Un día diferente. (Alizée Denise)

Domingo. descansado, dejado, deprimente. De todos los adjetivos que tengo para este día de la semana hoy escojo “diferente” porque por primera vez desde hace meses estamos todos en casa. Desde la cama huelo el café, puedo verlo, negro, la espuma con burbujitas flotando, me seduce, imagino una mesa con croisants y bollos, la boca se me llena de saliva y me ronronea el estómago. Un domingo juntos.

 

Antes de levantarme acaricio mis manos, mis piernas. El amor a mí misma es lo primero que, según el médico, he de incluir en la rutina diaria. Quizás lo consiga con el tiempo y deje de verme como una vieja inestable cada vez que pongo los pies en el suelo. A mis cincuenta y cinco años sería un logro importante para mi autoestima.

 

Cuando consigo cambiar el “lamentable” por el “no está mal” de mis pies y caderas decido salir de la habitación. Para mi sorpresa veo que la luz de la cocina está apagada y la mesa del comedor vacía.

 

La tele está encendida. Como no llevo las gafas sólo veo verde y colores difusos que se mueven de un lado a otro. Javier está sentado en el sofá con una taza en la mano.

 

-Buenos días ¿futbol a estas horas? -le pregunto extrañada

 

Javier no me contesta, creo que ni me ha visto.

 

-¿Holaa? -subo el tono

 

Hace un leve movimiento de cabeza a modo de “ahora no” y suelta un “ayyyyyy” que le levanta el culo del sofá.

 

Decido pasar de él y buscar a mi hija.

 

-¿Adriana? ¿Desayunamos juntas? -abro la puerta de su estudio y allí está, con la tele a todo volumen y un bol lleno de leche con café y cereales, sobre el parquet

-Cierra, cierra -me grita sin mirarme- que entrarán las perras

-Pero podríamos desayunar…

-Joder mama ¡quieres cerrar!

 

Desayuno sola con las perras, una a cada lado regalándome su mejor cara de pena. Al rato se acaba la primera parte del partido y Javier se sienta a mi lado con el mando de la tele en la mano.

 

-¿Te acostaste muy tarde? – me pregunta mientras va cambiando de canal.

-Sobre las cuatro

-Tarde

-No podía dormir

 

Asiente con la cabeza.

 

Me fijo en el informe del reumatólogo que ayer dejé tirado sobre la mesa junto con dos recetas de pastillas: las que me ayudarán a dormir y otras a soportarme el resto del tiempo y que por el momento he decidido no tomar.

 

-Ayer estuve en la terapia

-A esta hora no dan nada que valga la pena

-Ni a esta ni a otra. No sé si volveré, me sentí mal. Dos mujeres iban con mascarilla, daba cosa verlas.

-¿Si? -me mira y me sonríe como si acabara de verme por primera vez

-¿Me estás escuchando?

-Claro

-¿Seguro? A ver ¿tu qué harías?

 

Veo en su mirada que no sabe qué contestar.

 

Nunca había ido a terapia. Me tocó sentarme junto a las mujeres de las mascarillas, cosa que agradecí porque no me sentía preparada para mirarlas directamente. Hablamos por turnos. Repetimos nuestros nombres varias veces, para la memoria, nos comentó la profesora, que por lo visto también es algo frágil ahora: Carmen, Lola, Regina, pero prefiero Regi… Así una y otra vez, sentadas, de pie, tirándonos una pelota que algunas no podían coger por el agarrotamiento de los dedos. Luego nos colocaron por parejas, el dedo indice de la otra con el mío, un suave roce, extraño, agradable, música céltica de fondo, Secret garden, los ojos cerrados, imágenes lejanas que regresaban de no sé que lugar, Adriana pequeña, las dos escuchando esa canción en una tienda de ángeles en Gerona. Luego una melodía de la película Chocolat, Adriana un poco más mayor, solo dos años, en el cine Casablanca, mirando a Jonhy Deep con los ojos muy abiertos, “que guapo, quiero bombones” dijo al salir a la calle, ese instante en el que me di cuenta que una parte de ella se alejaría muy rápido. Los dedos moviéndose libres en el aire, ni siquiera mis párpados servían para contener las lágrimas.
 

 

-¿Puedo tener algún día una conversación contigo?

-Siempre hablamos ¿no?

-No

-Como te pones

-Me cabreas ¿sabes? Me paso el día haciendo monólogos

-Cariño, no te enfandes. A ver, cuéntamelo otra vez

-Déjalo. ¡Adriana! -chillo con todas mis fuerzas- ¿puedes bajar a las perras?

 

La música calló y en esa mágia que nos envolvía oímos la voz de Regi. “No sé con quien hablar, en casa no me entienden, ¿cómo se puede vivir con esto?” Todas las cabezas asintieron, como movidas por hilos invisibles, incluida la mía. Ella también lloraba, otras aprovecharon para desahogar las palabras y yo sólo quería largarme.

 

-¿Fuiste a la reunión?

-A la terapia. Te lo acabo de decir

-Vale ¿te gustó?

-No. Sí, no lo sé. Me sentí mal. Pero quizás esté bien. Podría darle una oportunidad, pero me cuesta, no sé qué hacer, estoy hecha un lío.

-Ya

-¿Tu qué harías?

 

La pantalla vuelve a ponerse verde y se reinicia el partido.

 

-Cariño ¿ te importa si hablamos luego? Nada, de aquí un rato -mientras me habla se levanta y se dirige hacia el sofá-. Acaba pronto.

 

-¡¡¡Adriana!!! ¿Quieres bajar a las perras? Ya

-Joder, mamá

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3 respuestas a Un día diferente. (Alizée Denise)

  1. Como la vida misma…Muy bueno!

  2. Leticia dijo:

    Parece ser que el día no era tan diferente. Tiene un fondo triste. Está escrito de manera sencilla y se siente realista y creíble, parece que pudiera ver la escena. Faltan los puntos de final en algunas frases de los diálogos.

  3. Es un poco triste, pero es la realidad en muchos lugares, relegamos a segundo plano a las personas mayores.

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