El palacio del fauno. (Manuela Vicente Fernández)

Soy una persona extraña. De otro modo no puede comprenderse esta temeridad  que  me lleva una y otra vez a guiarme por  mis impulsos.  No  entiendo el mundo como el común de las personas – o  como  éstas  dan  a  entender  que  lo  entienden-  para  mí  no  hay  apenas distinción entre  unos  seres  vivos  y  otros. A  menudo   puedo  ver  más   allá   del    aspecto puramente físico de las personas o animales. Os aseguro que no hay mucha distinción entre unos y otros. Puedo ver el animal que un determinado sujeto lleva dentro, y del mismo modo observo el niño que duerme dentro de un perro callejero. Todos tenemos múltiples vidas y yo advierto el cruce de éstas de tanto en tanto.

Os cuento todo esto para que podáis entender por qué no me sorprendió aquella carta  a tales horas   de   la  noche   del  sábado  3  de  Enero  del  año X  (no el año diez, el  término  X  no  se corresponde aquí con el símbolo romano). El sobre  fue  deslizado  con  cuidado  debajo  de  la puerta, con prudente curiosidad procedí a abrirlo:

“ Por la presente carta se invita al portador

a la gran Fiesta del Fauno que tendrá lugar

el sábado 3 de Enero a las 12 de la noche

en los salones del Palacio Real (1)”

(1)    Entiéndase por Palacio Real

      El palacio de la música del Fauno.

Este era el breve mensaje, prácticamente escrito en clave, que constaba en la carta que acaba de recibir. Mi primera impresión fue  buscar  en  las  guías  de  la  ciudad  “El palacio del Fauno” pero  pronto me percibí de lo infructuoso  de  tal  tarea. Conozco  la  ciudad de “M” como   la palma de mi  mano  derecha, y  por  tanto  sabía  con  certeza  que  “el Palacio del Fauno” no constaba en ningún registro común ni era conocido públicamente. Aún  a  sabiendas de que se me estaba invitando a alguna secreta cofradía sin conocer el alcance que podía tener dicha invitación, yo había decidido asistir desde el principio. Firme seguidor  del  principio:” Busca y encontrarás” y de aquel otro que dice: “ Nada sucede por casualidad”, tenía el presentimiento de estar “cerca” de algo importante.

Como no sabía cómo debía ir vestido ni se mencionaba dicho asunto en la invitación, decidí  ir tal y como estaba, esto es con un  pantalón  de  franela  de  andar por casa y una camisa a cuadros, con la precaución, siempre necesaria en este tiempo, de agarrar  el abrigo  antes  de salir de casa.

Una vez en la calle aspiré fuertemente el aroma para dejarme llevar por mi instinto de  viejo perro que fui en su día. Pronto estuve sobre la pista. Por delante de mí un  numeroso  gentío iba en la misma dirección. Parecían invisibles, merced a su estado de total abstracción, pero yo los veía, no en vano me habían invitado a su reunión, algo debían tener en común conmigo, que hacían que les reconociese.

Entraron en lo que parecía ser un viejo templo o iglesia en la que yo nunca había  reparado  y aún juraría que no existía, pero que esa  noche  estaba  allí, por  supuesto. Naturalmente  les seguí,  levantando  el  cuello  de  mi  abrigo  para  protegerme de  las  miradas  de los  que  me seguían. Una vez dentro me senté en  el primer sitio que  vi  en  un  banco  cualquiera  al lado de una mujer-pantera. Sus ojos negros me miraron evaluándome con rápidez. Por un instante me   pareció   entrever   sus     blancos    colmillos   y    tuve   un  escalofrío  que no le pasó desapercibido.

-No voy a atacarte ahora, en el templo estás seguro. – Me dijo.

Al   instante pude ver  que  mentía. Lo  noté  en el brillo de sus ojos, en   el  destello  fugaz que pasó por sus pupilas.

-¿Va a haber un sacrificio? Pregunté sorprendiéndome  a  mí   mismo  con   la pregunta que acababa de venírseme a la mente.

-¿Por  qué  sino,  estaríamos  aquí  reunidos  querido?  Respondió  ella. Al  instante  caí  en   la cuenta de que era tarde para escapar pues la atención general estaba puesta en mi persona.

Resolví transformarme aceleradamente,  pero  ella, veloz, puso  su  mano   en  mi  corazón.

“La huida no es nunca la solución.” Me dijo, casi  en  un  susurro. “Si   prometes  servirme  te liberaré” “¿Cómo?” pregunté sin entender. “Tú cree en mí y no hables más.”

Mis pies estaban helados, la sangre parecía  no  circular  apenas por  mi  cuerpo. Miré  a  mi alrededor y vi a los faunos transformarse rápidamente. Sus perfiles de alimañas se recortaban a la débil luz de las velas que había en el lugar. Una mujer-aguila se adelantó a hablar:

-Pantera, cédenos  al  núbil. ¡Núbil! ¡No  puede  referirse  a  mí  con  tal  nombre! ¡Soy casi tan Viejo como el mundo! Pensé. Entonces la mujer-pantera se levantó para contestar:

-Es mío, le he tocado el corazón.

-¿Por qué lo has hecho? Gritaron todos al unísono, con un ruido ensordecedor.

-Lo he hecho porque aún no es un verdadero fauno.

-¿Cómo lo sabes? Es un fauno, sólo que inexperto,  como  precisamos  para  el  sacrificio.

– No, no es todavía un verdadero fauno hasta que no beba la sangre de uno de vosotros.

– La bebió al nacer, como todos nosotros, de la placenta madre.

Yo escuchaba estas singulares declaraciones totalmente estupefacto. Nunca había podido determinar mi condición. Mi memoria, capaz de retraerse a innumerables vidas anteriores contenía escasos datos de mi pasado más inmediato. Al cual, no obstante, parecía acceder sin dificultad la mujer-pantera que estaba a mi lado.

-No bebió porque él nació sin estar a término aún.

-¿Le sacaron? Preguntaron horrorizándose, al parecer, con la posibilidad de que fuese cierto.

-Así fue. Respondió ella.

-Entonces no hay sacrificio.

-No, esta noche.

-¿Por qué lo has traído entonces?

-¿No lo entendéis?

Hasta mí llegaron todos sus pensamientos que eran el mismo, al unísono:

“Quiere tener un hijo suyo”

Me dispuse a correr literalmente en cualquier dirección, pero los ojos de la mujer-pantera me lo impidieron, reteniéndome clavado en mi sitio. “No hay salvación” me dije. Entonces todos los faunos  rompieron   a   reír,  estrepitosamente,  despojándose  de  sus  caretas  y asumiendo su verdadera identidad: ¡eran  mis  clientes  favoritos!  ¿No  os  he  mencionado que soy Mentalista?

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3 respuestas a El palacio del fauno. (Manuela Vicente Fernández)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir. Me ha resultado un tanto extraño tu relato, prometo volverlo a leer para entenderlo un poco más. Un saludo. Amaya

  2. Leticia dijo:

    Cuiddo con los signos de puntuación y con las estructuras de los diálogos. Me gusta mucho el principio, eso de igualar a las personas con animales y el misterio del relato. Quizás el final me ha dejado un pelín fría, esperaba algo más impactante por la tónica de la historia, aunque queda completamente cerrada y eso está bien 🙂

  3. manolivf dijo:

    Gracias Amaya y Leticia por leerme y comentarme. Tomaré nota de vuestros consejos. Saludos.

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