La Percusionista (Agustín Gonzalez Calderón)

            Esa mirada. Esos  grandes ojos de un color verde muy claro. Aunque quisiera sacarlos de mi mente sé que no podré hacerlo, no importa cuánto lo intente, aun cuando sólo pude contemplarlos por unos breves minutos.

            Han pasado ya varias semanas desde que la vi, 2 o tal vez 3, o más, ya no lo recuerdo exactamente. Pero sus ojos siguen apareciendo cada noche en mis sueños serenándome con la paz que reflejaban. Además, aunque perdió relevancia ante sus ojos, no pude pasar por alto que también era dueña de unas facciones muy finas, muy lindas. Su cabello se veía un poco maltratado, enmarañado, pero era el claro reflejo de la libertad de la que ella parecía disfrutar a cada paso que daba por la vida. Largo  casi hasta la cintura, castaño claro, completamente suelto para juguetear con el aire.

            Tan sólo unos instantes duró aquel momento y, sin embargo, se había grabado en mi mente cada detalle de ella.

            Me encontraba en un sencillo restaurancito durante mi hora de comida. Solo, en la barra, comía en silencio después de un medio día difícil como habían sido en últimas fechas mis mañanas en el trabajo, y también mis tardes. Mi cabeza le daba vueltas a las posibles soluciones a mis asuntos y tomaba mis alimentos como un simple trámite más por el que tenía que pasar todos los días. Hay que comer, decían los chicos que formaban mi equipo de trabajo, pero yo cada vez le daba menos importancia. No era que quisiera dejarme morir de hambre, era sólo que la vida diaria se volvía  a cada día un asunto más y más cansado.

            Veía pasar los días resolviendo los problemas de los demás, buscando dar un buen servicio a nuestros clientes, aguantando llamadas de atención, la gran mayoría infundadas y sin derecho a una réplica de mi parte. Esa era mi vida laboral; hasta que la vi, o, mejor dicho, la escuché.

            De pronto un saludo en voz alta dirigido a todos los clientes que estábamos en el local, las buenas tardes y el deseo de estar pasando un excelente día. Era una voz femenina, que en el momento no capturó mi atención, la que pedía también que les diéramos un poco de nuestra atención y que esperaba que nos gustase su música.

            Comenzaron a tocar y fue cuando levanté la mirada; eran 3 personas de no más de 28 años según mis cálculos, 2 hombres y ella. Uno de ellos tocaba un pandero, otro una flauta y ella un par de pequeños timbales. Ellos vestían camisetas y pantalones con un ajuste muy flojo, ella un vestido muy holgado con la falda hasta los talones y sandalias de cuero.

            Tocaron y bailaron tratando de contagiarnos un poco de su alegría, aunque cuando me topé de frente con sus ojos ya no supe de nada más; brillaban como auténticos diamantes iluminando su rostro y su sonrisa. Su largo cabello se agitaba al compás de su baile y su sonrisa invitaba a no dejar de contemplarla. En realidad era una chica muy linda que no requería de más maquillaje en su rostro que esos hermosos ojos claros. Ella giraba alegre, tocaba con ritmo, sonreía plena de libertad; y me tenía embrujado.

            Algo pasó en ese momento y ya no pude concentrarme en nada más, olvidé los problemas y las diferencias laborales, olvidé todo, incluyendo mi comida.

            ¿Cuanto tiempo pasó? No lo sé, tal vez 5, 10 minutos, pudo haber sido el resto de mi vida y no me habría importado mientras estuviese contemplando sus ojos.

            Cuanto no sería su encanto que, al final, la dueña del restaurante les ofreció quedarse a comer aunque ellos no aceptaron, sólo le pidieron un poco de agua, la cual  disfrutaron como si bebieran de un manantial en medio del desierto. Agradecieron con tal efusividad a la dueña del local, llamándola inclusive “madre”, que ella les dio sus bendiciones.

            Al marcharse sentí tal vacío que el resto de mi comida adquirió un insípido sabor a soledad.

            Aquel día siguió su curso cómo todos los otros, sin grandes cambios, al igual que el siguiente y el siguiente, pero en mi mente algo se había movido. Sus ojos, su sonrisa, su cabello, toda ella seguía ahí, en mis recuerdos. La sensación de libertad que ella destilaba parecía haber permeado dentro de mí. Cada vez eran más frecuentes mis pensamientos hacia ella, y cada vez eran más fuertes mis deseos de buscarla cuando tenía algún problema en mi trabajo.

            Unas semanas después, 3 o tal vez 4, no lo sé con exactitud, me rendí ante mis pensamientos. Fue una noche de viernes que pasé en vela meditando sobre mi vida, lo que había dejado en el camino por buscar un progreso económico, por crecer en mi carrera, lo que había aguantado por lograrlo, y lo que había conseguido a cambio de ello. Cada escena desfiló en mi mente, cada pequeño triunfo, cada enojo, y al final hice un balance. No me arrepentía y nunca lo haría, había tomado mi decisión en su momento y nunca pondría un “si yo hubiera” de por medio. Pero era momento de cambiar el rumbo, redescubrir mis viejos sueños, mis ideales pre-empresariales. Era momento de buscar mi libertad, eso era lo que me había hechizado de ella, sus ojos reflejaban libertad.

            Dejé todo y el lunes siguiente no regresé a mi trabajo. Comencé a buscarla por la ciudad al mismo tiempo que me redescubría a mí mismo. Pregunté por ella en el mismo lugar donde la había visto por primera vez, pero desde aquel día ya no habían regresado.

            Recorrí parte del centro de la ciudad, la mayoría de las estaciones del subterráneo, terminales de autobuses, zonas de oficinas, las cercanías de las universidades públicas, mercados populares, etc. etc., pero no conseguí nada.

            Han pasado al menos 4 meses desde aquel día en que su mirada me mostró una realidad olvidada para mí. Aún no he logrado encontrarla y aunque sea posible que ella haya cambiado en algo su apariencia, se que reconoceré esos hermosos ojos claros cuando los vuelva a ver, y cuando eso suceda le daré las gracias porque por ella me reencontré conmigo mismo, le mostraré esta pequeña historia acerca de cómo decidí abandonar mi antigua vida después de soñar con sus ojos durante días y días. Y es que esta historia ha sido el inicio de lo que soy ahora: alguien que ha encontrado dentro de sí mismo a un escritor dormido durante años que está luchando por despertar, por encontrar su estilo y su lenguaje.

            No importa el tiempo que tarde en encontrarla, se que algún día volveré a ver a la percusionista que aquel día me devolvió mi libertad.

Más relatos del autor en: http://agusgcalderon.wordpress.com/
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7 respuestas a La Percusionista (Agustín Gonzalez Calderón)

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  2. Alicia Bermejo dijo:

    Me parece que hay demasiados cifras y las cantidades es más correcto en letra que en número…
    creo. Saludos.

  3. Carolina Garcés dijo:

    Justo iba a hacer el comentario de Alicia. Los números del uno al quince siempre deben ir escritos en letras y del 16 en adelante en números. No es que eso desvíe la atención del lector, pero sí es importante que lo tengas en cuenta. Es una historia que se puede explotar mucho.

  4. Leticia dijo:

    Yo también he pensado lo de los números y otra cosa: hay demasiados posesivos y esto rompe un poco el ritmo. Creo que deberías de ir más “al grano”, ser más directo en lo que quieres contar sin repetir varias veces la misma idea, porque a mí personalmente el argumento del relato y lo que cuentas me gusta mucho, y el final está mucho mejor que el principio. Es un bonito desenlace 🙂

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