El deber de Melgar. (Celembor)

Tras una gran estación de tren de principios del siglo XX hecha de palillos y casi terminada, un anciano colocaba con sumo cuidado cada una de las pequeñas varitas de madera. Cada cierto tiempo, daba unos pasos hacia atrás para tomar perspectiva de toda la obra mientras se mesaba con suavidad su larga barba blanca o se rascaba su calva cabeza. Escrutaba con ojos severos y mirada concentrada las proporciones de cada tramo, en perspectiva o desde distintos focos. Cuando comprobaba que todo estaba bien, volvía a colocar toda una serie de palillos y volvía a alejarse unos pasos. Pocas eran ya las ocasiones en las que rectificaba, tal era su maestría.
Siempre echó en falta para sus distracciones una sola fuente de luz, ya que le encantaba ver las sombras que se proyectaban desde distintos ángulos. Esas sombras le hubiesen ayudado a ver con más claridad los posibles errores en la construcción. La construcción por sombras era un secreto que se había perdido. Ya nadie construía a partir de las sombras proyectadas. Pero es que en su pequeño mundo, la luz venía de todas partes. No había ninguna lámpara colgada del irregular techo de madera tallada como las raíces de un árbol, ni antorchas sujetas a ninguna de las paredes lisas del interior del Árbol Eterno en que se encontraba su habitación, su mundo. Las estanterías abundantes en una mitad de la habitación, estaban talladas como extensión de las paredes, y repletas de libros grandes y pequeños, gruesos y finos, nuevos y viejos. No parecía que estuviesen colocados en ningún orden, pero Melgar conocía la ubicación de todos y cada uno de ellos, con lo que estaban ordenados correctamente.
A pesar de ser una sola habitación, era amplia, con tres grandes mesas y un escritorio repleto de papiros y pergaminos. Las tres mesas ocupaban gran parte del espacio, pero se encontraban arrimadas a los extremos para dejar un espacioso centro cubierto por una colorida alfombra redonda. Para cualquier mortal que hubiese visto esa alfombra, hubiese dicho de ella que era laberíntica. Pero a Melgar le encantaba caminar por encima de ella, muy despacio y en círculos, y saborear la ligera sensación de mareo y desconcierto que le producía.
Todos los palillos que Melgar usaba en sus distracciones salían de uno de los bolsillos de su chaleco granate, que aunque desgastado, era el que mejor le sentaba. De hecho, no se lo había cambiado desde la Creación. Se cambiaba su camisa blanca y sus pantalones caqui, pero el chaleco era siempre el mismo. Le gustaba su viejo chaleco granate, y le gustaban sus dos pequeños bolsillos.
Un ligero escalofrío le indicó que el momento se acercaba. Su rostro de concentración se mudó por uno bonachón, de sonrisa amable y ojos bondadosos. Introdujo los palillos que tenía todavía en la mano en el mismo bolsillo de donde habían salido mientras pasaba al lado de una de las mesas. La miró y se acordó de lo que tenía allí: un taco de madera a medio tallar, una roca gris con una gema roja pulida incrustada y una esfera que flotaba a un palmo de la superficie y que giraba sobre sí misma a gran velocidad. Melgar miró la esfera durante unos instantes, recordando que existía y que estaba ahí. Debía de hacerle más caso a la esfera, pero se sentía tan útil haciendo y deshaciendo construcciones humanas con palillos que había descuidado sus otras distracciones.
Se sonrió a sí mismo. Tanto tiempo en aquel lugar cumpliendo con Su Deber, que casi había olvidado quién era antes de estar allí. Allí estaba y allí estaría hasta que dejase se hacerlo. Pero todavía quedaban muchos Tiempos para eso. Miró de soslayo el único estante de esa parte de la habitación y vio los cuatro huecos y los cinco Tiempos que todavía quedaban sin consumir, esperando su momento. Todos eran cilíndricos, blancos, y algo más largos que gruesos, midiendo unos dos palmos de la rechoncha mano de Melgar.
El anciano se rascó su orondo trasero cuando llegó a la gran puerta de roble antiguo con dintel semicircular y dorado. Ya nunca leía la inscripción que había grabada y que daba sentido a su existencia. Se centró en la superficie metálica, dorada y pulida, que había a la altura de su cabeza. Acarició con la yema de los dedos la superficie, notando el frío del metal y sonriendo levemente. Entonces, pronunció la Palabra e introdujo los dedos en el metal como quien mete los dedos en un tarro de miel. Tanteó con cuidado el mecanismo y lo accionó.
Poco a poco, las grandes puertas se abrieron dando paso a una sala oval con un pedestal en su centro. La única luz que entraba lo hacía por la enorme puerta por la que entraba Melgar. Justo encima del pedestal, una semiesfera negra guardaba algo en su interior. Solo alguien con la vista aguzada se daría cuenta de los pequeños agujeros en su superficie. El anciano se acercó con sumo cuidado, como quien no quiere despertar a un niño dormido, y tomó con delicadeza la semiesfera, poniéndosela debajo del brazo. Observó resignado la vela apagada y casi consumida, con sus lenguas de cera esparcidas, y a la que apenas le quedaban dos dedos de altura. Entonces, chasqueó los dedos y una pequeña llama se formó en su dedo gordo. Acercó el dedo, prendió la vela y colocó de nuevo la semiesfera en su lugar. En todo el techo abovedado se fueron dibujando pequeños puntos de luz mientras el anciano salía de la sala y cerraba las puertas. Una noche más, el mundo de los mortales volvía a tener estrellas en el firmamento. Una noche menos era lo que le quedaba al Tiempo de los Mortales.

Más relatos del autor en http://uncafeconleire.wordpress.com/
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2 respuestas a El deber de Melgar. (Celembor)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relatro. Un saludo. Amaya

  2. Leticia dijo:

    Un relato muy curioso, que sobretodo crea expectación por saber quien es el protagonista y cuál es exactamente su deber. Me he quedado con ganas de saber más ¿Por qué está solo? ¿Quién es realmente? ¿Por qué tiene libros?¿De dónde obtiene los palillos? 🙂

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