Meterse en un jardín. (Alicia Bermejo)

Me atrae, como si fuera un gigantesco imán, cada día termino mi paseo -sin que haya sido consciente del rumbo que tomaban mis pasos- delante de la oxidada verja de la que antaño debió ser una gran mansión.  Hoy también he vuelto a llegar hasta aquí.

Escudriño la espesa vegetación tratando de descubrir no sé bien el qué.

Y como siempre, me sobresalto cuando el absoluto silencio se interrumpe por el leve crujido que hace una rama al quebrarse, quizá por una pisada…si, claro, por fuerza algún pequeño animal habrá buscado cobijo entre los escondites que proporciona tanta maleza. Bueno, es natural, esto más que un jardín abandonado, es como un bosque y aunque pueda parecer un lugar frio e inhóspito, donde a duras penas entran los rayos de sol, a los insectos y otros bichos les debe resultar la más acogedora de las madrigueras.

Despacio, voy recorriendo el contorno de la propiedad, ¿quienes serán los dueños, o fueron?  –me pregunto-. Camino distraída mientras mi mano va pasando suavemente por cada uno de los barrotes, de repente me percato de que nunca había llegado tan lejos en mi recorrido, desconozco esta zona. Quizá por eso mis hipnotizados sentidos entran en estado de alerta y miro con más detenimiento a mí alrededor con cierta aprensión. ¿Qué hago aquí?

Cuando estoy a punto de dar la vuelta para desandar el mismo camino, algo me llama la atención, a pocos metros de donde estoy unos arbustos que tapan la reja me resultan fuera de lugar. Sí… pero me voy ahora mismo. ¿O me acerco? … Me acerco… Al intentar apartar las ramas, estas caen al suelo, dejando al descubierto la falta de dos hierros de la valla. Es un hueco por el que cabe perfectamente el cuerpo de una persona, ¡ya! …pero yo no voy a entrar, ¿o si? ¿Qué me va a pasar?… esto está desierto… ¿Y si entró?… acabaría de una vez con está especie de “atracción fatal” que me impulsa cada día a acercarme a esta casa. Decidido ¡adelante!

Apenas he iniciado el recorrido por una pequeña senda que descubro entre los matorrales y los añejos troncos de los árboles, cuando lo que descubro me deja parada en el sitio. Es una construcción pequeña, medio escondida entre tanto verde oscuro, quizá la casa del guarda en su día, -deduzco-.

Despacio, mis píes se mueven hacía allí, con la intención de acercarme a la única puerta que veo, a punto estoy de alcanzarla, cuando el agudo grito de alguien que está mis espaldas me hace trastabillar y quedar a cuatro patas en el resbaladizo suelo.

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¿Puede que lo haya soñado todo?  Estoy en mi cama intentando recordar paso a  paso, todo lo sucedido. Cuando estaba en el suelo aturdida y desubicada por la caída, alguien me ayudo a levantarme, me hizo entrar en la casita y allí transcurrieron las horas mas extrañas, entre preguntas, respuestas, confidencias, historias pasadas y presentes que fue desgranando Soledad, (parece que el nombre que eligieron para ella sentenció su destino) cuando comprobó que yo no era una amenaza. Es una mujer de mediana edad, cuarenta y tantos, supongo, delgada casi en demasía, su pelo luce un extraño corte, después entendí por qué, ella misma se lo corta. Su indumentaria también es un tanto peculiar, rústica diría yo, pero se ve aseada.

Hija –por un descuido- de una de las sirvientas de aquella casa, las circunstancias de la época, obligaron a su madre a dejarla en custodia en un internado de las monjas cuando su presencia empezó a resultar molesta a los señores. Apenas contaba cinco años. Las escasas visitas que le hacía su madre se fueron espaciando cada vez más en el tiempo, hasta que un día no volvió a tener noticias de ella. Al cumplir la mayoría de edad se vio obligada a dejar lo más parecido a un hogar que había conocido, llevándose consigo  las prácticas enseñanzas  recibidas en todos esos años y una maleta –que arrastraba- donde cabían todas sus pertenencias y unas cuantas pesetas para empezar, le dijeron.

Su único punto de referencia al salir al mundo, era la casa donde había pasado sus primeros años y allí se dirigió. Demasiado tarde, ni rastro de los moradores, ni de su madre. Como en aquel momento no tenía donde ir, se internó en aquel jardín mientras pensaba que hacer. Hasta que se topó con aquella casita, le pareció un buen refugio provisional. Según pudo saber posteriormente, el destino de los antiguos dueños cambió por causa de un mal negocio y un Banco se hizo cargo de la propiedad, a la que al parecer, no  ha encontrado utilidad. Calcula que han pasado casi treinta años y según me contó Soledad, hasta ayer nadie se había acercado lo suficiente como para descubrir su particular retiro.

Las dos semanas que han transcurrido desde aquella peripecia,  las he pasado haciendo un minucioso repaso de mi vida, de mi situación, de lo que tengo, y no quiero, de lo que no tengo y quisiera tener, de lo que esperaba y no llegó, de lo que no quiero que llegue y llegará sin remedio…

Mi maleta tampoco es muy grande, pero… ¡tiene ruedas! En ella he metido lo imprescindible  para vestirme, unos libros y en los huecos que quedaban la esperanza de que Soledad me deje quedarme con ella y la ilusión por mi nueva vida… ¡ah! Y –aunque me da vergüenza confesarlo- mi crema antiarrugas.

Por el camino me voy haciendo preguntas ¿Qué comeremos? hummm… creo que mencionó un huerto y me pareció oír cacarear alguna gallina, bueno ella ha subsistido muchos años, ya me dirá como se hace… ¿Y en el invierno hará mucho frío en la casita?… no, no creo, me fijé que tiene una buena chimenea… ¡Ahora me doy cuenta! Ya no veré mas los programas cutres de la tele, ni escucharé en el autobús todas las conversaciones telefónicas a voz en grito, que maldito lo que me importan, ni me tendré que pelear con la dependienta que no tiene ganas de atenderme…Ni poner mas reclamaciones… ¡Qué paz!

Está recogiendo leña cuando ve que me acerco. Adivina mis intenciones al ver mi equipaje. Me mira sería y advierte:

-No me gusta mucho hablar, la charla del otro día fue una excepción.

-No importa –le digo- yo tengo ganas de estar callada… un tiempo.

-Pero…tu aún eres joven ¿Y si el día de mañana, decides…?

-¿Mañana? ¿qué mañana? –la interrumpo-. ¡Mañana…ya veremos!

 

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2 respuestas a Meterse en un jardín. (Alicia Bermejo)

  1. reformas dijo:

    He leido vuestro post con mucho inters, me ha parecido muy interesante y muy claro en su comprensin. Enhorabuena por web y este blog en especial./r/nSaludos

  2. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo. Amaya

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