Un mañana distinto. (Amaya Punte de Muñozguren)

Había una vez en un pobre, pobre, pobre País una pareja de hermanos que volvían de la estación en la que habían despedido a su padre, que marchaba a trabajar a un lejano y rico País.
-Queridos hijos, dos cosas os pido, cuidad de vuestra madre y de mí preciado tesoro.
-¿Qué es eso, padre?
-En esta bolsita está el tesoro de la familia. Mi bisabuelo se lo pasó a mi abuelo, mi abuelo a mi padre, mi padre a mí y yo os lo paso a vosotros para que lo cuidéis y protejáis, con la vida si es preciso.
-¿Qué debemos hacer con él?
-Nada me dijeron al respecto. Sólo cuidarlo como hemos hecho durante tantas generaciones.
– Así lo haremos, padre.
Los dos niños, Julio y Julia, volvieron a su chabola discutiendo sobre el contenido de la bolsita y su valor.
-Si fuera un tesoro seríamos ricos- decía Julio.
-Si fuera importante serviría para algo- decía Julia.
Llenos de curiosidad se pararon junto a los árboles que escondían las chabolas, para que no se vieran desde la autopista y abrieron la pequeña bolsita de piel, grasienta de años y suave de caricias.
-¿Semillas?-Se preguntaron asombrados al ver la docena de habas secas que Julio mostraba en la palma de su mano.
-Déjamelas hermano-dijo Julia, intentando quitárselas.
-¡No!, papá me las ha dado a mí, que soy el mayor.
En el forcejeo las semillas salieron volando por los aires yendo a caer sobre la hierba que adornaba el principio del puente que cruzaba la autopista. Los dos hermanos pasaron un buen rato buscando las semillas caídas hasta que creyeron haberlas encontrado todas. Once.
-Yo pensé que eran doce- decía una y otra vez Julia.
-Tu eres una mocosa que no sabe contar, eran once y once hay; Mejor si no le decimos a nuestra madre que se han caído.
En la puerta de trapo de su chabola un perro con pedigree y collar de falsos brillantes saltó alegremente al verlos llegar, moviendo el rabo sin parar.
-Hola Trosky- decía Julia mientras le acariciaba.
Tras la cortina que hacía de puerta las toses interminables de su madre les dieron la bienvenida. Sobre unos palés de madera un colchón viscolástico y sobre él una mujer, envejecida por la tos y la intemperie, se cubría con un ajado abrigo de visón.
-Hijos, contadme que ha pasado.
Los niños le relataron el paseo hasta la estación acompañando a su padre, los besos y abrazos de despedida. Las lágrimas de unos y otros, los consejos, las promesas y el tesoro que habían recibido.
-Enseñármelo, hijos, os lo ruego-decía la madre entre tos y tos.
Los niños, tras mirarse inquietos, abrieron ante ella la vieja bolsa de piel de la que saltaron a un plato las habas resecas y oscurecidas.
-Son preciosas-dijo la madre-pero no llegan para un puchero. Salir fuera y sembrar una junto a la puerta. No seremos más pobres por tener una menos pero podemos descubrir el misterio que durante tanto tiempo han guardado.
Julio hizo un agujero en la tierra con la muleta sin taco de goma de su madre, metió una de las habas secas después de mucho elegir y Julia la empapó de agua y la cubrió con la tierra amontonada a los lados, luego la volvió a regar.
Después de bendecir la mesa comieron una sopa de pan duro y agua y se fueron a jugar con los otros niños del barrio de “Las chabolas del desahucio”. Las últimas lluvias hacían que sus zapatillas Adidas y Reebook se llenaran de tierra hasta en las roturas más recientes que hacían que les asomaran los dedos entre ellas. A pesar de la nueva pobreza jugaban y reían olvidados ya de las habas que custodiaba su madre bajo el colchón. Julia seguía pensando que eran once pero pronto lo olvidó, tan pronto como llegó a sus pies una pelota que todos querían.
Pasó un día y otro día y sobre el montículo de tierra no había ningún cambio. En las conversaciones que tenían a la vuelta del comedor social, al que iban tres días por semana, llegaron a la conclusión de que las semillas estaban muertas y ya habían perdido su magia (si es que alguna vez la tuvieron- comentaban por lo bajo ambos hermanos) ante la insistencia de la madre en esperar un poco más.
– Madre, ¿no crees que si hubiesen sido un tesoro ya lo habrían usado nuestros bisabuelos?
– Quizás lo hicieron y consiguieron lo justo para seguir viviendo sin tener que terminarlas todas. No sabemos cuántas había en un principio.
– Es verdad- dijeron asombrados los dos niños.
Habían pasado un par de semanas permitiendo olvidar el tema de las habichuelas, cuando Julio al salir a la carrera de la chabola se dio de bruces con lo que parecía ser el tronco de un árbol que se enroscaba hacia el cielo.
