Confesión. (Amaya Puente de Muñozguren)

– Ave María Purísima

– Sin pecado concebida

– Padre, quiero confesarme.

– Te escucho, hijo.

– Hace muchos años que no hago esto, disculpe si he perdido las formas y he olvidado los pasos a seguir. Generalmente hablo directamente con Dios, sin intermediarios. Usted me comprende ¿verdad? He faltado al mandamiento que dice “honrarás a tu padre y a tu madre”.

– Si, el cuarto mandamiento. Dios te escucha, háblame a tu manera.

– Padre, soy un hombre trabajador, amante de mi familia (adoro a mi esposa y a mis hijos). No tengo grandes vicios, aparte de beber una cerveza y fumar un cigarrito cada tarde, a las seis y media, cuando llego a casa.

– Dime que te aflige, hijo.

– Mi padre es la causa de esta confesión. Fue duro y cruel con nosotros cuando éramos niños. No con todos, somos cuatro hermanos y siempre tuvo sus preferidos – yo no me encontraba entre ellos. En sus buenos momentos era divertido y ocurrente para volverse todo lo contrario unos minutos más tarde. Jugaba con nosotros a saltar sobre las camas, se ponía a cuatro patas persiguiendo al perro por toda la casa o se escondía jugando al escondite, para, minutos más tarde, aterrorizarnos hasta el límite de salir de estampida a escondernos debajo de las camas, en los armarios y en los rincones más extraños que uno pueda imaginar.

Los recuerdos de mi niñez son agridulces padre, no puede ni imaginarse lo encantador que era en otros momentos. Divertido y tierno como el que más. Un día se cansó, de todo y de todos, y nos abandonó marchando a tierras lejanas en las que tampoco encontró lo que buscaba, más tarde cambió de rumbo y marchó hacia el sur teniendo la misma mala fortuna, tanto es así que tuvimos que rescatarlo de la miseria en la que estaba instalado y traerlo de nuevo a nuestro país.  Después de meses de rodar de casa en casa de todos mis hermanos terminó en la mía en la que duró mucho menos de lo esperado, ya que sus modales y bromas alteraban la educación que mi mujer y yo intentábamos inculcar a nuestros pequeños. La convivencia era imposible a pesar de que había momentos llenos de magia y alegría (que duraban bien poco, por cierto). No nos quedó más remedio que “desterrarle” a nuestra casita de campo, allí íbamos los fines de semana hasta que se volvió totalmente imposible aguantarle más de media hora sin que surgieran problemas y discusiones con los niños. Hasta llegó a pegarles. Se comportaba peor que el peor de los niños. Comenzamos a ir cada vez menos, hasta llegar a ir solamente una vez al mes para llevarle ropa limpia, gasoil para el generador y comida, a pesar de que él tenía vehículo, pensión y salud suficiente para acercarse al pueblo cuando él quisiera (cosa que hacia habitualmente cada tarde, aprovechando la ocasión para ir perdiendo, poco a poco, todos los amigos que en algún momento había conseguido, ya fuera a través de nuestras amistades o por casualidades de la vida).

Llegó un momento que, a pesar de la necesidad de vender la casita de campo, nos apañamos sin hacerlo ante el temor de tener que volver a convivir con él. Él se acostumbró muy pronto a vivir rodeado de montañas, en aquél pequeño valle en el que solo se oía el viento y los balidos de ovejas y cabras que por allí pastaban. Hizo un huerto, arregló almendros, olivos y naranjos para que le dieran más producción y llenó la casa de libros y periódicos que en cuanto leía le servían de alimento para la chimenea (por no cortar leña iba quemando los muebles de la casa echándome a mí la culpa de que no le trajera leña).

Fui retrasando mis visitas, cada vez con una excusa distinta. Mis hijos le cogieron miedo y mi mujer no podía soportar las groserías que le decía nada más verla. Cada vez que se veían la hacía llorar y asustaba a los niños, hasta que no quisieron volver a verle.

Durante unos años me obligué a ir una vez al mes, luego cada dos meses, cada tres, cada cinco…para llegar a ir dos veces al año, haciendo un gran esfuerzo, el día de su cumpleaños, el siete de agosto y unos días antes de Navidad.

-Un hombre difícil.

-Sí, cada vez más. Ahora es mayor- acaba de cumplir setenta años- y temo ir a verle, se me encoge el alma sólo de pensarlo.

– ¿qué puedo hacer yo desde aquí, hijo mío?

– Acompañarme al túmulo número cuatro, padre, ni muerto me atrevo a ir a verle. Mi mujer y mis hijos, esperan en el coche, pero no entrarán.

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6 respuestas a Confesión. (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. ANA AMIGO PARDO dijo:

    Interesante historia aunque algo “dura”, por el trato recibido de parte del padre, es realista, por desgracia.

    • amaya dijo:

      Ana, muchas gracias por tu comentario. Si, a veces no somos conscientes de que todos nuestros actos tienen una repercusión de una manera u otra, de todas formas espero que no haya muchos casos así por el mundo, aunque alguno habra, seguro. Un saludo. Amaya

  2. Tritio dijo:

    De alguna manera, hace a todos sentirnos como el padre (me refiero al cura), escuchando la historia de este hombre, sentados al confesionario. Muy buena introducción al tema

  3. Me ha gustado tu relato Amaya. Lo encuentro muy realista, hay mucha variedad en la realidad de cada día y en muchas ocasiones ésta supera a la ficción. Saludos y enhorabuena por el relato.

  4. Muchas gracias por leer y comentar, es un placer escribir para vosotros. Un saludo. Amaya

  5. orgav dijo:

    Un gran relato Amaya, en tu linea. Comparto la impresión de Tritio, llegas a sentirte como el cura confesor, aunque también llegas a sentirte hijo y experimentas un cambio de sensaciones al leerlo, desde la alegria de estar jugando con tu padre al momento de temer que te encuentre o de verlo. Felicidades y suerte.

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