Edipo moderno. (Miguel Tardewski)

Dijo que no paraba de crecer. Y en ese mismo instante comprendí que me hubiera gustado arrancarme los ojos para tener a disposición todos los puntos de vista posibles. Arrancármelos ciegamente por la impotencia que implica un momento de lucidez en el que ni si quiera un pensamiento me echa en cara la única verdad: la incapacidad radical para observar lo que otros observaron cuando alguien dijo: no para de crecer.

Lo cierto es que estaba en el almacén que queda a metros de la casa donde nací (si el lector sabe la verdad podrá reconocer un dato erróneo, para no decir falso que suena muy fuerte, en la descripción de la casa, pues lo cierto es que allí no nací) con mi hermana y su hijo, es decir, mi sobrino, un chico que siempre digo que salió a mí por lo lindo e inteligente (el lector aquí si sabe la verdad podrá, en todo sentido, corroborarla), cuando de pronto ingresa una mujer con una particularidad que pensé un rato largo si explicitarla o no (pero, a los efectos del desenlace de esta historia no tuve más remedio que hacerlo): era enana. Y recuerdo ahora que era enana no por algún motivo especial que a ella la concerniera directamente más allá de su enanismo, sino por el comentario que escuché proferir a alguien, unos momentos después de su entrada, no para de crecer, que sinceramente produjo en mí no tanto gracia sino admiración, dado que desde el lugar donde me encontraba las palabras parecían dirigidas al hijo de mi hermana, pero que mi afán de ambigüedad, yo diría mi pasión por ella, relacionó también con la recién ingresada.

Ustedes pueden imaginar perfectamente la situación (aunque no ponerse, como se dice, en mi lugar). No había más de dos o tres clientes sumados a los mencionados hasta ahora y dos empleadas (una de ellas nueva y con una pasmosa lentitud que alteraba el buen sentido, por lo menos a mí), o, con mayor precisión, una empleada y la dueña. Lo que me llamó inmediatamente después del comentario, no para de crecer, la atención, fue la posibilidad de cada uno de los presentes de interpretar algo diferente de ese dicho a partir de las distintas posiciones que ocupaban. Pero más aún me frustró mi imposibilidad de dar cuenta de esas diferentes interpretaciones, o, para ser más exacto, puntos de vista. Por este motivo escribí al principio que me hubiera gustado, y lo sigo sosteniendo, arrancarme los ojos para ser capaz de tenerlos en mí a todos.

Si vale como ejemplo, y si no recuerdo mal, la empleada nueva y lenta en un momento, no fue más que un segundo, y desde mi lugar, no hubiera podido apreciar (la tapaba la máquina de cortar fiambre) al hijo de mi hermana, por lo tanto, si esta señora hubiese estado allí cuando escuché: no para de crecer y si hubiera tenido a la vista a la mujer con el problema físico, tranquilamente habría estado en condiciones de imaginar un chiste de muy mal gusto (aunque es cierto que no la creo capaz).

Carecería de importancia elucubrar acerca de lo que pensó mi hermana sobre el comentario ya que ella misma tenía en brazos al niño y no sé, por otro lado, si vio entrar a la mujer enana, circunstancias que llevan inevitablemente a suponer que a la madre de mi sobrino no se le pasó por la cabeza relacionar el comentario con otra persona que no fuera su hijo.

Resta como lugar cumbre el de la mujer enana, lo que a ella se le habrá pasado por la mente cuando, de espaldas a la puerta, alguno profirió no para de crecer. Y es aquí donde más lamento no poder hacerme cargo de lo que el otro sintió porque si yo fuera enano y escucho que alguien dice: no para de crecer, en ese mismo instante en que la frase se estaba enlazando una sensación de impotencia, ridículo y bronca me hubiera atravesado tan de punta a punta que hasta el día de hoy no me la hubiese podido olvidar.

A partir de esto, advierto que los intentos son vanos. Que por más que pretenda dar cuenta de los otros no hago otra cosa que hablar de mí. Que podría haber habido quinientas personas en el almacén y yo aquí seguiría tratando de averiguar qué interpretó cada uno de manera estéril puesto que jamás cuando uno habla, habla de otro: lo que digo de él, dice de mí.

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