El vestido de Giselle. (Daropa)

Esta historia tuvo su comienzo en el verano del año mil novecientos ochenta y cuatro en el pueblo tarraconense de Salou. Recuerdo muy bien el año y que el mes era julio, porque unos días antes de salir de vacaciones, en el Renault 5 azul metalizado de mi hermano. Dos o tres días antes, España jugó la final de la Eurocopa de Francia, contra el país anfitrión. Esa final me quedó grabada en la memoria, por ser mí  primera gran decepción futbolística. Aún tengo en el recuerdo el  tiro de falta de Platiní, que incomprensiblemente paso por entre las piernas de Arconada y que significó  la derrota de España. Fueron mis primeras lágrimas delante de un televisor, viendo un partido de futbol.

 Yo tenía catorce años. Aparte de aquel partido y del veraneo que lo siguió, no recuerdo que hiciera o me pasara nada significativo en aquel año. No digo que no pasaran cosas importantes, digo que no las recuerdo. Pero aquel verano se me quedó grabado en la memoria. Aquel verano conocí a Giselle.  Giselle era una chica un par de años mayor que yo,  que tenía el apartamento justo enfrente del mío. No sé en que circunstancias llegamos a conocernos, ni que nos llevó a quedar la primera tarde. Pero el caso es que Giselle y yo, a partir de aquella cita nos hicimos inseparables.

Ella era de un pueblo del interior catalán, no recuerdo el nombre. Tenía un marcado acento que me encantaba. Pero creo que lo que mas me marcó de mi relación con ella, fue que a pesar de ser ella mayor que yo, era de tal inocencia, que a mí me hacía sentir como el experto de entre los dos. Era fascinante que  a mis catorce años, sin apenas  haber vivido nada, pudiera tener más mundo que aquella chica. Era la primera vez que no me sentía como un niño, por primera vez me vi, como un adolescente con un toque de malicia. De su físico apenas recuerdo nada. Solo que tenía un melena morena que la llegaba casi hasta la cintura.

El balcón de mi apartamento estaba justo enfrente del de Giselle. Todas las mañanas después de desayunar, mientras los adultos se preparaban para la inevitable mañana en la playa, yo salía al balcón, esperando que Giselle saliera al suyo.  Y todas las mañanas, sin excepción, antes de que ella acabara sus vacaciones, así ocurrió, era como un ritual.

No se exactamente los días que pasamos juntos, puede que una semana. Sin prácticamente recordar detalles concretos, si sé que fueron unos días vividos con una intensidad, que solo pueden explicar los que han vivido un amor de verano. Las mañanas las pasábamos en la playa bajo la supervisión de los mayores. Las tardes creo que eran más variables, no tengo mucho recuerdo de que hacíamos por las tardes. Pero nuestro momento llegaba por la noche. Después de la ducha desalificadora y la cena, Giselle y yo andábamos hasta el final del paseo marítimo. Este, acababa al final del pueblo. Y allí, ocultos de las farolas de las calles, pero iluminados por la tenue luz de algunos chalets que surgían casi a la vereda de la playa, nos adentrábamos en la intimidad del aquel paraje desierto. No voy a contar muchos detalles íntimos, no por pudor, si no por que no los hubo, al menos no de los que pudieran ruborizar al lector.  Creo recordar que hablábamos todo el tiempo. Imaginamos como sería nuestra vida después de las vacaciones. Seguramente tendríamos que pasar algún tiempo separados. Pero mantendríamos el contacto. Nos escribiríamos cartas semanalmente. Para finalmente, cuando la edad nos permitiera, elegir el sito mas adecuado para vivir juntos. Ella insistía en que quería tener muchos hijos.  A mí la verdad no creo que aquel detalle me importara lo mas mínimo. Encontramos una vieja barca pesquera dada la vuelta en mitad de la playa, que nos servía como apoyo mientras nos sentábamos en la tibia arena. Y allí, con una oscuridad que casi no nos permitía ni vernos, si acaso cogidos de la mano, con el suave murmullo de las olas invisibles, allí, me enamoré de Giselle.

Pero como todo amor de verano, el nuestro fue tan intenso, como efímero. Casi sin darnos cuenta llegó el último día. A la mañana siguiente Giselle se iría con su familia a su pueblo del interior catalán. El día transcurrió como uno más, no creo que hiciéramos especiales alusiones a nuestra inminente separación. Pero por la noche, mientras la esperaba en ese viejo portal que olía a humedad, pensé por primera vez que seguramente, esa seria la última vez que la vería en mucho tiempo. Y recuerdo una congoja que no había sentido nunca.

Apareció con un vestido de verano blanco y negro. Muy orgullosa dijo que ese vestido lo había confeccionado ella misma. Me explicó que su madre era modista y que la estaba enseñando el oficio. Y ese vestido era su primer trabajo.

Andamos hasta el final del paseo marítimo. Nos sentamos en la arena apoyándonos en la  vieja barca pesquera. Creo que aquella noche apenas hablamos ninguno de los dos. Recuerdo el tacto suave del vestido de Giselle. Esa sensación de liviandad al acariciar aquella tela por encima de su cuerpo, me ha acompañado el resto de mi vida. Se que lloré, que lloramos los dos.

