesusito, dile a Gaspar, por favor…” ¡Todo a la …”

–Nena, tienes un sobre en el aparador –interrumpió mamá aquel tormento, tratando de romper el tenso silencio. Noté como mis gritos internos se iban atenuando mientras me levantaba hacia el mueble. Allí, apoyado contra el espejo, había un precioso sobre de color salmón, Mi nombre figuraba en el centro con unas grandes letras de hermosa caligrafía.

Lo abrí y pude leer, apresuradamente, una especie de disculpa cariñosa que rezaba: “Mi querida niña, esperamos que te gusten los juguetes de este año. Siento decirte que a pesar de habernos recorrido muchos kilómetros, visitado muchas fábricas, no hemos podido encontrar ningún coche de capota, lo que nos provoca un gran dolor. Te prometo hacer lo posible para que el año que viene queden satisfechos tus deseos. Un fuerte abrazo. GASPAR.”

Cerré la tarjeta con una confusa sensación de tristeza-euforia-arrepentimiento. No tenía mi coche, pero me había escrito mi Rey. Pedía perdón en lo más hondo por haber dudado, por haber despotricado contra todo lo sagrado, tenía que ser, tenía que existir, yo no me había equivocado. A ninguna de las otras niñas les había nunca escrito personalmente un Rey Mago, como a mí. Cómo no iba a creer en mi amado Rey Gaspar, y más teniendo una letra que se parecía tanto a la de mi querido padre.

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5 respuestas a El tarjetón real. (Manuela Asenjo)

  1. Mayte Sánchez Sempere dijo:

    ¡Me encanta! Esa niña es tan creíble… me ha recordado mucho a mi infancia, a la manera de pensar de entonces. Estupendo.

    Un saludo.

  2. Mar dijo:

    Hay recuerdos que nunca olvidaremos, muy bonito.

  3. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato. un saludo. Amaya

  4. M. Tere dijo:

    Que bonito y que recuerdos me trae, como se las apañaban para que fuerámos felices con cualquier cosita.

  5. Leticia dijo:

    Creo que todos hemos sentido alguna vez lo mismo que la niña de la historia, está muy bien descrito. Y yo también he pensado muchas veces que Gaspar era el típico olvidado que nunca era el rey de nadie,jaja 🙂

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