Ven conmigo. (Salvador Cortés Cortés)

Fernando se despertó a esas horas en las que todo está en su sitio: el sol en todo lo alto, la gente en sus trabajos o quehaceres diarios, los coches circulando y su bloque en silencio.

Acostado, empuñó el mando a distancia, encendió el televisor y puso el programa de entrevistas, actuaciones y debates que le gustaba. Prestó atención al debate acerca de los dinosaurios. Oyó decir: “Las gallinas…, los jilgueros son dinosaurios”. Entonces se representó en su cabeza la imagen de un Tyrannosaurus Rex abriendo sus fauces y emitiendo un cobarde pero vigoroso cloqueo. Después, se incorporó y fue a la cocina a preparar la cafetera.

Salió a la calle y comenzó a caminar con ademán desenvuelto por la estrecha acera. El eléctrico aire primaveral que respiró, como si de un jugoso y colorido psicotrópico adherido a su lengua se tratase, le producía tal exuberancia sensitiva que el blanco de los edificios le deslumbraba, el invisible humo de los tubos de escape le molestaba y las fragancias y los perfumes y los olores corporales de las mujeres le sobreexcitaban.

No tardó mucho Fernando en llegar a la Cafetería Darmstad, donde le esperaba su amigo Alfonso. Éste, nada más verlo llegar, se apartó de la barra y se sentó frente a una de las mesitas, e hizo un gesto a Fernando para que tomara asiento junto a él.

Una vez acomodados, sorbieron el café caliente de sus tazas e hicieron el ademán de sacar unos cigarrillos de sus respectivos paquetes. El camarero los observó, entonó un “caballeros” para captar su atención y, oscilando su dedo índice, señaló el cartel “Prohibido fumar”, tras lo cual volvió a su tarea de secar y abrillantar vasos.

Pero un camarero siempre será una persona muy atenta, lo da su oficio, y éste no lo era menos que cualquier otro colega de profesión. Así que la conversación que desarrolló a posterior a escasos metros de él, la captó desde el momento en que Alfonso alzó un poco la voz para decir:
– ¡Fernando, eres un charlatán; hablas cosas sin alma…, salen bocadillos vacíos de tu boca de cómic!…
Y el otro protestó:
– ¿Cómo me puedes decir eso, Alfonso?, ¡eres mi amigo!, ¿no?, ¿cómo?… ¡y me llamas charlatán!, ¡sabes lo fastidiado que estoy!, ¡tú sabes por lo que estoy pasando, Alfonso!; le dije que no la quería…, fue un impulso…, siempre reacciono de la misma manera…, cuando alguien se interesa en demasía por mí… intento alejarle de mí…, desembarazarme…, ¡no confío en nadie!…, me voy encerrando en mí mismo y…, no sé…, debo ser una especie de monstruo, una especie de… Frankenstein…, no…, lo de Frankenstein era al revés: Frankenstein, el monstruo, se interesaba por alguien y era rechazado… ¡era rechazado por todos!, ¡hasta por su creador!
– Bueno, mira – le interrumpió el otro -, ¿sabes lo que te digo?, me voy a levantar a pedir otro café, ¿quieres uno, Fernando?
– No, Alfonso; ¡oye!, pero… ¿me estás escuchando, no, Alfonso?
– Sí…, claro, Fernando…, que no quieres otro café, vale.

Fernando puso cara de fastidio a causa de la burla, o ironía, de su amigo. El camarero seguía parapetado detrás de la barra, disimulando mientras movía unas cucharitas de un sitio a otro. Alfonso se levantó de la silla, arrastrándola hacia atrás con su cuerpo, haciendo excesivo ruido, y se acercó a la barra a pedir otro café. Después volvió con el platillo, con la taza de café encima, pinzado en su mano, y lo posó suavemente sobre la mesa; luego se volvió a sentar en la silla y la arrimó a la mesa; y observó a Fernando que estaba pensativo, cariacontecido, mustio. Entonces echó un ojo al local y vio a dos señoritas que estaban sentadas frente a otra mesa, contigua a la de ellos dos, mirándoles no sin cierto interés; Alfonso les sonrió.

– ¡Tío! – volvió a la carga Fernando -, ¡tío!, Alfonso…, la vida es bella…, sé que la vida es bella…, siento que la vida es bella…, a mí me gusta… incluso ahora, en estos momentos, recordando lo que le hice, aunque no quisiese hacérselo, a Bianca; yo, en estos momentos, tan amargos, tan frustrantes, yo la saboreo, ¡saboreo la vida!
– Vale, Fernando…, y yo saboreo este café… y me gustaría saborear alguno de esos dos… bomboncitos – Alfonso desvió la mirada a las dos señoritas, que sentadas, con las cabezas muy pegadas la una a la de la otra, bisbiseaban – que me miran, que me miran con disimulo desde que me levanté a pedir este café, ¿qué te parece, Fernando?
– Te burlas de mí, Alfonso…, te burlas de mí, lo sé…; y hoy acaban mis vacaciones… y mañana volveré al trabajo… y todo volverá a ser igual…, todo volverá a ser igual que antes…, lo sé, Alfonso… lo sé.
-¡Mañana!, ¿qué dices de “mañana”?…, sí, se acabarán tus vacaciones ¿y qué?; seguirás lamentándote siempre, Fernando; te lamentabas cuando estabas con Bianca y te lamentas ahora que le dijiste que no la querías, aunque sabes bien que eso no es cierto, que sí la quieres…

A todo esto, las dos señoritas se levantaron de sus sillas y se acercaron a la barra para pagar sus consumiciones. El camarero las observó y esbozó una sonrisa.
– ¿Cuánto debemos? – preguntó la más alta, mientras se sacudía los pantalones vaqueros y se ajustaba la camisa estampada dándole tirones a los bajos.
– ¡Eh!, ¡oiga!, ¡a las señoritas las invito yo! – soltó Alfonso desde su posición.
Fernando lo miró, estupefacto.
– ¿Qué te parecen, Fernando? – dijo Alfonso en sordina.
– Alfonso…, Bianca… – contestó Fernando, bizarro.
Entonces, Alfonso se levantó de su silla, se acercó a las dos; miró a la más bajita, que tenía el pelo largo, liso y negro, hasta la cintura; la remiró.
– ¿Tengo algo en la cara, Constanza? – preguntó a su amiga más alta con desdén, meciendo su melena hasta que sus filos rozaron el trasero de su larga falda.
– No
– Entonces, ¿por qué este tío no me quita el ojo de encima? – preguntó retóricamente.
– ¿Tienes algo que hacer mañana, Isabel? – preguntó Alfonso.
– No, ricura.
– Pues… ven conmigo a pasear en moto por los montes, ¿vale?
– Vale, ¿cuándo?
– Mañana, mañana por la mañana…

Fernando, boquiabierto los miró alternativamente sin comprender nada de lo que había visto, mientras la más alta ya se escapaba por la puerta del bar.

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2 respuestas a Ven conmigo. (Salvador Cortés Cortés)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir. Es una curiosa historia que se repite cada día en todas las cafeterías del mundo. He pasado un rato agradable leyéndolo. Un saludo. Amaya

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