Si me hubiesen leído la mano… (Mayka Ponce)

La lluvia salpica el cristal de la enorme ventana de aluminio que queda pegada junto a mi pupitre, en la última fila del aula. Hace una mañana invernal fuera de la clase. Aún tengo los dedos entumecidos por el aire frío que me ha golpeado mientras esperaba al autobús en la esquina de mi casa, que, como siempre en días como este, se ha retrasado por el tráfico que ocasiona la lluvia.

Manoli, mi profesora, nos explica de pie frente a nosotros que será minutos antes del recreo cuando reparta las rosas. Creo que Manoli es una de las personas más rubias que he visto jamás. Tiene una melena por encima de los hombros que acaricia constantemente mientras nos explica la lección. Su mirada, a través de esos enormes ojos almendrados de un azul intenso, me intimidan cuando se posan sobre los míos, hasta el punto de hacer atragantarme con mi propia saliva.

Todos mis compañeros guardan silencio mientras Manoli nos aclara el planteamiento del problema de ayer, o eso creo. Oigo su tono de voz grave en el otro extremo de la habitación pero, desde que me he sentado, no consigo concentrarme para escucharla.

Una ansiedad agotadora recorre mi pecho. Estiro las manos hacia el frente y las puntas de los dedos se agitan nerviosas, aunque sutiles. Tengo la piel erizada. Giro los antebrazos para poder verme las palmas, que noto húmedas a pesar del frío que siento. Un pequeño rastro de sudor crea reflejos brillantes en los finos surcos. ¿Será cierto que hay personas que pueden adivinar nuestro destino solamente leyendo las líneas de nuestra mano? Quiromancia lo llaman. Mi línea del amor es la más pronunciada de todas. Me gusta el amor, me gusta estar enamorada, aunque lo que más me gusta es que mi amor sea correspondido.

Hoy es San Valentín. Me he puesto el jersey rojo de lana que me compró mi madre antes de Navidades. Ahora todo el mundo, a parte de mi mejor amiga, sabe que estoy enamorada. Antes de entrar en clase, Cristina me ha contado que vio a Pablo con un amigo ayer en la biblioteca. Había comprado una rosa roja y Manoli estaba escribiendo mi nombre en el dorso de un pequeño sobre blanco. Pablo, mi amor platónico, la razón por la cual no quiero faltar ni un día a clase, aún cuando siento millones de cristalitos en la garganta que no me dejan ni beber.

Mi mesa, verde manzana como la silla, tiene los bordes del color de la madera, aunque apenas se aprecian por todos los garabatos que he tallado a lo largo del curso con su nombre. La profesora habla y habla pero no la escucho, estoy nerviosa. Siento un desasosiego y una angustia que aceleran los latidos de mi corazón con cada segundo que veo pasar en las manecillas de mi  reloj. Debería estar feliz por ser correspondida y lo estoy, pero la exaltación que siento es tan exorbitante que un sentimiento de zozobra recorre todo mi ser, para luego amotinarse en mi barriga.

Lleva días sin parar de llover, un relámpago cae del cielo gris y golpea sobre la cima de la sierra como una flecha ávida de sangre que busca su presa. El resplandor ilumina el aula y me hace volver a prestar atención a la profesora, que se ha sentado sobre el borde de su mesa. La puerta se abre y una estudiante con un ramo de rosas rojas y blancas en una mano y sobrecitos en la otra, irrumpe en la clase.

Flores blancas de la amistad, flores rojas del amor.

“Oh, Dios mío, ya es la hora”, pienso. Intento disimular mi inquietud, transmitir tranquilidad y sonrío a aquellos compañeros con los que cruzo mirada, pero creo que mis suspiros, que se escuchan en toda la clase, me delatan.

–Matilda Pietro –nombra Manoli.

Mi corazón bombea fuerte en mi pecho. Como arrastrada por una cuerda invisible, me abro paso entre las mesas de mis compañeros. Dos filas antes de alcanzarla, adelanto a Pablo, que sentado a la izquierda me mira fijamente, mostrándome su hermosa hilera de dientes blancos.

