Una de arena. (Mateo Redondo)

Acabo de salir de la consulta del médico de cabecera y me ha dado una noticia que todavía no he asimilado. Al día siguiente tengo que presentarme en el hospital.

Esta doctora estará de guardia en él, y podrá hospitalizarme, además sabe mi historial y lo que me pasa.

Tengo que explicárselo a mi pareja, a mis padres, y no sé cómo hacerlo. Siento un nudo en la garganta, las ganas de llorar se a crecenta, pero no puedo derrumbarme.

Sin darme cuenta he salido de la consulta y no soy consciente de lo que he caminado, me encuentro en un parque que está entre cerca del ambulatorio.

Tomo asiento en un banco, no me apetece ir a casa y sentirme sola, todavía falta casi todo el día para que llegue Andrés.

La doctora me ha diagnosticado una insuficiencia renal, es necesario que ingrese para poder realizarme análisis más concretos y específicos, después me medicarán y dependiendo de la respuesta de mis órganos podría incluso llegar a realizar diálisis. Las toxinas que no eliminan los riñones se acumulan en el torrente sanguíneo y pueden ser extremadamente peligrosas, hay que depurarlas, eso me ha dicho.

Siempre he tenido la tensión arterial alta, pero no le había dado la importancia que requería, éste puede ser uno de los factores que ha desencadenado mi insuficiencia.

Hace tres años que vivimos juntos Andrés y yo, mis padres al principio no estaban muy de acuerdo, querían una boda, pero nosotros decidimos que nos casaríamos más  adelante, en nuestros planes también entraba tener hijos y lo habíamos aplazado hasta que nuestra situación económica fuera más estable, aunque visto los tiempos que corren me parece que va a ser difícil, yo en el paro y la economía sin mejorar.  Entre los bancos y los políticos cada día estamos más desamparados  y sin vislumbrar salidas adecuadas.

Todavía resuenan en mi cabeza las palabras de la doctora, comer sin sal, nada de fritos, la verdura hervirla dos o tres veces, legumbres pocas, huevo uno a la semana, nada de grasas, nada de frutos secos, hay que hacer un esfuerzo, me dará una lista de los alimentos que puedo tomar, soy joven, hay esperanzas, con el tratamiento adecuado puedo llevar una vida más o menos normal, lo primero es estabilizarme, ser positiva, hay grupos de apoyo.

Tengo veintinueve años, había planificado mi vida y veo que no sirve para nada, cada año es distinto del anterior, tendré que adaptarme a este revés y pensar positivamente, sino mis padres y mi pareja se van a hundir. Mientras estoy pensando esto, me noto mis mejillas mojadas, al tocarme me doy cuenta de que estoy llorando, toda la presión que tenía dentro de mí está diluyéndose con las lágrimas, me noto que me cuesta respirar, dejo fluir las lágrimas y empiezo a recuperar la respiración.

Ahora que más o menos he encajado mi situación, he de pensar como lo notifico a mi familia.

Mi madre me ha dicho en innumerables ocasiones que como al mediodía estoy sola, que vaya a su casa a comer, donde comen dos comen tres, me dice. Voy ocasionalmente. Mi padre que está jubilado se junta con otros jubilados en el casal para mayores que hay cerca de su casa, y entre todos tienen la solución a cualquier cosa, saben cómo bajar el paro, que hacer con los banqueros que cometen fraude, con los políticos  y así con todo.

Yo me discuto con él, porque la mayoría de las veces, por no decir todas, no tiene razón.

Para él sólo hay un partido político que lo hace bien. Antes de las elecciones el candidato de este partido pasó por el casal y estuvo un día entero con ellos, jugó al dominó, tomó vinos, jugó a las cartas, y comió allí, desde entonces todos los del casal tienen una fidelidad extrema con ese partido, además les regaló bolígrafos y llaveros, con lo cual su objetividad se ha desvanecido por completo.