-¡menuda torta me he dado!!venid, venid rápido!- gritaba desde la puerta, a escasos dos metros de su madre y hermana. Se apresuraron a rodear la extraña planta.
-!Qué bonita es!-decía la madre.
– ¡Y qué alta, parece que llega al cielo!-decía Julio.
-¡Qué flores más bonitas tiene, van alternándose blancas y amarillas hasta perderse en el cielo!-decía Julia.
Todos los habitantes del poblado del desahucio miraban asombrados rodeando la planta y dando la enhorabuena a la familia.
-Por lo menos ya no pasareis más hambre, mirad que vainas más hermosas tiene, deben estar bien llenas de habichuelas tiernas y sabrosas.
-No se preocupe usted, Doña Luisa, que con la primera recolección haremos un buen puchero para todo el poblado.
-Yo traeré unas cebollas-decía una vecina.
-Yo unas patatas- decía otra.
-Yo unos nabos-comentaba la de al lado.
-Yo un hueso de jamón-ofreció el vecino recién llegado.
-Yo unas garrafas de agua buena-ofreció el más anciano.
Y así, en pocos minutos todos habían puesto su granito de arena para empezar una gran fiesta en cuanto las vainas tuvieran el fruto maduro.
Escondida en el tumulto Julia salió corriendo hacia el puente en el que habían perdido una semilla a pesar de que su hermano dijera todo lo contrario.
Y allí, escondida entre el puente y los árboles, encontró una bella planta, más alta y con más frutos que la de su casa. Trepó por ella y cogió una vaina que había junto a una flor blanca, la abrió y probó el fruto. Aquellas habichuelas eran tiernas y sabrosas y con sólo comer dos se quedó saciada del todo. Trepó junto a una flor amarilla y arrancó la vaina que estaba junto a ella, pesaba más que la anterior y era más fea por fuera…pero por dentro, por dentro resplandecía una hilera de habichuelas de oro que brillaban como pequeños soles.
Julia daba saltos alrededor de la planta, reía, bailaba y lloraba todo al mismo tiempo mientras empezaba a temer que alguien la hubiese seguido, pero no había nadie más que los ruidosos coches que pasaban por la autopista escondiendo con sus motores los gritos de alegría que había dado la niña.
Recogió todas las vainas feas, menos una que dejó camuflada en el arco del puente, las vació, se llenó los bolsillos con sus dorados frutos y los escondió en su lugar secreto. Al llegar a la chabola se ofreció para recoger todas las vainas a lo que su madre accedió encantada. Las verdes se las dejaba sobre la cama para que las fuese pelando y las otras las pelaba ella y escondía sus frutos dorados en otro escondite.
Julia volvió al día siguiente al puente y comprobó que habían salido nuevas vainas de los dos tipos y que la que había dejado sin abrir había aumentado considerablemente de tamaño al igual que las pepitas de oro que contenían.
En el barrio chabolista del desahucio olía a comida sabrosa y se oían risas y canciones en la gran mesa improvisada. Los perros con pedigree esperaban bajo la mesa a que sus amos les echaran una cucharada de aquel guiso estupendo que llenaba el cuerpo y reconfortaba el espíritu hasta de los recién llegados que aún lloraban por todos sus bienes perdidos.
Julia se aseó y dijo a su madre que iba a dar una vuelta con las amigas, se había puesto su mejor ropa, de marca, que aún le quedaba bien gracias a lo que había adelgazado con el disgusto de la nueva situación familiar y se dirigió a su antiguo barrio, un barrio de alto standing en el que aún conservaba amigas que no sabían nada de su nueva vivienda, la antigua seguía con un cartel de venta y el nombre del banco que les había desahuciado.
El barrio seguía igual aunque se veía menos movimiento de vehículos y más coches en las calles con un cartel de “se vende”. Llegó a la parte alta de la urbanización en la que dominaba la preciosa vista sobre el mar el chalet de los padres de su amiga María, “María la de la joyería” como la llamaban en el colegio todas las envidiosas. Julia estaba fatigada y feliz a pesar de llevar en su espalda una mochila cargada con más peso que si llevara todos sus antiguos libros de texto. El timbre de la puerta y el video portero la hicieron sentir como si se despertara de un mal sueño.
-¡Julia querida, que alegría verte!!Pasa, pasa, ya conoces el camino!
La enorme casa estaba resplandeciente como siempre aunque echaba de menos la multitud de floreros con flores frescas que la madre de María solía arreglar con amor cada día. El camión de la floristería parecía que no había pasado por allí en bastante tiempo, en su lugar, sobre las mesas había montones de libros y ni rastro de las bandejas de ricos bombones que recordaba tan bien.