Esa noche Giselle se permitió llegar un poco mas tarde. Cuando llegó la hora en que tenía que volver, nos concedimos un ratito más de angustia, creo que nos concedimos dos o tres aplazamientos más para nuestra separación. Ya en el portal, Giselle me dio un prolongado beso, sin importarle que seguramente estuviéramos siendo vigilados por algún miembro de su familia desde el balcón. Junto al beso me dio un papel con sus señas. Yo la escribiría primero, y ella contestaría. Una carta por semana, me insistió, no vayas a olvidarlo. Adeu amor. Y se perdió para siempre, en aquel portal que olía a humedad.

La mañana siguiente, aun sabiendo que ella se habría marchado temprano, me asomé al balcón. No se que tipo de milagro esperaba, pero durante un buen rato permanecí mirando el balcón que hasta el día anterior había sido de Giselle.  Pero aquel balcón vacío, desolado y aquella  persiana amarillenta cerrada a cal y canto, es uno de los recuerdos que más nítidos tengo del aquel verano de mil novecientos ochenta y cuatro.

Ni que decir tiene, que perdí el papel con la dirección de Giselle. Con el paso del tiempo olvidé el nombre del pueblo del interior catalán donde vivía.

Quince años después, mi pareja y yo, estábamos esperando el nacimiento de nuestro primer hijo. Lo esperábamos para finales de octubre, pero el niño se hacía esperar, y de común acuerdo con el médico que supervisaba el embarazo, decidimos que ella ingresara el día dos de noviembre para provocar el parto. Recuerdo esa tibia mañana de mediados de otoño,  y que  a mitad de camino del corto trayecto que nos separaba del hospital, empezó a caer una fina lluvia. No se porque motivo se me ha quedado grabada esa llovizna, cuando hay otros momentos de ese día que tengo totalmente olvidados. Supongo que hay ciertas circunstancias, que escapan de nuestro control y a las que queremos dar algún tipo de simbolismo. Quizá yo a ese fenómeno meteorológico le quise dar algún significado mas allá del puramente físico.

De la llegada al hospital y del ingreso apenas tengo detalles. Se que me quedé solo mientras  a mi mujer la asignaban una cama. Recuerdo perfectamente que la enfermera salió con una bolsa negra, que contenía la ropa de mi mujer. Me recuerdo en la cafetería del hospital, tomándome un café, con esa enorme bolsa negra al lado, diciéndome que antes de ir a la cafetería, la debería haber llevado al coche. Todos estos detalles sé que carecen de importancia, pero son los que se me quedaron grabados en esos momentos. Recuerdo la sonrisa asustada de mi mujer cuando entre en la habitación. Me pareció desvalida con aquel camisón azul pálido. Aun así estoy seguro que lo primero que hizo fue interesarse por la bolsa negra donde habían metido todas sus pertenencias.

La habitación era doble. Otra chica ocupaba la otra cama. Pero yo no la había prestado la más mínima atención. En un momento dado, mi mujer dijo señalando a la compañera de habitación,  “mira David, esta chica es de Barcelona, es diseñadora y ha venido a Madrid a preparar un desfile. Y va y se pone de parto. Perdona no recuerdo tu nombre, ¿Como te llamabas?”. “Giselle”, contestó la compañera de habitación con un marcado acento catalán.  Yo en ese momento, se que es difícil de creer, pero supe, que esa chica era la misma que había conocido en Salou quince años antes. Nada en su aspecto me recordaba a ella, incluso el pelo lo llevaba corto, apenas media melena, pero supe que era ella.

La saludé en la distancia con un gesto de la cabeza. “Pero parece ser que ha sido una falsa alarma”, dijo mientras me tendía a mano. Me acerqué a saludarla. Casi estaba seguro de que ella no me había reconocido, mi aspecto en quince años seguro que había cambiado mucho. Y eso pareció, que Giselle no me había reconocido. Y eso hubiera seguido pensando, si no fuera porque cuando la estreche la mano, ella alargó el suave apretón un segundo más de lo habitual. Al menos es lo que a mí me pareció. Pero sobre todo lo que me dio la certeza de que me había reconocido, fue que mientras me decía una adorable “encantada” me miró a los ojos de frente. Siempre me ha parecido que la gente al saludarse o al conocer a alguien nuevo, aparta la mirada, o si no la aparta, mira sin prestar atención al que tiene delante.

Aquel día fue uno de los más intensos que recuerdo. El parto de mi mujer se complicó, y finalmente la tuvieron que practicar una cesárea al día siguiente; tres de noviembre. Mi primer hijo, Pablo, nació ese día a las ocho de la tarde. Al ser cesárea la convalecencia de mi mujer se prolongó durante unos días más en el hospital.

Me acordé de Giselle  y me pregunté que habría sido de ella. Lo último que sabía es que la iban a dar e alta la misma tarde que la  volví a ver. Pregunté a la matrona que había atendido a mi mujer, que si sabía algo de la compañera de habitación. Ella lo recordó de inmediato, porque justo cuando la iban a dar el alta, la mujer  se puso de parto. Finalmente la matrona ante mi insistencia y después de comprobar los nacimientos del día tres, me dijo que Giselle, había dado a luz una niña a las ocho de la tarde del día tres de noviembre. 

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El vestido de Giselle. (Daropa)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo.Amaya

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s