Esperanzas de morir. (Mayka Ponce)

Faltaba poco para la llegada del invierno, pero ese jueves el cielo amaneció cálido y despejado. Siempre que el sol se dejaba ver reluciente en la bóveda celeste, Brigitte se preparaba para su cita. A través de las ventanas de su dormitorio, podía ver cómo los rayos bañaban los jardines de la urbanización.

Sus viejos y delgados brazos ya no la dejaban peinarse sola. Lucía una corta melena lisa que se había vuelto grisácea con la edad. Kenza, la doncella marroquí que llevaba desde niña trabajando para ella, la ayudaba a acicalarse al despertar. Cada día, le pintaba sus cuidadas uñas de un color  diferente, que dependían de su estado de ánimo. Esa mañana se decantó por el rojo. Mientras Kenza le pintaba las uñas de los pies, siempre a juego con las manos, ella se ponía carmín en los labios, muy despacio, para evitar salirse de los finos bordes que se habían vuelto marchitos por el paso del tiempo. Sonría coqueta al reflejo del antiguo espejo de su tocador.

Tras enviudar de su marido, embajador de Francia en España, decidió no volver a su país natal, a pesar de lo mucho que añoraba Versalles, donde había crecido como hija única en una pequeña familia aristócrata. Ella y Claude no quisieron tener hijos y, sin más familia que su cercana y atenta Kenza, prefirió pasar sus últimos años en su residencia de casada, en la costa malagueña.

Kenza le colocó sobre los hombros el abrigo beige que estaba en el perchero de la entrada y, a continuación, le ofreció su rollizo brazo moreno para ayudarla a bajar las escaleras que conducían hacía el jardín: un contraste frondoso de palmeras, ficus, cipreses y plantas florales.

Hasta pocos días antes de su muerte, Claude y Brigitte caminaban, casi a diario, agarrados de la mano por ese mismo suelo embaldosado, como una pareja de recién casados. Brigitte disfrutaba bajando al alba, antes de que las pequeñas gotas del rocío se evaporaran hasta la mañana siguiente. Esta costumbre le recordaba a su marido, que siempre le decía que el rocío era las legañas del mundo, por eso solo aparecían al amanecer.

En el centro del jardín, una enorme piscina rectangular con el agua turbia por el cúmulo de hojas secas del otoño, quedaba rodeada por unas cuantas hamacas blancas. Kenza la ayudó a recostarse sobre la mullida tumbona, la situada frente a la piscina, de cara al cálido sol y la cubrió con su abrigo beige como si fuera una manta. Sus ojos, enmarcados por las finas arrugas que habían sido testigos de una larga vida, quedaron fijos en el horizonte. Aquel hermoso paisaje la embriagaba.

Brigitte apenas hablaba tras la muerte de su marido, como si no quisiera malgastar sus últimas palabras; prefería observar, en silencio. Una pareja de mirlos correteaba grácil entre las flores de pascua que acababa de sembrar el jardinero y un gorrión miedoso bebía tímido del agua de la piscina. Sonrió al ver una bandada de gaviotas sobrevolar el jardín, sus plumas eran tan blancas que reflejaban los rayos del sol. “Qué sensación de libertad la de volar. ¿Será así la muerte? ¿Dejarte abrazar por una luz agradable que te lleva directa al cielo?”, pensaba ella, relajada.

A su edad, Brigitte tenía todo tipo de dolencias, desde artrosis hasta problemas de corazón, sin embargo, disfrutaba de una excelente memoria de la cual hacía uso a diario. Cerró los ojos y recordó a Claude en la hamaca de al lado, haciéndole compañía como cada mañana. Ambos se miraban a los ojos, dichosos por los más de cuarenta años de matrimonio que habían compartido. “Qué rápido ha pasado todo”, pensaba. Sonreía levemente, pues lo que años atrás fueron sentimientos de tristeza y soledad, aquella mañana se habían convertido en sentimientos de esperanza. Esperanza e ilusión de que pronto volvería a reencontrarse con su amado Claude. 

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3 respuestas a Esperanzas de morir. (Mayka Ponce)

  1. amaiapdm dijo:

    Una bella historia, gracias por escribir. Un saludo. Amaya

  2. Mar dijo:

    Bonito relato, aunque asuste el titulo. Saludos.

  3. MayteSanSem dijo:

    Muy bonito y tierno.
    Un saludo.

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