Dos décimos. (Salvador Cortés Cortés)

Aunque hacía frío, y llovía, Germán entró a una de esas tiendas, llamadas “de los chinos”, para comprar un botellín de agua mineral: tenía la garganta seca. Llevaba toda la mañana intentando encontrar un argumento sólido para un buen guión; pero a pesar de robar conversaciones por las calles, apuntándolas en su libretilla, y de observar a gente que manifestaban comportamientos extraños – en una ocasión vio a un empleada que, tras cerrar la puerta del negocio donde trabajaba, volvió hasta tres veces para cerciorarse de haberlo cerrado correctamente -, no conseguía hilvanar una buena historia en su atribulada cabeza.

Era ya más de mediodía: era cuestión de minutos que su estómago empezara a gruñir, a exigirle alimento, pero él aún no había obtenido su propio alimento. “¡Vaya!”, pensó, “cuando la imaginación se atasca no hay manera…”. Y recordó los tiempos en que cualquier suceso, por intrascendente que pareciese, inyectaba en sus dedos la capacidad de teclear los mejores diálogos, las mejores situaciones, sin necesidad de buscar personajes kafkianos que se metían en líos sin haberlos buscado. Y ahora que había oído que Stephane Hessel había muerto, rememoraba aquellos escritos que elaboraba con la simple observación de las gentes reunidas en las plazas. “¡Qué tiempos!”, pensó, aunque de aquello no hacía ni tan siquiera dos años. El tiempo…, ¡ah, el tiempo!, que concepto tan subjetivo.

Entonces, Germán se detuvo ante el escaparate de una zapatería. Se vio reflejado en la cristalera: despeinado y mal arreglado como estaba parecía un tipo de esos que, para resguardarse del frío por las noches, dormía en la habitación de un cajero automático. Pero… pero había otro reflejo justo detrás de él, y se aproximaba: esa melena larga y suelta, esas botas camperas que componían el pedestal de su lozanía oculta tras el ancho abrigo… ¡Ah!, era ella…

“¡Hola!”, oyó su voz; “¡Hola!”, dijo Germán, y después se giró sobre sus talones; “¿Qué haces aquí?, ¿no debías estar trabajando?”; “¡Traba¿qué?!”, exclamó él con una mueca de actor aficionado; “¡Déjate de tonterías, Germán…!, ¡trabajando!”; “Es lo que estoy haciendo, trabajo… a mi manera, claro”; “Pero… pero deberías estar delante del ordenador…, dándole a las teclas, documentándote, ¿verdad?”, observó ella; “Verás, Irene, hoy no tengo ganas de estar encerrado en casa…, me gusta la lluvia, me gustan estos días fríos que preceden a la primavera, parece que estos últimos días del invierno son los que limpian definitivamente la atmósfera para que ésta se llene de esa electricidad que acompaña a los días primaverales, parece estas gotas de agua estén llevándose la mugre invernal”; “¡Déjate de poesías, Germán!, conmigo no te van a servir de nada…, te conozco lo suficiente para saber que esa es tu forma de ligar…”: “Irene, nunca pierdo la esperanza…”

Germán e Irene se alejaron del escaparate de la zapatería, y caminaron, y chalaron durante el trayecto que los llevaba a separarse en el intercambiador de líneas de autobuses. Irene le contaba que todavía no se había repuesto de su última ruptura sentimental, mientras Germán no cesaba de hablarle de sí mismo y de sus últimas creaciones: cada uno hablaba de sus cosas, y las compartían; y aunque aquello se asemejera a dos monólogos encabalgados, en realidad no lo era, puesto que un diálogo consiste en eso: hablar a viva voz para uno mismo y de uno mismo, para poder observar que efecto produce en el otro, o sea, para verse desde fuera, objetivamente.

Antes de despedirse, hasta otra ocasión, antes de darse los consabidos besos en las mejillas, Germán sacó su cartera del bolsillo de su abrigo, la abrió y sacó dos décimos de lotería, y se los ofreció a Irene. Ella le miró, miró los dos décimos, los cogió entre sus dedos, los abrió por la línea de corte con agujeritos que separaban ambos resguardos, los dividió – “uno para mí, otro para ti”-, dio las “gracias”, se le iluminó el gesto, y, ¡ahora sí!, le dio un beso en cada mejilla y se subió a un autobús.

 

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8 respuestas a Dos décimos. (Salvador Cortés Cortés)

  1. María Jesús dijo:

    Si, tambieñen me parecen muy buenos estos últimos días de invierno, donde el agua deja limpia la ciudad, el frío te hace estremecer e intento grabarlo en mi cuerpo para los días calurosos que vendrán. Un abrazo Salva.

  2. MayteSanSem dijo:

    Me gusta como cuentas pero me falta algo, me quedo con ganas de algo más al final, no sé…

    Saludos

  3. Carolina Garcés dijo:

    Un final inesperado.

  4. Mar dijo:

    Me gusta tu relato Salvador, creo que tu concepto de diálogo es muy acertado. Saludos.

  5. antonio dijo:

    Muy bueno como siempre y aunque alguno espere un final mejor o diferente, a mi me parece un final muy real y que desgraciadamente hemos vivido mas de una vez

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