Quise esperarte, pero mi corazón se cansó de latir. (Carolina Garcés)

Me sentía agotada. Ya mis ojos no brillaban como los luceros que suelen alumbrar las gélidas noches de mi ciudad y un par de oscuras ojeras se habían convertido en una capa de mi maquillaje diario. Incluso, parecía que me las hubiera tatuado.

Mi cuerpo, estilizado y firme, se dejaba ver escuálido y poco atractivo. Mi pelo, ese que todos admiraban por parecer de comercial de televisión, dejó de moverse al ritmo del viento. Estaba opaco, sin gracia y cada vez era menos.

“María, ¿estás enferma?”, me preguntaban a coro mis compañeros de oficina. Yo, tratando de dibujar mi mejor sonrisa, decía: “estoy cansada. Tanto trabajo me va a matar”. Ninguno quedaba satisfecho con mi respuesta. Sin embargo, continuaban absortos en sus ordenadores.

Lo que ellos no sabían era que me dolía el alma, más que el propio tumor que me estaba consumiendo el estómago. Qué contradicción. Aquellos, quienes llevaban un par de meses en conocerme se preocupaban más que Alberto, mi esposo, el hombre con quien acababa de cumplir cinco años de casada y quien terminó aborreciendo mi deplorable estado físico. 

Recuerdo que nos conocimos en la universidad. Él estudiaba económicas y yo derecho. Desde la primera vez que me vio quedó impactado conmigo. Es que de verdad que era guapa, mucho. De eso no quedaba nada. Ni de mi belleza ni de ese amor que un día nos unió. Al parecer Alberto ya no sentía igual. No me sentía. Y eso me dolía hasta ahogarme en llanto.

Todo se vino abajo esa noche en que desperté con una molestia terrible en el vientre. Era como si me estuvieran prendiendo fuego en el intestino. Sentía un dolor que carcomía mis entrañas. Quise ponerme en pie, pero me derrumbé sobre su regazo. Desde ahí no supe más. A la mañana siguiente cuando abrí los ojos estaba conectada a una máquina de oxigeno y a una bolsa de suero que le daba ‘alimento’ a mi cuerpo. En un sofá, junto a la camilla, reposaba la figura de Alberto.

No sabía por qué estaba internada en ese lugar ni por qué esos aparatos médicos prometían ser mis nuevos mejores amigos.

“Buenos días María, ¿cómo te sientes?”, recalcó el médico al entrar por la puerta. “Confundida”, le contesté con voz débil y enferma. “No entiendo por qué estoy aquí”, añadí rompiendo en llanto. Presentía que algo no estaba bien.

Alberto se despertó al escuchar mis sollozos y, frotándose los ojos, se acercó para brindarme consuelo.

“Te hemos practicado varios análisis y lamento decirte que tienes un tumor que ha invadido gran parte de tu estómago. Extraerlo es impulsarlo a que haga metástasis en otros órganos. El daño es irreversible. Sólo un milagro podría salvarte. Si crees en Dios aférrate a él”, sentenció el doctor al salir, alisando con las manos su impecable bata blanca.

No me salieron las palabras, pero el mar de lágrimas que inundó mis pupilas habló por mí. Alberto se acercó a la cama para abrigarme entre sus brazos. Tampoco dijo nada y al instante dejó la habitación, y durante los días siguientes no regresó. Me llamaba una vez al día o a veces ninguna.

Al cabo de una semana me dieron el alta, porque el médico consideró que, al no poder hacer más que sesiones de quimioterapia y tomar medicamentos, no era necesario que siguiera en el hospital. “Intenta seguir tu vida normal. Trabaja, visita a tus amigas y comparte con tu pareja. Eso te ayudará a sobrellevar esta difícil carga”, fue el consejo del doctor al despedirse acariciando mi cabeza con gesto de compasión.

