Adicción. (Karonlains)

Él volvió a aparecer una noche lluviosa, llamó a la puerta y ella abrió, él chorreaba agua y cada vez que respiraba su aliento dibujaba vaharadas de calor humano. Por simple compasión lo dejó seguir, lo invitó a sentarse junto a la chimenea apagada y le prestó la toalla de las vaquitas que siempre estaba en la cocina, la de secar la loza.

Ella se quedó callada mientras él se secaba un poco, él la miraba de reojo. Cuando tuvo el rostro y el cuello secos, se frotó las manos y dejó la toalla llena de coloridas vaquitas en la mesa de centro, justo en frente de ella.

—Solo escúchame, es todo lo que te pido.

—No Paul, no hay nada…

—¡No! Por favor, solo, solo escúchame, por favor. Mira se lo que hice con ella, lo sé pero escúchame. La primera vez que me quedé con ella en un hotel no pasó nada, lo juro por Dios santo, pero fue cuando te enteraste y no quisiste escucharme, me echaste de nuestra casa gritando que lo nuestro se había acabado. Yo no sabía qué hacer, sentí de nuevo las ganas, la necesidad inmensa, ese latido lento y parsimonioso que necesita ser alimentado, estimulado. Fui a su casa, pero no por lo que tú piensas, fui porque ella es mi madrina, ya sabes, en el programa nos insisten que los padrinos son fundamentales para el proceso y tu querías que entrara ¿lo recuerdas? Fui a su apartamento para evitar responder a mi impulso.

Ella se mordisqueó el puño en un gesto lleno de rabia y de dolor, él apretaba sus manos como si estas quisieran volar por su cuenta y él se lo estuviera impidiendo.

—No me estoy disculpando ni nada de esas pendejadas, no es así, solo quiero que sepas lo que sucedió: cuando llegué estaba nervioso y ella me recibió, llevaba puesto un mono café sin nada más debajo. Mira, sé que no quieres escuchar esto pero solo dame una oportunidad. Veía sus pechos ondear debajo y ella me dijo que solo había una manera de controlarme, me puso su mano sobre mi entrepierna y de allí me guio como un becerro hasta su cama. Tuvimos sexo, salvaje, profundo, desalmado, cuando terminamos quedé tirado sobre el colchón como una piltrafa, ya no pensaba en la  urgencia de mis venas tan solo veía el techo desconocido de ese lugar y deseaba que fuera el de esta casa. Ella me abrazó y sentí su brazo como, como…

Con sus manos palpitantes él hizo el gesto de unas fauces.

—…como una serpiente, como una anaconda que me envolvía para engullirme… —Las manos se cerraron con fuerza—, cerré los ojos deseando que al abrirlos fueras tú la que estuviera allí, a mi lado, pero no fue así, era ella y yo seguía allá. Tuve el impulso de empujarla para que cayera de la cama pero tú sabes como soy: nunca haría algo así.

Él se secó el sudor de las manos contra su pantalón, se echó el pelo mojado para atrás mientras los sollozos de ella empezaban a ser audibles.

—La siguiente vez estaba en un hotel, fue después de que me echaras. Había hecho la compra y tenía todo listo cuando me llamó, le conté lo que estaba  a punto de hacer y me rogó que la esperara. Cuando llegó le abrí la puerta, ella me sentó y se puso entre mis piernas, me lamió y me chupó como quiso y yo miraba su cabello negro desde arriba, veía su cabeza y quería golpearla, veía todo listo y preparado sobre la mesa de noche mientras ella seguía chupándome y pensaba que prefería saciar mis ansias con una buena inyección que con su boca, entonces llegué y casi me desmayé de placer, cuando me desperté ella estaba a mi lado, siniestra, oscura. —Cerró el puño derecho, luego lo abrió, luego lo cerró, por último decidió abrazarse para contener sus propias extremidades— Ella es eso: oscuridad. Yo quiero luz.

Él se levanto un momento, caminó un poco y se volvió a sentar. Ella notó el nerviosismo, las venas sobresaliendo, latiendo.

—Todo este tiempo me he mantenido limpio, y había pensado que era por lo que ella me hace cada vez que viene la agonía, por el placer que me da y que calma mi hambre. —Él bufó y echo la cara hacia atrás tapándosela con las manos, luego la volvió a mirarla— Pero hoy ha sido distinto, hoy lo he visto. En esa cama de hotel la primera vez cuando me desperté me sentí bien, me sentí fuerte. Había podido resistir, la tenia ahí al lado, justo a mi lado, lista, preparada, pero me mantuve limpio y siempre había pensado que era por ella, por lo que había hecho pero no fue así, hoy recordé  —él se miró las manos, las dejo sobre las piernas y la miro a ella: hermosa, humana, mujer—: cuando me quedé dormido soñé contigo y con los niños, soñé que caminábamos por un parque comiendo un helado y riéndonos de los pájaros que cantaban, soñé que Sara corría para ver un perrito y Andrés la quería alcanzar y que y me acercaba a ti y te abrazaba y juntos veíamos como los niños eran felices jugando. Esa vez y cada vez después de esa, cuando cerraba mis ojos era tu rostro el que me calmaba, el que enfriaba mi cuerpo.

El empezó a temblar sin poder evitarlo, aferró sus manos a su pantalón.

—Eras tú y los niños, mi familia. Son ustedes los que me han mantenido limpio, no ella. No sé lo que sucederá, pero lo que sea quiero que suceda a tu lado.

Ella se levantó impetuosa, él la miró suplicante, ella levantó un dedo trémulo y le señaló la puerta. Él se echó a llorar y se arrodilló a los pies de su mujer sin decir nada, ella sollozó por el amor reprimido durante semanas, caminó hasta la puerta y la cerró con llave. Se fue a la habitación y lo dejó solo en la sala.

Él vio como se alejaba, sintió una punzada de ansia en los brazos y se clavó las uñas allí, donde la vena latía, aun llorando se hizo una bola en el suelo y se preparó para otra noche de hambre. 

Más relatos de la autora en http://estelaonirica.blogspot.com/
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