El box número 4. (Jorge Salgado)

Todas las tardes parecían iguales. Lo peor de la rutina no era realizarla, sino acostumbrarme.

Salía de casa, caminaba una cuadra, cruzaba la calle y dos puertas más adelante, estaban las dos hojas vidriadas de la puerta del Ciber de Hernán, en realidad no era el dueño sino su encargado de las tardes – noches.

La otra parte del día lo atendía el propietario. Yo estaba acostumbrada a la mismas caras de jóvenes y mujeres evidentemente solas que se entretenían en frente a esas cajas bobas, aislándose de vaya uno a saber qué.

Si, yo también era una de ellas, salía de mi rutina de maestra y me metía en otra.

Hernán me recibía todas las tardes apostado detrás de un mostrado en forma de ele, con su característica sonrisa de compromiso comercial, acompañada de un movimiento de cabeza hacia abajo como reverencia.

En eso era hábil, aunque tardé cierto tiempo en comprender la escena, con el tiempo empecé a responderle casi de la misma forma.

Así, con ese saludo inicial protocolar, propio de dos actores de comedia inglesa, me dirigía a la mesa que él reservaba con la computadora ubicada en el box número cuatro, en fondo del local, al lado de la puerta que daba a un patio interno descubierto y que a su vez daba a dos puertas que indicaban los baños.

La característica de la mesada de ese box, además de estar alejada de los demás, era que tenía más espacio para lo que yo cargaba.

Él sabía, después de tanto tiempo, que me sería más cómodo descargar sobre la mesada mi cartera, mi saco, los lentes para ver de cerca, el block de notas y mis lápices y biromes, todos revueltos en la cartuchera de tela escocesa. Así, todas las tardes.

Era un ritual inexorable, mientras no me decidiera a comprar una computadora personal. Mi trabajo de docente no me daba margen para comprarme una.

En realidad, si sacaba cuentas, me convenía quedarme con la número cuatro del ciber antes que comprar una nueva.

Así, me olvidaba del mantenimiento, de la cuota de la banda ancha por mes y de los molestos virus.

Todo eso era problema de él. Yo le pagaba mis dos o tres pesos y me iba.

Un día, o más bien una tarde, estaba realizando un trabajo para una clase especial del colegio. Necesitaba sacar unos datos específicos de Internet. Todo lo que busqué lo encontré. Al otro día iba a poder hacer la presentación de las consignas que le asignaría a cada alumno.

Recuerdo que eran alrededor de las once de la noche, cuando,  viendo la televisión, advierto que me faltaba un dato más para que ese trabajo de Sociales quedara completo.

-…Pero Rosa, si serás tonta… ¿como me pude olvidar de semejante dato?…pensé.

Volví a mirar la hora, once y veinte, me puse el saco nuevamente, tomé las llaves de casa y me dejé llevar por el ascensor hasta la planta baja, rezando durante el viaje vertical de los diez pisos para que el ciber de Hernán no haya cerrado.

Volví a caminar esa cuadra y me pareció distinta, comparada con la hora que acostumbro pasar.

Poca luz, poca gente, muchas bolsas de basura rotas por cartoneros alfombrando la vereda. Un asco, nunca la había visto así.

Al cruzar la calle vi que la luz del ciber estaba encendida, eso era una buena señal. Entré al local como entro al aula del colegio y esperando el saludo general y a coro de mis alumnos. No fue así.

La cara del que me recibió no parecía ser la de Hernán, mucho menos la de mis alumnos.

Su rostro estaba lleno de pánico, como si hubiera visto entrar a un alma errante pidiendo su cabeza servida en bandeja.

-…Buenas noches, Hernán, ¿Qué te pasa?…- pregunté

-…No, no, nada Rosa, está todo bien…- me contestó.

-… Bueno, estas un poco pálido, nada más…me olvidé unos datos para mañana… ¿Me das la cuatro?…-  Volví a preguntar.

¡No, la cuatro no!, respondió aún más nervioso y cortándome el paso hacia el fondo.

-…Eh…no funciona…la, la están arreglando…- me dijo dudando.

-…Pero si está ahí y por lo que veo…no hay nadie en ese box “arreglándola”…- insistí para que no me tome por tonta.

-…Lo que pasa es que está corriendo un programa antivirus…- agregó con poca convicción.

-…Mirá Hernán, quizás yo no sepa de computación pero no soy idiota. ¿Como vas a instalar un antivirus con la máquina apagada?…- pregunté ya poniéndome más nervios que él.