María y Julia se fundieron en un gran abrazo. María se fijó en las zapatillas rotas de su amiga mientras esta se encogía de hombros.
-Me gustan estas deportivas de verano ”con los dedos al aire”, pero me vas a hacer un favor y te vas a llevar un par de pares que no me valen ya.
-Gracias María, también quería hablar con tu padre.
-Vamos a su estudio, a ver si nos puede atender. Pero antes desayunemos algo, me acabo de levantar y tengo hambre- dijo María sin ser cierto.
Ambas jóvenes desayunaron entre risas como lo habían hecho cientos de veces en ocasiones anteriores. Los malos ratos pasados parecían ser una pesadilla de la que Julia se acababa de despertar, si no fuera por la mochila cargada y por sus zapatillas rotas.
El estudio del padre era una preciosa cabaña de madera, con grandes ventanales hacia el mar y la montaña, situada en una esquina del amplio jardín, no tan cuidado como antes. En el interior varias mesas de dibujo llenas de diseños y esquemas para joyas únicas y una mesa en la que el padre hacia sus primeras pruebas sobre metales nobles y piedras preciosas.
-¡Julia, que alegría verte por aquí!, estas hecha una mujer preciosa. Dame dos besos ahora mismo y cuéntanos a qué se debe tu visita por mis territorios de trabajo.
En voz baja María le preguntó a su amiga si quería que se quedara, a lo que su amiga le respondió agarrándole fuertemente de la mano y haciéndola sentar a su lado en el gran sofá del estudio. El padre sirvió tres grandes vasos de zumo de naranja natural de la jarra de bello cristal tallado que tenía sobre la mesa. A Julia le extrañó no ver a ningún sirviente desde que había entrado en la casa, ni jardineros, ni limpiadoras, ni técnicos…parecía que la crisis vivía en todas partes.
– Don Mario, María, me conocéis desde siempre al igual que a mi familia pero no sabéis la última parte de la historia. Ahora os la voy a contar. Mi padre perdió el trabajo en el hospital con las últimas elecciones y no pudo reincorporarse a su antigua plaza en la capital hasta hace cinco días, mi madre cayó enferma y perdió su puesto de trabajo y poco después el banco nos echó de nuestra casa a menos de tres años de tenerla totalmente pagada, no hubo forma de parar el desahucio ni vendiendo los coches de mis padres, la moto de mi hermano, mi bici y todas las joyas de mamá. Una mañana nos echaron de nuestra casa y el mundo se nos cayó encima. Ni os imagináis lo que han sido estos dos años para nosotros. Ya os lo contaré otro día. La cosa es que cuando acompañamos a mi padre a la estación nos dio una bolsita con el tesoro de la familia que había ido pasando de generación en generación, eran unas semillas y nosotros al no saber qué hacer, por orden de mi madre plantamos una frente a nuestra nueva casa, salió una hermosa planta que nos está alimentando y a la vez nos ha dado otro tipo de frutos con los que igual tu puedes trabajar o ayudarme para convertirlos en dinero y recuperar nuestra casa.
– No entiendo nada, hija- decía Don Mario en el mismo instante en que Julia derramó sobre la mesa el contenido de la mochila, haciendo que padre e hija abrieran la boca y soltaran varias exclamaciones poco elegantes.
Los minutos siguiente transcurrieron en un continuo calibrar, pesar, confirmar y agrupar por tamaños todas las habichuelas de oro desparramadas sobre la mesa haciendo tres grandes montones.
-Julia ¿sabes que aquí tienes un tesoro?
– Lo sé
-¿Qué quieres hacer con él?
-Quiero recuperar nuestra casa
-No sé si con esto llegará-dijo Don Mario entristecido.
-Le puedo traer una cantidad igual cada semana.
Padre e hija se miraron con tal asombro en sus caras que estallaron en una carcajada a la que se unió Julia.
-Entonces no hay problema, hija, ten por seguro que vais a recuperar la casa, te lo prometo. Es oro de la mejor calidad, tiene una pureza y un brillo espectaculares, voy a conseguir una colección única que nos hará ricos a los dos ¿Te parece bien, Julia?
-Me parece estupendo- decía la joven bailando y riendo con su amiga en el centro del estudio- Pero me gustaría recuperar la casa cuánto antes.
-Yo hablaré con el banco esta misma mañana y sabré cuantos kilos de oro más necesitamos. Ahora guarda bien este recibo de todo lo que has traído, aquí te especifico pesos y tamaños y el precio actual de venta. De momento sólo te puedo dar en efectivo esta cantidad que espero que guardes bien.