Me viene a la mente la imagen del pasado dieciséis de octubre cuando se incorporó a nuestro colegio, recién llegado de Sevilla. En mis catorce años, jamás he visto nada más perfecto que él. Su fino pelo castaño y su piel aceitunada, realzan sus maravillosos ojos verdes…

Alargo la mano y, por fin, la profesora me tiende la esperada rosa y el pequeño sobre blanco. Vuelvo a mi asiento, excitada por el maravilloso presente. Observo detenidamente la flor roja. Es preciosa, perfecta. Abro el diminuto sobre con mis dedos aún temblorosos.

Me gustas mucho. ¿Quieres ser mi novia?

Quiero gritar hasta desgañitarme, reír eufórica, llorar de alegría, saltar muy alto, tanto que creo que llegaría a tocar el cielo.

Suena la campana que nos avisa que es tiempo de recreo y todos se levantan apresurados de sus sillas, que chirrían al ser arrastradas con ferocidad contra el pavimento. Me dirijo exaltante hacia el patio. Siento que mis pies no tocan el suelo, ando, pero, en realidad, parece que vuelo. Mi amiga Cristina me hace un gesto desde su mesa con el pulgar hacia arriba. Salgo de la clase y corro escaleras abajo, apresurada. Diviso a Pablo a los pocos metros, de pie entre un montón de alumnos, bajo el patio trasero y techado del colegio. El mundo se ha parado. Todo pasa a un segundo plano, no escucho nada, no veo nada, no huelo nada. En mi mente, solo está él. 

Estoy a menos de tres metros y mi cabeza trabaja ágil para pensar qué decirle, qué hacer. Mi amigo Arturo se cruza en mi camino y en mi pensamiento, pero le ignoro. No puedo apartar la mirada ni los pasos de la dirección que me lleva hasta Pablo. De repente, Victoria, una compañera de clase, me adelanta corriendo como una gacela y juguetona se lanza en los brazos de Pablo. Una rosa roja asoma arrogante entre los dedos de ella. Los dos ríen felices y funden su dicha en un íntimo beso bajo aquel cielo gris de febrero. Me doy la vuelta, confundida, y salgo del patio techado.

–Em… Matilda, ¿quieres ser mi novia?

Vuelvo a ser consciente de mi entorno. Aún llueve. Escucho el bullicio provocado por las risas de decenas de niños y huelo la tierra mojada. Veo los ojos marrones de Arturo que me miran interrogantes. No puedo creer lo que está ocurriendo. La tristeza, la pena, la nostalgia, la amargura inundan mis ojos. Inclino la cabeza, apoderada por la melancolía y releo la pequeña nota, estropeada ya la tinta por el aguacero. Abajo a la derecha veo algo que antes no aprecié: la letra A.

Las gotas de lluvia empapan mi pelo y enmascaran mis lágrimas que caen desconsoladas mejillas abajo. La vida sería más fácil si me hubiesen leído la mano.

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4 respuestas a Si me hubiesen leído la mano… (Mayka Ponce)

  1. Mar dijo:

    Mayka muy bien descrito, pero, se me hace raro el reparto de rosas y sobres con declaraciones de amores adolescentes en una clase de un colegio. Saludos

    • Mayka Ponce dijo:

      Hola, Mar! Eres española?? En mi colegio (en Andalucía) los alumnos de 8 de EGB (que ahora sería la ESO) vendían flores y cartas el día de los enamorados a los demás alumnos de las otras clases, organizaban las fiestas de fin de curso, los carnavales, los desayunos en las cafeterías, etc, para juntar dinero para luego gastarlo en el viaje de fin de curso!! 😉

  2. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo. Amaya

  3. Leticia dijo:

    En mi instituto se hacía lo del reparto de rosas. Lo organizaban los del último curso y sacaban dinero para el viaje de fin de curso. Casi lo que se me hace raro es que los chicos de 14 años de hoy en día se anden con estos rodeos,jaja. Muy bien escrito, aunque el título daba ya la pista desde el principio de lo que le iba a pasar a la pobre Matilda. Se lee con mucha facilidad porque el ritmo es muy bueno.

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