-…Ya vamos a cerrar, Rosa…-

-… ¿Qué te pasa Hernán? ¿Qué está pasando acá?

-…Nada, Rosa, nada. Voy a cerrar. Hasta mañana…-

Lo saludé hasta el otro día y me enfilé a la puerta de salida.

De repente, desde la puerta del fondo se escuchó unos gritos de ayuda y el nombre de Hernán fue dicho entre esos reclamos.

-…Ahora me vas a decir la verdad, ya me parecía que algo raro estaba pasando…- dije con firmeza, esperando la respuesta.

-…Rosa… interrumpió Hernán…Por su bien, le pido que se vaya…mañana a la tarde le cuento con lujo de detalles todo lo que quiera, pero ahora quiero que se vaya…-

Esa noche no pude dormir. Me había olvidado de la consigna del colegio.

Hasta me había olvidado para qué tenía que ir al colegio al otro día.

A eso de las seis y media de la mañana me estaba bañando para despabilarme de la noche anterior. El agua caliente me relajaba y con un café negro estaría lista para aguantar el día que comenzaba.

Fue en el momento que estaba en la ducha que sentí el sonido de varias sirenas.

Eran distintos sonidos pero, como no sé diferenciar una de otra, pensé que se trataba de bomberos, ambulancia, policía o hasta alguna alarma de un auto estacionado en mi calle.

Una vez desayunado, la verdad era que todavía tenía el café negro en la garganta, baje a la calle, ansiosa, pero con una actitud como si nada hubiera pasado.

Cuando llegué a la vereda, me crucé con la portera.

-… ¿Vio doña Rosa lo que pasó en la otra cuadra? Me preguntó.

-… Buen día Silvia. Le dije para marcar el protocolo. -…y no, no vi lo que pasó…- terminé, con cara de desinterés y acomodando las llaves en la cartera.

-…Anoche, parece que a eso de las doce o doce y media, se escucharon gritos y parece que mataron a alguien en el fondito del ciber.

Según se dijo, había una secta Umbanda y el fondito era el templo…yo siempre me imaginé que algo raro iba a pasar…- acotó finalmente, como era su costumbre y aplicando la regla de oro del encargado de edificio: “Si no lo sé, lo invento”.

Luego de la escena de sagacidad policial, representada por mi encargada, caminé hasta el ciber.

Mientras me acercaba, veía los movimientos de la Policía, el chofer de la ambulancia conversando con una agente y una persona de saco y corbata que gritaba a todo el que entraba al local: …no toquen nada hasta que venga el juez…los peritos nos van a informar…-

Me tenté en preguntar a algún agente que custodiaba el lugar, pero no me animé. Solo me quedé a ver, como otros tantos vecinos de la cuadra.

Entraban y salían del local con papeles y carpetas.

Otros dos, de civil cargaban en una camioneta blanca, todas las computadoras.

Me asomé a ver y estaba allí. La computadora con el número cuatro estampado en el costado del monitor.

Ahí fue que me puse a pensar: …se están llevando parte de mí, dentro de esa computadora están todos mis delitos, todas las mentiras escritas en mis cuentos de la clase de Literatura. ¿Y si creen que fue verdad?… ¡que desastre!…

Allá va el viaje a Comala, del ejercicio de Rulfo, y la estafa con la venta de la casa.

El cruce a nado que hice, gracias a que la terminé ahogando a mi compañera para salvarme yo, en ese río de la Patagonia,  y tantas escrituras notariales apócrifas que guardé en un archivo encriptado.

Si lo descubrían, capaz que me llamen a declarar… no solamente a mí sino también a todos los contactos de mi correo.

Eso generaría un problema, en el caso de las estafas, porque con los asesinatos no había pruebas de esas nueve personas.

Seguro que declararán que me conocen, pero yo no se si van a hablar bien de mí, es más, estaba segura que no. Maldito ciber. Ahora yo, que no cometía ningún delito desde hace mucho tiempo, me siento la última de las culpables.

Todo por no haber comprado una computadora personal y por la comodidad del box número cuatro…también te maldigo número cuatro…-   

En un momento de distracción, los dos agentes que custodiaban la camioneta fueron dentro del local.

Me corría un sudor frío por la espalda. No lo pensé más.

Me acerqué a la número cuatro y tomé la CPU en mis brazos.

La cubrí con mi saco y me volví tras mis pasos. Crucé la calle sin mirar si venían autos.

Un colectivo me tocó bocina casi a medio metro de mi oído izquierdo. Del susto, se me cayó la máquina al asfalto.

