El hombre de mi vida. (Manuela Vicente Fernández)

Me estoy limando las uñas de los pies. Mis uñas son pequeñas, redondas, cortas. Las pinto de un rosa fuerte, chillón. Me pongo las sandalias planas, calzo únicamente un 35, difícil de encontrar. Hace tanto calor que estoy por salir a la calle en ropa interior, si no fuera por los absurdos prejuicios lo haría. ¿No habéis soñado nunca con vivir en un país sin historia, sin normas ni juicios que no sean sino puro sentido común – por cierto que a qué vendrá lo de llamar sentido común a un sentido que es el que menos abunda-, un país sin ataduras, un país en el que cada individuo sea libre de ser quien es sin molestar al prójimo por ello. Cómo vivo en esta urbanización tan pequeña me pongo un mini vestido de tirantes, cojo un bolso pequeño que cruzo en bandolera y salgo a la calle.

Oigo sus pisadas detrás de mí. Se aproxima, hoy he decidido no girarme para no cortar sus pasos. Hace tiempo que me sigue, que me vigila. Lo se. Dejo las persianas sin bajar para que pueda verme. ¿Y si no es él? un miedo irracional me asalta por un momento.

¿Y si es un loco psicópata? ¿Qué pasa si se me echa encima, me tapa la boca con cloroformo y me arrastra a su coche sin que nadie lo vea? Huelo su colonia y me calmo.

Es él. El calor hace que el vestido se me pegue a los muslos, busco sombra, árboles, cobijo…

6 Meses antes…

He ido a la facultad de ciencias como oyente. He querido verle en su campo. Ver cómo se mueve con sus alumnos, como habla, cómo sale airoso de sus preguntas. Desde que entró en la cafetería no he podido sacármelo de la cabeza, de la cabeza, de mis sueños, de mis noches, de mi vida. No existe ningún otro hombre en el mundo, en toda la galaxia ni más allá de ésta. No es posible que las otras mujeres puedan vivir sin él. No sé cómo lo hacen, no sé cómo se contienen, yo no puedo. Es pura química, tiene que haber una razón. Habremos vivido quién sabe cuántas vidas pasadas juntos, o nos habremos buscado el uno al otro en un sinfín de éstas. Mi ansiedad llega al límite cuando le veo.

– ¿Por qué estás tan pálida? ¿Te pasa algo Gema?

– No, nada, nada, es que estoy viendo al hombre de mi vida.

– ¿Qué estás viendo qué?

– Anda, sírvele tú Mayte, por favor…

– Pero qué dices mujer, ¿a quién quieres que sirva?

No contesto. Mayte sigue mi mirada, le ve sin inmutarse, luego vuelve a mirarme y suelta:

-Estás loca tú, mira qué…!

Se va directa hasta su mesa. Mientras yo me siento desaparecer. Hay un inmenso agujero en el suelo que tira de mí con fuerza. Saco una coca cola helada y me paso la lata por el cuello, por las muñecas, antes de que el gélido líquido me haga tomar conciencia de que aún tengo garganta, de que aún sigo aquí.

Es una gozada mirarle. Un placer oírle. Nunca me gustó el gremio de los profesores hasta que entré en su clase. Toda la clase está pendiente de él, no hay un solo alumno distraído, nadie murmura, ni mira por la ventana, ni habla con su compañero. Toda la atención está puesta en él. La clase es de física y él es Einstein mejorado en todos los aspectos, él es la creación de Da Vinci, “El hombre” por excelencia, guarda todas las proporciones ideales. ¡Dios cómo sonríe! ¿Habéis visto su sonrisa, la curva de sus labios tan irresistibles? Mi estómago es un nido de mariposas, mi nuca se estremece, no soy idiota. Por favor no penséis que soy idiota. Sé que no soy Bea, ni esto es verano azul, pero la clase gira, como en esas películas antiguas en las que empieza a sonar la musiquilla romántica, cuando se encuentran las miradas de los protagonistas.

Hace rato que la clase ha terminado pero sigo clavada en mi asiento. No puedo moverme. Paralizada estoy. Él está recogiendo sus folios, los guarda en una carpeta.

Levanta entonces la vista hacia mí, arquea las cejas y suelta:

-¿Le ha gustado la clase señorita? No recuerdo haberla visto antes por aquí.

Una voz floja, débil, que por fuerza es la mía, contesta:

-Sí, me ha gustado mucho. Y no, no había venido antes -digo con un tono cada vez más bajo- es la primera vez…-susurro-

-Me alegro que le haya gustado señorita…

-Gema. Me llamo Gema.

Se acerca hasta mí y me tiende la mano.

-Soy Pablo. Pablo Márquez.

Me ha costado un ojo de la cara alquilar un apartamento en esta urbanización tan cara.

-Pero por qué tienes que irte tan lejos, con la de barrios tranquilos que hay más cerca!

¿Por qué serán tan preguntonas las madres? Son tan avispadas que es difícil convencerlas cuándo el argumento real no puede contarse. –Es para estar cerca del hombre que me gusta mamá, que me he encaprichado…- Tenía que haberle dicho en lugar del soso: – Es que me gusta la zona, mamá, me llama el paisaje- Cuándo el paisaje son cuatro palmeras artificiales y algún seto de jardín bastante común.

Oigo sus pasos cada vez más próximos. Se que anoche estuvo mirándome cuando estuve en el balcón. El aire arremolinó mi falda al más puro estilo Marilyn, y la lluvia que arreció hizo que la blusa se me pegara al cuerpo como una segunda piel. Le siento venir detrás, ahora parece que corre, quiero decirle que le estoy esperando, que llevo media vida esperándole. Me está alcanzando, ahora me llama:

-Perdona, se te ha caído esto.

Me giro lentamente. Es él. Es Pablo, es más alto de cerca, tiene el pelo claro, aún más claro de cerca, los ojos más azules…Sostiene un absurdo, un vulgar bloc de notas en su mano.

-Me llamo Gema. -Digo aludiendo a su anterior llamada-.

-Se te ha caído esto, Gema.- Concluye-.

Se da la vuelta y se marcha tranquilamente. Yo me quedo mirándole, embobada, con un bloc de notas en la mano. En alguna otra vida le llamo, corro a su encuentro y él me levanta en sus brazos, mientras me come a besos…

El sonido del móvil me despierta.

-Dime Mayte.

-¿Se puede saber dónde estás? Es tu turno.

-Sí, voy ahora.

Subo a mi coche mirando el reloj. Llego tarde a la cafetería.

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3 respuestas a El hombre de mi vida. (Manuela Vicente Fernández)

  1. Bonito relato. Me ha encantado. Suerte!

  2. Muchas gracias,María. Me alegro de que te haya gustado. Un Saludo.

  3. Pingback: El hombre de mi vida | lascosasqueescribo

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