Pensaba que Alberto estaría fuera esperándome. Pero no. Al no encontrarlo le pedí el teléfono prestado a la recepcionista y lo llamé: “amor, pensé que vendrías a recogerme”. “Ahora no puedo hablar, María. Estoy en una reunión importante. Toma un taxi y vete a casa”, sus frases me perforaron el corazón y el llanto fue nuevamente mi bastón.

“Señora, ¿la puedo ayudar, quiere que traiga una silla de ruedas y la acompañe a coger un taxi?”, me dijo la enfermera que se encontraba bajo la custodia del mostrador. “No. Dios es el único que me salvará”; le aseguré, al mismo tiempo que me incorporaba intentando caminar con la soltura que una vez me hizo el centro de las miradas.

Quería ser fuerte. La vida me estaba poniendo a prueba y quería salir vencedora. Sabía que no tendría cura, pero quería morir con dignidad. Por eso, opté por no contarle a nadie lo que me pasaba. Incluida mi familia. Afortunadamente vivía en Estados Unidos y nos veíamos cada vez que alguien moría. Es decir, que nuestro próximo encuentro sería en mi funeral. Provocar lástima estaba prohibido.

Al regresar al piso después de salir del hospital, me estaban esperando la soledad y los cuadros de esa niña llorando que adornaban un rincón de mi pared. Alberto seguía en su importante reunión y ni siquiera llamaba para saber cómo me había ido. No comprendía su actitud. Siempre fue el más atento y preocupado por mí, y pensé que lo sería aún más encontrándome así, tan enferma.

Decidí no dejarme acabar por ese maldito tumor y empecé a organizar todo para regresar a la oficina. Llamé a mi jefe para informarle que mañana me tendría allí y alisté uno de mis mejores trajes. Un pantalón negro y una chaqueta roja serían perfectos para, como siempre, descrestar. Me estaba muriendo, pero tenía ganas de vivir.

Ya en la noche regresó Alberto del trabajo y apenas lo vi entrar al cuarto me le lancé para fundirlo en uno de nuestros románticos abrazos. “Déjame María. Vengo muy cansado. Desde hoy dormiré en la habitación de huéspedes para que no me molestes con tus quejidos”, así me saludó apartándome de su camino.

Era imposible que no llorara. Por más valiente que quisiera ser mi alma se partía en dos cuando descubría su rechazo. Era increíble que en una semana nuestro matrimonio, admirado por la mayoría de nuestros amigos, hubiera acabado porque me voy a morir. Se suponía que debíamos estar juntos hasta que la muerte nos separara. No obstante, ésta nos estaba alejando antes de tiempo.

Así empezaron a transcurrir mis últimos días. La distancia entre Alberto y yo era cada vez más abismal. Su actitud hacia mí era tan dura como la pared que se interponía entre su nuevo cuarto y el mío.

Trataba de no faltar a la oficina. Cada vez me aferraba más al trabajo y a las sesiones de quimioterapia que, aunque estuvieran acabando con mi bella melena, eran la inyección que le regalaban más minutos a mi existencia.

La morfina. Ésta era la que le cerraba el paso a los constantes dolores que se empeñaban en no dejarme en paz. Me hacían retorcerme en la cama y morderme los labios hasta sangrar. Las colchas terminaban pintadas de rojo y empapadas de sudor. Gritaba en silencio para no interrumpir el sueño de Alberto. Sin embargo, a veces no podía aguantar y estallaba en ensordecedores gemidos.

Intentaba lucir estupenda pese a que en las tiendas ya no hallaba maquillaje que lograra esconder el amarillo que se había posado en mi rostro. Los mareos eran mi desayuno, comida y cena. Cuando me levantaba de la cama, de un sofá o de alguna silla, la cabeza me daba vueltas como si estuviera en una montaña rusa. Vomitar se volvió una constante. La ropa parecía que me la hubiera prestado una chica 10 kilos más gorda que yo. Sentía pena de mi misma al mirarme en el espejo. Estaba en los huesos.