Me irrita mucho con sus palabras o con sus acciones, si estamos comiendo la televisión tiene que estar a un volumen elevado y sólo pone deportes o noticias. A mí los deportes no me interesan lo más mínimo y en cuanto a las noticias, me parece bien estar informado, pero cómo comenta los hechos nos ponemos a discutir, y la comida se hace muy larga y estoy deseando que termine para poder irme.

En cuanto a la boda, me ha repetido muchas veces que él paga la parte del convite que afecté a su familia, sólo paga el gasto de sus invitados, de los demás que nos apañemos nosotros. Me saca de quicio, siempre parece que sea egoísta. Creo que esta es una de las razones que me ha impulsado a no realizar la boda, además está terco con dónde hemos de celebrar la comida, me desespera su actitud, me gustaría que fuera de otra manera, pero no es así.

Es casi la hora de comer, voy a casa de mis padres, no está relativamente lejos de dónde vivo, siempre pensé que me podrían ayudarme cuando tuviera un hijo, llevarlo y recogerlo del colegio, llevarlo a algún parque con columpios, quedárselo alguna noche que yo saliera con mi marido, cosas así.

Me tiemblan un poco las piernas y tengo mucha sed, pero he recordarme que no puedo dar muestras de flaqueza, mi madre abre la puerta:

-Hola hija, pasa, estoy haciendo la comida, ¿te quedas?

-Si mama, me quedo, ¿qué tienes?

-Pollo a la plancha y ensalada de tomate, menos mal que he comprado bastante pollo, sino no te podía hacer. ¿Ya mandas tu currículum? Cuando escucho las noticias y veo la cantidad de personas en paro me da frío. Menos mal que estamos todos bien. Enseguida estará la comida, pon la mesa que tu padre está al caer.

Al momento llegó mi padre, corriendo se fue al lavabo, antes me miró y me dijo ‘hola hija’. Sigo sin entender cómo es que estando jubilado y sin prisas para las cosas, siga yendo cómo si llegase tarde a cualquier sitio, le pasa a él y a otros jubilados que me encuentro en las tiendas, o en el ambulatorio.

La comida transcurrió rápida, mi padre comía viendo las noticias y haciendo comentarios. Cómo yo permanecí callada, no hubo discusión alguna, me dediqué a saborear la comida y  esperar que acabáramos de comer para explicarles mi situación.

Al acabar ayudé a recoger la mesa, mi madre me preguntó si quería un café, le dije que no, es otra cosa que no podré tomar sino es descafeinado, ya que sube la tensión.

Tomé aire y los miré fijamente:

-Tengo que deciros una cosa, al parecer estoy enferma.

-Eso ya se lo decía a tu madre, vienes poco a casa, no comes lo suficiente y siempre estás mirando de no perder la línea.

-No es eso papá, no tiene nada que ver, al contrario a partir de ahora tendré que ser más cuidadosa con las comidas.

-Seguro que lo que tienes, está en tu cabeza, tienes mucho tiempo libre y le das muchas vueltas a todo.

-Antonio deja que ella lo explique.

-Al parecer mis riñones no funcionan adecuadamente, mañana he de ir al hospital, me harán pruebas y verán que medicamentos puedo tomar y cómo atacar esta insuficiencia. Seguramente me dejarán ingresada hasta que mi cuerpo esté estabilizado.

Mi padre rompió a llorar, no me lo esperaba y yo también lloré, mi madre se unió a nosotros.

-Por favor, no lloréis, no me ayuda, me pone más triste de lo que estoy, necesito que seáis fuertes. No es una enfermedad terminal, pero es una enfermedad que hace que tu vida vaya a otro ritmo, eso me ha dicho la doctora, tendré que acostumbrarme y vosotros también, el cansancio que sentía últimamente es en parte debido a esto, por eso fui al médico, no era normal que me encontrase tan cansada, que tuviera calambres en las piernas muchas veces, incluso durmiendo y además se me hinchaban las piernas, también tenía a veces muy mal sabor de boca. Ahora ya sabemos que es lo que me pasa, con lo que podrán ayudarme a mejorar.

-Carmen, hija mía, no puedo dejar de llorar y lamentarme- dijo mi madre.

