l’ubriacone. (Gaviota)

Florencia, Italia, año 1497.-

Le dolía el brazo. Apenas podía sostener la copa de vino en su mano temblorosa. ¿Cuántas llevaba ya? No tenía noción; tampoco del tiempo que llevándose por delante las horas igual que un huracán, lo había dejado desamparado, con la única compañía de su conciencia.

A esas horas de la noche, la taberna, ubicada en los suburbios de la ciudad, se hallaba habitada por seres que más que hombres o mujeres, parecían fantasmas. Algunos reían y otros, sólo se miraban unos a otros pero sin verse.

El intenso dolor en el brazo no disminuía; sus ojos se iban perdiendo en una nada negra como la misma noche. Recordó aunque vagamente, el motivo de su tormento y sin poder contenerse, gritó:

– ¡Malditos príncipes italianos, repugnantes y viciosos!- pero nadie prestó atención a su alboroto.

Segundos después,  en el silencio de los fondos de la taberna, se oyó una voz:

– ¿Signore? disculpe… –

Cipriano, tal el nombre del borracho, giró, tambaleándose hasta casi caer de la silla. La voz provenía de algún lugar a sus espaldas. Un hombre cano, de tez muy pálida y un sombrero de fieltro negro, tan negro como el resto de su atavío, le hacía señas desde una mesa cercana.

– Aquí, sí…Signore. A Ud. le hablo.-

– Desconozco el motivo de semejante mezcla de alcohol y rabia – dijo a continuación el extraño una vez que Cipriano le prestara atención – pero quisiera decirle que es lema para todo príncipe que se precie de tal que el fin siempre, siempre, justifica los medios… – y acercando su silla a la mesa donde Cipriano apenas se sostenía, agregó:

– soberanía absoluta, ¿capito?. Sólo así es dable salvar esta nación. Por eso, Signore mío, con todo respeto, considero groseras sus quejas.

– ¿ e chi sei tu? – preguntó el borracho delirante.

– Chi sei… – dijo el extraño hombre, ya instalado en la mesa de Cipriano – Niccolò Micchiavelli, piacere.  Vivo aquí cerca, en la Vía Guicciardini.-

Y el borracho, ignorando la mano que aquel hombre le tendía, exclamó con ironía:

– ¡ma cosa fa! A quién le importa su florido discurso – y haciendo un gesto de desprecio, Cipriano se bebió el vino que aún le quedaba en su copa y luego continuó hablando:

– ¡esos bastardos! Putanos;  creen que pueden manejar nuestras pobres vidas a su antojo, engañarnos, extorsionarnos, obligarnos a cometer actos terribles. Se aprovechan de nuestra miseria, de nuestra desesperación… – y de pronto, como si a pesar de la nebulosa que lo dominaba, comprendiera que hablaba más de la cuenta, el borracho cayó repentinamente.

Por la astuta y ágil mente del extraño individuo sentado frente a Cipriano y que era un personaje bastante popular en aquellos días, a quien sin embargo el borracho en su ahogo alcohólico no parecía haber reconocido, cruzó entonces un pensamiento de sospecha que lo impulsó a seguir la conversación:

– Signore, ¿qué le pasa? A ver, cálmese. Parece soportar el peso de una gran angustia o “che conosce” ¿una culpa quizás? – le dijo al borracho, al tiempo que observaba los magullones en el brazo de su interlocutor.

Y Cipriano, que al calor de la taberna y la gran cantidad de vino que ya corría por sus venas, había adquirido un encendido tono rojizo en su semblante – al oír las últimas palabras de aquel hombre – perdió abruptamente todo rastro de color.

Pálido como un cadáver y casi sin aliento se volvió hacia su interlocutor, con la incredulidad brillando en sus ojos. Sin embargo, ningún sonido salió de su boca.

“¿Qué podía saber ese individuo sobre él?” – pensó mirando a su alrededor –  aquella era una taberna poco conocida, frecuentada sólo por gente como él. Seres anónimos, confundidos y abandonados al vicio del alcohol: igual que él. “¿De dónde podía conocerlo?” “¿Porqué le decía todas esas cosas?“

Sus pensamientos se fundían en una y otra pregunta y su mente trastornada por el miedo y el remordimiento se esforzaba por encontrar una respuesta.-

“No puede saber nada” – continuó divagando en su mente – era la primera vez que Cipriano lo veía. O al menos eso le parecía. “Y ¿porqué habla como si me leyera la mente?“- pensó entonces aterrado.-

– A propósito –  Micchiavelli interrumpió la ola de interrogantes que ahogaba a Cipriano, pero

ahora dirigía sus palabras a todos los presentes, absolutamente pendientes de la escena – … ¿se han enterado de los últimos acontecimientos?- Lanzó una mirada desafiante a Cipriano y  luego continuó:

– El Duque de Gandía murió hace unos días. Una pérdida lamentable para la familia Borgia – el misterioso hombre soltaba las palabras poco a poco, con deliberada intensión de suspenso – …las causas de su muerte aún no se han aclarado pero, se dice que el Cardenal de Valencia (¡qué hombre admirable!) por celos y envidia de Madame Lucrecia, fue quien ordenó su asesinato…-

 El más absoluto y profundo silencio cayó sobre la taberna, mezclándose con el humo y los vapores del alcohol. Micchiavelli dirigió una  furtiva mirada hacia el borracho, quien lo observaba fijamente, como hipnotizado y que al oír aquellas últimas palabras, sintió como si el techo de la taberna se desplomara sobre su cabeza.

Mareado y descompuesto, se levantó y tambaleándose, se acercó a aquel extraño personaje que lo acosaba. Se acercó hasta casi caerle encima, mientras los presentes observaban la escena  fascinados, aguardando quizás algún intercambio de golpes.

– ¿Quién diablos es Ud.? – le gritó, tomándolo por el blanco cuello de su camisa – ¿Porqué está diciendo todo eso? ¡ Questo è quello che stai cercando di Tutti i Santi! – y repentinamente cayó de rodillas y comenzó a sollozar.

– ¡O Dio, perdona i nostri peccati! …no quise ¡lo giuro! El me obligó… –

Y Cipriano entonces, vencido por el alcohol, se desvaneció finalmente en el sucio piso de la taberna.

Micchiavelli, quien atosigara tan sutilmente a Cipriano y que durante tres días con sus noches, había recorrido sitios similares a esa taberna, estaba seguro que en ella, encontraría al autor material de la muerte del Duque. En su afán por llevar a cabo su aspiración de escribir un libro en el cual, César Borgia era el personaje principal, Maquiavelo, así conocido por el mundo, había deseado vivamente, cualquiera fuera el costo, confirmar sus ideas y pensamientos hasta llegar al fondo mismo de la realidad de aquella familia tan singular.

Nunca creyó que sería tan fácil.-

 “…el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”.-

El Príncipe, Nicolás Maquiavelo.-

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2 respuestas a l’ubriacone. (Gaviota)

  1. Tritio dijo:

    Me encanta este tipo de historias en que te cuentan cómo se llegó a lo que conocemos, ya sean históricas o ficticias (del tipo vidas paralelas de los personajes, vidas de autores de obras…) . Sobre el estilo: Absolutamente de mi agrado. Como única pega en ocasiones me he perdido un poco en frases… ¿quizá algo enrevesadas? Soy un poco limitadito

  2. Carolina Garcés dijo:

    Sólo una cosa, el por qué de las preguntas es separado. Va junto y tildado en la respuesta, y después de un signo se interrogación no se pone punto, sí va una coma cuando la frase en la que se encuentra el interrogante continúa.

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