La compañía de magia. (Leticia de Juan Palomino)

La compañía estatal de magia recorría todos los pueblos en una gira sin descanso. Llevaba un programa creado por el gobierno y no faltaba a ningún lugar, por pequeño que fuera. Los carteles de publicidad anunciaban sin descanso la necesidad de no perderse aquel espectáculo, creado especialmente para servir de terapia del alma. La gente lo esperaba con ansiedad.

El precio no suponía un desembolso económico. Los asistentes tan sólo debían rellenar una cuartilla donde escribieran un sueño, un deseo por cumplir.

Aquel día, la compañía había llegado a la aldea de Deziro. El público se fue sentando en las sillas dispuestas para la ocasión y la función transcurrió como todas. El mago Stelisto  iba sacando los papeles del público y los hacía desaparecer en el interior de su chistera. Después, ponía en práctica algún típico truco, como convertir confeti en una paloma o cortar a su ayudante en dos. Al terminar, la persona dueña del papel utilizado se ponía en pie y salía. Nadie les decía nada, pero una fuerza interna los empujaba a marcharse. En la puerta recibían una bolsa con fruta, leche y pan. Eran tiempos difíciles y toda ayuda era poca.

De esta manera, todos los espectadores se fueron de la estancia, quedando al final un padre y un hijo de unos quince años. El mago metió la mano en el sombrero, pero comprobó que estaba vacío.

– Disculpen, pero ¿Cómo han accedido al recinto?

El padre tomó la palabra.

– Nos hemos colado. Llegábamos tarde y creímos que no pasaría nada. Al fin y al cabo, no cuesta dinero.

– Nunca se había colado nadie aquí ¿Saben que están incurriendo en un delito?

– ¿Qué hace con los papeles que desaparecen? ¿Dónde van? –. El chico había aprovechado la conversación de los adultos para acercarse a la chistera y mirar en su interior.

– No te acerques ahí ¿Es que no tienes modales? Si no quieren tener problemas, lo mejor sería que rellenaran una hoja ahora mismo.

El padre cogió una cuartilla, dibujó una cruz y se la entregó al mago.

– Estoy en paro desde hace un año. Perdí el trabajo y después la casa. Más tarde falleció mi esposa, que en paz descanse y ahora mi hijo y yo vivimos al día. No me quedan sueños, ni deseos, esos ya me los quitaron antes. Cómo verá, su función tiene un precio excesivo para mí.

– Bueno, supongo que podríamos arreglarlo si su hijo tiene dos sueños. Muchacho, ¿Tú no anhelas nada?

El chaval miró al mago horrorizado.

– Ustedes vienen aquí a robarnos los deseos. Eso es lo que hacen. Quieren que seamos dóciles, conformistas. Nos muestran unos trucos y con eso esperan que nos vayamos contentos. Por eso también dan comida al final. Si no hay hambre, ni aspiraciones ¿Cuál es el problema?

– ¡No digas tonterías! Esta compañía es uno de los servicios del gobierno para facilitar la vida a los ciudadanos.

– Y nos engañan diciéndonos que es gratis, pero no lo es. Lo pagamos día a día. No voy a entregarle ninguno de mis sueños y tampoco quiero que se quede con los demás.

El chico agarró la chistera, sacó un mechero y la convirtió en cenizas. El ilusionista se abalanzó sobre él, pero únicamente logró chamuscarse los dedos. Mientras los ojos del muchacho ganaban en brillo, los del mago se apagaban. Tomó su varita, dio unos toques sobre una mesa y una humareda blanca precedió a su desaparición.

La compañía no regresó por allí. Los rumores iban de boca en boca. Unos afirmaban que el prestidigitador había muerto o que la compañía había ardido. Algunos lamentaron la pérdida y recordaban lo bien que les venían los alimentos y pasar un rato de diversión. Pero ya se sabe que todo se olvida y pronto nadie hablaba ya de ese tema. De lo que sí comentaban era del espectacular cambio del pueblo. El lugar estaba prosperando a pasos agigantados. Este fue, sin duda, el último gran truco de la compañía.

 

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4 respuestas a La compañía de magia. (Leticia de Juan Palomino)

  1. Manoli dijo:

    Un placer leer cositas como esta. Me resultó una metáfora espléndida de acuerdo con estos tiempos. Muy bueno

  2. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato. Un saludo. Amaya

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