-Te acompañaremos mañana al hospital, supongo que Andrés también irá.

Mi padre no había dicho nada, tan solo apagó la televisión y me miraba, le costaría un tiempo el asimilar que yo estuviese enferma, no obstante me habló:

-Cómo estoy jubilado y tengo tiempo, iré cada día a verte, sólo te dejaré para ir a comer, algún que otro día vendré a casa y otros comeré en el hospital, aunque ya sabes que soy un poco aprensivo y comeré los menos posibles en el restaurante del hospital, pero lo importante eres tú, si me tengo que quedar me quedaré.

La cabeza me dolía, pero como la doctora no me había dicho que me tenía que tomar en estos casos, no tomé nada. Decidí irme a mi casa y echarme un rato, de esta manera intentaría que se me pasase.

Cuando me despedí de mis padres, sentí congoja, me abrazaron con ternura y quedamos que pasaría a recogerlos  al día siguiente.

Al llegar a casa me dormí. Me despertó Andrés.

-Hola, te he llamado varias veces al móvil, ¿Cómo estás?, me tienes preocupado, menos mal que te encuentro aquí en casa y durmiendo, quería saber que te había dicho el médico.

-He ido al médico, y me ha dicho que estoy enferma, al parecer mis riñones no trabajan todo lo que tenían que trabajar, de ahí me venía el hinchazón de las piernas, los calambres y el agotamiento que me acompañaba. Mañana tengo que ingresar en el hospital.

-Voy a llamar al jefe, mañana necesito fiesta, le diré que lo descuente de las vacaciones pendientes, no vas a ir sola, ¿se lo has dicho a tus padres?

-Sí y también vendrán, tendremos que recogerlos. Espero que te portes bien y no discutas con ellos, es una buena ocasión para que estemos todos más o menos unidos contra el mismo enemigo.

-Te lo prometo. Te quiero y no estarás sola en esto.

-Yo también te quiero y me alegro de no estar sola.

Me gustó el abrazo que nos dimos, me secó las lágrimas y me besó suavemente en los labios.

Aquella noche cenamos unas tostadas con jamón, iba a añadir queso, pero me acordé de que la doctora me había dicho que no tomase mucho.

No dormí mucho, menos mal que mi cuerpo descansó, porque mi cabeza no me dejó de martillear, pero era soportable en parte.

Me alegré de tener personas cercanas que me quisieran y se preocupasen por mí.

Al día siguiente empezaba una nueva etapa en mi vida, me acordé del dicho “Dios aprieta pero no ahoga” y desee con todas mis fuerzas que fuera cierto.

Al parecer me había dicho la doctora que era una enfermedad que tenían muchas personas y con diálisis y sin ella siguen con sus vidas, viajan, trabajan, tienen familia y son felices.

Cómo siempre he sido testaruda, me aprovecharé de esta “virtud” y la emplearé en pelear por restablecer mi salud, quiero a Andrés y a mi familia, he de tener un futuro y para ello he de sobreponerme en este presente.

He dormido poco, entre las vueltas que le he dado a todo y lo qué dormí el día anterior por la tarde no he pegado ojo. Ha llovido toda la noche, el ruido de la lluvia, constante y elevado en ocasiones me ha acompañado.

Cuando suene le despertador, preparé la bolsa con lo imprescindible para el hospital, desayunaremos e iremos a buscar a mis padres y luego al hospital. Espero ser fuerte.

Más relatos del autor en  http://mateoredondo.blogspot.com.es/
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5 respuestas a Una de arena. (Mateo Redondo)

  1. ANA AMIGO PARDO dijo:

    Buena historia aunque triste.

  2. Carolina Garcés dijo:

    Debes de tener cuidado con algunas tildes.

  3. Leticia dijo:

    Quizás el diálogo con la pareja un poco precipitado, da muchas más explicaciones a los padres, pero yo no lo había sentido como un relato triste en sí, el final queda muy abierto y cómo, tú mismo dices, puedes retomarlo y darle el matiz que te apetezca, además de contar muchas más cosas.

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