De ahí, que mis compañeros de oficina no pararan de preguntarme si me pasaba algo. Interrogantes que yo evadía haciendo énfasis en una gastritis provocada por el estrés de mis quehaceres laborales. Les mentía y me ilusionaba con la idea de que eso fuera cierto. Me negaba a morir a pesar de que el corazón ya lo tuviera muerto a causa del desamor de Alberto.

Me mostraba feliz y ‘vivaz’, pero qué va. Por dentro estaba agonizando, no sólo porque mi estómago un día se aburrió de mí y se enfermó, sino porque mi ‘Albert’ me había dado la espalda. Sus saludos se habían reducido a un simple: “estás fatal. Con ese aspecto es que ni a mí me dan ganas de mirarte. Deja de maquillarte tanto que pareces un payaso”.

No volví a llorar frente a él. El baño se convirtió en mi trinchera. Allí escapaba cuando sus amargos discursos destruían mi ánimo. Allí empecé a escribir estas letras a las que les inventé un final que se terminó convirtiendo en realidad.

Ya no quería verlo, porque sabía que me iba a herir. Apenas escuchaba el clac de la puerta, que me advertía que él llegaba a casa, me escondía entre las sábanas. No sé para qué, si ni siquiera pasaba a saludarme. Debajo de las cobijas también lloraba hasta quedarme dormida.

Pasaron por lo menos cinco meses y yo seguía caminando por el mundo hasta aquella mañana cuando quise levantarme de la cama para ir a la oficina y no pude. Imaginé que era otra de las tantas veces en las que mis fuerzas se resignaban. Desgarrada de dolor, le grité a Alberto que viniera a ayudarme y su única réplica fue: “otra vez quejándote. Ya me tienes harto. Hablamos más tarde que me tengo que ir a trabajar”.

Otra punzada que me traspasó el pecho. Arrastrándome llegué al lavabo para cambiarme y salir hacia el hospital, pero me detuve a saludar a la bañera triste y solitaria –Alberto y yo jamás la volvimos a hacer testigo de nuestro deseo- que por todo este tiempo me había servido de paño de lágrimas. Al aspirar ponerme en pie me faltó la respiración, caí y mi mirada se apagó para siempre.

En la noche, Alberto, al regresar del trabajo, por primera vez después de que descubrimos que tenía cáncer, fue a mi habitación a decirme hola. Yo lo estaba esperando, pero muerta. Se lanzó hacía mí y ahora quien lloraba sin consuelo era él. Esta vez sus frases no se traducían en puñaladas: “tenía pensado decirte que nos fuéramos de vacaciones para que descansaras y tomaras otro aire. No quise esperar hasta mañana y por eso vine a buscarte. También quería decirte que te amo y que nunca he dejado de hacerlo. Simplemente tuve miedo y no supe afrontar la situación. Perdóname. Fui un imbécil. Si hubiera hecho caso a tus llamados antes irme estuvieras viva. María despiertaaaa, por favor, despierta. Contigo se ha ido mi vida”, concluyó Alberto en medio de un grito desesperado.

PD: lamento no haberte esperado para morir y así susurrarte al oído que todavía te adoraba. 

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4 respuestas a Quise esperarte, pero mi corazón se cansó de latir. (Carolina Garcés)

  1. yolanda dijo:

    Que intenso relato, que descripción tan precisa. Me ha gustado por que ha llegado a emocionarme.

  2. Tratas el amor en sus variantes, que no siempre saben manifestarse a tiempo. El enfado como escudo ante el dolor de la pérdida. Me gusta esa comprensión Incondicional “Todavía te adoraba”. Un gran relato.

  3. amaya dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha emocionado tu relato. Un saludo. Amaya

  4. Me gustó mucho tu relato. Muestras una mujer bastante fuerte a diferencia de su marido. No se rinde y lucha por continuar como si nada pasara hasta el final. Inclusive sobrepasa su lucha más grande, la emocional.

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