El día de mañana. (Manuela Vicente Fernández)

“ Mañana mandaré reparar  las vallas del  jardín y  también  el muro del huerto”. La estoy viendo, con la  distancia que dan los años, caminando ligeramente encorvada pero con la voluntad erguida. Era esbelta, alta y delgada, con la cabeza bien alta en  sus años  mozos, el andar  seguro y saleroso. ¿Desconfiada? Cuando se nace en los díficiles años que siguen a una guerra civil, nunca  se  pierde el miedo. Se apañaba con los bienes paternos,  la  casa,  las  ovejas, no  mucho más. Los padres  ya  ancianos continuaban siendo el refugio, que no el horizonte.

“Mañana iremos al banco a poner la propiedad en regla”. Había esperanzas, las cosas lentamente iban arrancando, el país comenzaba  a  prosperar,  las economías    domésticas   se   recuperaban. Todo  el   mundo  hacía  planes.

“¿Te vienes con  nosotros a la  fiesta, Ángela?  Hoy  no  puedo,  tal  vez mañana…” El tren  del  amor  la  encontró  ocupada  en  pequeños  detalles.

-“Vente conmigo a París, allí hay trabajo.” “Ahora no puedo,  tengo  tantas o

  • bligaciones: la casa, los padres…” Cuando quiso darse cuenta había pasado 

el tiempo. “Miremos el coste del pasaje y   nos  tomamos  unas  vacaciones”

“Ahora no, ya lo miraremos mañana…”

 La veo venir, encorvada, cada vez más dobladita, me anima a mí, me empuja lentamente en el hombro, “¿Quieres hacerte cargo tú de la propiedad? a mí ya no me hace falta…” La veo, sin luz en los ojos,“¿No vas a  mudarte  a  la  casa nueva? ¿La casa nueva?  Sí,  la casa  que  te  dejó  el hermano”. Frunce el ceño, hace un gesto de resignación, encoge su menudo cuerpo, arrimándose  a  la estufa  de leña. “A  mí   ya  sólo  me  queda   una mudanza…” exclama señalando al cielo. Me dice: “Haz lo que quieras, ve tú, si quieres…a tu tío le hubiese gustado” La miro y me doy cuenta de que hace ya un tiempo que ha renunciado a decir “ mañana”. Ha custodiado por bastante tiempo sus  bienes, apacientado sus ovejas. No hace planes para mañana.

                                  —————————————-

Ella era distinta. Decidida, apostaba siempre por el amor. Retrocedo en el tiempo y atrapo ese momento de valor, de coraje ante la adversidad. La veo, recostada en su lecho, bordando unos cojines para un  mañana que  no verá.

Lo sabe. Es en la voluntad de soñar dónde encuentra la fortaleza para seguir adelante un poco más, siempre un poco más, arañándole días al calendario.

Vive por sus pequeñas. Teje cojines. “Me han dicho que no haga más, que ya hay demasiados”- me dice,  señalando  las sillas de la habitación, en las que pueden verse  cojines de  diversos colores  y  formas, con borlas,  con flecos, llenos de una creatividad que busca expresarse. “No les hagas caso –respondo-   son muy bonitos, además  quiero que  hagas  uno para mí”  se  le encienden los ojos.

“Cuando me ponga bien arreglaré las puertas” “Qué les pasa a las puertas?” Pregunto. “¿No ves los marcos todos arañados? Es demasiado aparatosa… dice- haciendo alusión con un gesto a la silla de ruedas, que reposa en  una esquina del cuarto-  los raya al pasar…”

 Teje sueños para un mañana que no es de nadie, porque en la voluntad de soñar reside la fortaleza para vivir el presente. Miro la hilera de cojines y reconozco en  ellos  sus  sueños, su testimonio, en  cada  vuelta  que teje, en la mezcla de colores y formas, está su sello vital. Su impronta. Pienso que son mucho más que unos cojines bonitos, son un recuerdo, una huella para el día de mañana…

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“¿Qué quieres ser de  mayor  el día  de  mañana?”  No  lo  sé,   pedagoga, psicóloga,… (de mayor quiero ser yo! ¿es qué acaso voy a ser otra cosa?) en   mi   fuero   interno   pensaba:   “Quiero  ser  escritora”.  Pero  no  lo decía. Nunca. Porque quedaba mal. En mi entorno  los  que  escribían  sólo podían ser dos cosas: o locos, o vagos. Un poco loca puede que sí estuviese, por eso no lo decía, para que no se riesen.

De la casa de mi abuelo recuerdo un reloj. Me gustaba tumbarme sobre la cama  de  su habitación, recorrer  con  mi vista el  escaso mobiliario (dos camas, una silla, un palanganero antiguo con su jofaina y su jarra, un pequeño espejo, un armario, encima del armario: el reloj.)

        TIC-TAC, TIC-TAC, TIC-TAC…

Me  fascinaba el  tiempo: esa  extraña coordenada  que  encadenamos   a  un espacio,  a  un   recuerdo. Vamos  encadenando  instantes, uno tras otro,  que van cambiando tanto como nosotros, que somos los que en verdad pasamos y no el tiempo.

Algunas personas- muy pocas, a mi juicio- consiguen ser de mayores lo que soñaron de niños, gente que siempre tuvo claro lo que quería: “Quiero ser profesora”, “Voy a ser médico”, son gente que no duda, que parece conocer su destino y aceptarlo. La  inmensa  mayoría  acaba siendo otra cosa.  Es  el trabajo el que los descubre a ellos, el que les sale al encuentro y les lleva por un camino. “Mañana retomaré los estudios”- se dicen, “Me matricularé en lo que de verdad deseo…”, “Enviaré mis poemas a ese concurso literario…”

Algunos, aunque tardíamente, lo consiguen. Un día se levantan con un coraje inusual  y  se dicen: “Hoy es el momento”,  otros  necesitan  un poco más de tiempo: “Tal vez mañana…”

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2 respuestas a El día de mañana. (Manuela Vicente Fernández)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, un buen relato que nos recuerda el eterno destino de muchos seres humanos…esperar a mañana para no hacer lo que podrían haber empezado a hacer hoy. Un beso. Amaya

  2. manolivf dijo:

    Gracias a ti Amaya, por leerme y comentarme. Es cierto que no siempre hay un mañana para
    según que cosas, pero también es cierto que cada uno va a su ritmo y no se puede hacer más a veces….saludos.

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