Julia, con los ojos como platos y las manos temblorosas, recogió los billetes de color lila que le daban.
-Muchas gracias Don Mario, sabía que podía contar con usted, sólo le pido que me cambie uno de estos billetes en billetitos pequeños y que no diga nada a nadie.
-No te preocupes preciosa. Anda, iros a contaros vuestros secretos que tengo que empezar una colección nueva de joyas. Espero verte la semana próxima.
Las jóvenes pasaron todo el día juntas, hablando, riendo, haciendo planes, probándose ropa, oyendo música y comentando todos sus sueños. Comieron y bebieron refrescos como en los viejos tiempos y al atardecer Julia salió de allí con una maleta con ruedas y su mochila cargadas de zapatos, zapatillas, vaqueros y ropa que a su amiga ya no le servía.
Tuvo la osadía de gastar dos monedas para coger el autobús de vuelta a su casa. Iba feliz hasta que vio de nuevo la silueta del barrio chabolista a lo lejos.
Julio presumía de sus vaqueros y deportivas nuevas mientras Julia montaba un tenderete frente a su chabola para poner a la venta lo que ellos no necesitaban, el precio era la voluntad. Todo el barrio pasó por allí y al terminar la mañana les quedó el tenderete vacío de ropa y un vaso lleno de pequeñas monedas. Por la tarde volvió a su recolección guardando las habichuelas de oro en sus sitios secretos y las demás junto a la cama de su madre en la que ya no estaba tanto gracias a las medicinas que le había llevado, que mejoraron considerablemente su salud en beneficio de todos. Por primera vez en varios años se la oía cantar y reír.
– Mamá, me encanta oírte cantar de nuevo, decían a coro Julia y Julio.
– Si hijos, Dios nos ha bendecido, por eso mismo estoy pensando que nuestra suerte quizás no sea eterna y tendríamos que llenar la bolsita con habichuelas nuevas por si algún descendiente nuestro las necesita más adelante. He pensado hacer dos bolsitas más y que cada uno de vosotros tengáis la vuestra ¿Qué os parece?
– Es una idea estupenda mamá, dejaré las más hermosas secándose en un plato. ¿Qué te parece si ponemos dos docenas en cada bolsita?
– Si, hija, es la medida justa para que no piensen en hacer un cocido pero si en plantarlas. Has tenido una gran idea Julia.
Semanas después una furgoneta vieja recogía las pocas pertenencias de la familia y los llevaba de nuevo a su casa, ya suya para siempre sin nada que ver con el banco, al que no volverían en la vida, por más capital que consiguieran llegar a tener. Juraban y rejuraban una y otra vez los tres mientras volvían en autobús.
Atrás dejaban dos plantas, que misteriosamente se habían secado tras la última recolección de la noche anterior, una chabola que cedieron a la familia nueva que acababa de llegar y un montón de Habichuelas verdes en un cubo para que los vecinos hicieran en su honor una nueva comida comunitaria. Pocos sabían que Julia se había interesado en solucionar los problemas de muchos de los residentes, dejando a sus espaldas a un montón de familias con contrato de trabajo en su nueva empresa de alimentación y varios pisos a punto de ser devueltos a sus genuinos dueños por los bancos en los próximos días.
Julia lamentaba profundamente no haberles podido ayudar a todos mientras el autobús les devolvía a su domicilio y ellos acariciaban sin darse cuenta sus respectivas bolsitas de habichuelas. En la espalda la mochila le pesaba tanto que le dolían los hombros pero era un dolor que la hacía muy feliz y le daba mucha tranquilidad para él futuro. Estaba deseando volver a su vida de siempre antes de la gran crisis, soñaba con volver a estudiar y cuidar todas sus cosas como si fuera la última vez que las pudiera tener. Había aprendido mucho. Demasiado.

Más relatos de la autora en https://www.facebook.com/#!/groups/227758307347655/
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4 respuestas a Un mañana distinto. (Amaya Punte de Muñozguren)

  1. Carolina Garcés dijo:

    Siempre se puede salir adelante si se tienen fe, ganas y coraje.

  2. Mayte Sánchez Sempere dijo:

    Simpática actualización del cuento, con su moraleja y demás. Me ha gustado, pero cuidado con usar infinitivos en lugar de imperativos, chirría mucho.
    Un saludo.

  3. amaiapdm dijo:

    Mayte, muchas gracias por tus amables comentarios que siempre me ayudan a mejorar. Es un placer tenerte como lectora y correctora. Un beso. Amaya

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