La gente que estaba en la calle chusmeando en el ciber, vio toda la escena.

Un policía corrió hasta donde yo estaba. Venía con las intenciones de ayudarme a levantar las piezas rotas del suelo.

Mientras se acercaba, me gritaba: ¡Señora, señora!, ¿Está bien?, ¿Se lastimó?

Pero cuando llegó, vio el número cuatro de la máquina.

¡Quédese quieta, las manos en la nuca!

Cuando finalicé mi “inocente” declaración (le inventé una historia de un curso de literatura) en la comisaría, el policía me preguntó por qué lo había hecho.

Le conté todo, con los mínimos detalles incluidos. De repente empezó a reír a carcajadas, sin parar.

-…Perdóneme oficial, ¿qué fue lo gracioso?…- pregunté haciéndome la desorientada.

-…Señora Rosa, cuando usted llegó al lugar ¿preguntó a algún oficial de Policía o bombero o médico que había pasado?…-

-…No…- le contesté, ya con mi mejor cara de “Metí la pata por atolondrada”.

-… Bueno, yo le voy a contar: a usted, la encargada del edificio le dijo que hubo gritos, que habían hecho un rito Umbanda, que seguramente habían matado a una persona. ¿Verdad?

-…Verdad…- Contesté

-…Muy bien…la verdad es que recibimos una denuncia a la madrugada, por un escape de gas y una persona con quemaduras en parte de su cuerpo, producto de un asado que estaban haciendo unos amigos del encargado del local.

La parrilla era improvisada en el piso del patio del fondo, pero con la mala fortuna de estar pegada a una pared del fondo del patio y por la que pasaba un caño de gas en mal estado.

No hubo explosión simplemente por un milagro, pero, una llamarada les produjo quemaduras a dos personas.

-…Pero entonces, ¿por qué se llevaron las computadoras? Pregunté, para asociar.

-…Se las llevaba el técnico para un mantenimiento, mientras estuviera cerrado el ciber…- contestó.

-…Oficial, le pido disculpas, yo no tendría que haber robado esa computadora, pero, comprenda que por mi cabeza pasaron mil conflictos, todos a partir de la historia de Silvia, la encargada…-

-…Señora, ya hablamos con el señor Hernán y dijo que no va a hacer ninguna denuncia contra usted si se compromete a pagar el arreglo de la maquina…- Propuso.

-…No hay problema…cuente con eso…- contesté más aliviada.

Al anochecer, cuando el patrullero me dejó de nuevo en la puerta de mi edificio, decidí visitar al pobre de Hernán…quería darle las gracias por quitar la denuncia y para que me diga lo que tendría que pagar por la reparación.

Estaba oscuro, había una sola lámpara prendida.

Empujé la puerta de entrada de vidrio polarizado. Caminé hasta el mostrador.

Hernán estaba de espaldas. Le dije: hola Hernán, quería darte las…

-…No me diga nada, Rosa… me interrumpió.

-…No me diga nunca más nada, acá no pasó nada, usted no escuchó nada…- me dijo con tono enérgico y sin voltear su cara hacia mí. 

-…Pero…qué pasa Hernán…contame, por favor le pedí.

En ese momento me di cuenta de todo.

Se dio vuelta para mirarme y me dijo: -…Rosa, no la quiero ver nunca más por acá…-

Fue repugnante verlo.

De la comisura de sus labios corría un par de hilos de sangre.

Sus ojos estaban inyectados y en su mano derecha sostenía una rata a la que le había comido la cabeza. 

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7 respuestas a El box número 4. (Jorge Salgado)

  1. ana amigo pardo dijo:

    Tiene un final inesperado pero esta muy bien la historia.

  2. ESA ERA LA IDEA… MUCHAS GRACIAS, ANA…

  3. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha sorprendido el relato. Un saludo. Amaya

  4. Leticia dijo:

    Me gustan las historias con vueltas de tuerca… Una duda ¿Por qué la utilización de la letra en negrita durante casi todo el texto? Agota un poco la vista al leerlo, pero supongo que tendrá alguna intención…

    • djnono010 dijo:

      Solo es un juego, Leticia… es para diferenciar los diálogos… Te pido disculpas si te molestó, lo tendré en cuenta para corregir… muchas gracias…

      • Leticia dijo:

        Nooo, no me pidas disculpas, me preguntaba la razón. Quizás si lo pones al revés y hay menos negrita, fatigue menos o si en vez de negrita utilizas cursiva… es sólo una idea 🙂

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