Cuñadas. (Marcia Cotlan)

El perro seguía al cortejo fúnebre, tan apenado como mi cuñada o como mi madre y, desde luego, mucho más apenado que yo. Cuando todo hubo terminado y cada cual regresó a su casa, él se quedó allí, echado en la tierra aún sin hierba, alfombrando la tumba de mi hermano Nicanor. Nosotros, la familia, nos fuimos a casa con la viuda. Mamá se echó a llorar en una de las dos camas de la habitación de invitados y María Elena, la viuda, pronto ocupó la cama gemela. Yo podía verla desde el sofá de la sala, las pantorrillas asomando, descuidadas, por debajo del vestido negro, el pecho convulsionado por el llanto. Fernanda y yo esperamos a que ambas se durmieran para irnos. Entonces ella me dijo muy quedo al oído: “Vámonos, anda”, y me sacó de aquel ensimismamiento de María Elena inconsolable y sus hermosas pantorrillas.

Nadie en el pueblo pudo dormir bien, ni esa noche, ni las dos siguientes. El perro, que no se había movido de la tumba de Nicanor, aullaba desesperado desde que salía la luna hasta que amanecía. “Tienes que hacer algo”, me suplicó mamá, “María Elena cree que el perro arma todo ese escándalo porque Nicanor quiere hablarnos a través de él”. Al anochecer fui al cementerio con la escopeta, dispuesto a pegarle un tiro, sabiendo que el perro jamás abandonaría la tumba y que Nicanor no me perdonaría semejante canallada. Me daba lástima el pobre perro, pero tenía que hacerlo. Me imaginé las hermosas pantorrillas de María Elena reposando tranquilas sin los aullidos y eso me infundió valor. En cuanto lo tuve frente a mí y le apunté con la escopeta, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. El perro se dio cuenta antes que yo mismo de lo que había pasado. Se incorporó de un salto y comenzó a mover el rabo tal y como lo hacía cuando veía a Nicanor. Yo empecé a sentir un escozor por todo el cuerpo, como si no fuese más que un guante dentro del cual se estaba acomodando otro cuerpo. Como si estuvieran ocupándome. Unos ojos que no eran los míos se asomaron a mis ojos y comenzaron a mirar el mundo como si hiciera tiempo que no lo veían. Pensé: “¿Qué me pasa?” y, al mismo tiempo, alguien dentro de mí dijo: “Volvamos a casa, hermano, aún es temprano y Fernanda seguirá despierta. Hace siglos que deseo ver desnuda a tu mujer”.

El perro nos siguió de cerca. Juraría que iba sonriendo.

Más relatos de la autora en www.marciacotlan.blogspot.com

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11 respuestas a Cuñadas. (Marcia Cotlan)

  1. Sonia LLinares dijo:

    felicidades me ha encantado tu relato. Enhorabuena, me ha sorprendido y eso me gusta.
    Un saludo.
    Sònia.

  2. Me ha encantado. Suerte!

  3. daropa dijo:

    Diferente que no es poco. la idea me parece genial, dale tiempo al relato y vuelve a construirlo. Enhorabuena .

  4. Muy buena la idea de tu relato, un final inesperado y el deseo de saber que pasará después. Me encantó, si algún día decides trabajarlo más y continuar con el me gustaria leerlo

  5. Leticia dijo:

    Me ha parecido un relato ágil, original, con un toque de humor al final y que se lee fácilmente. Me ha costado encontrar el porqué del título y no sé si la idea que me he hecho será la correcta 🙂

    • Dudé hasta el final si titularlo “Hermanos” o “Cuñadas”. Realmente el tema central es la obsesión de estos hermanos, cada uno por la mujer del otro, hasta el punto de que uno se alegra de la muerte de su hermano porque así la viuda queda “disponible” y el muerto regresa a la vida y ocupa el cuerpo de su hermano para tener así acceso a la mujer de este. 🙂

  6. Mar dijo:

    Muy ingenioso, parece un corto en blanco y negro. Saludos

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