El móvil. (Antonio Tejedor García)

Lo mío con Quique Badía fue un amor efímero. Tan efímero que podríamos decir que no llegó a amor. Se quedó en la mera posibilidad, en unas cenas, unas flores, unos besos. Y un adiós. Sin palabras, eso sí. Hubiera sido una desmesura en su boca.

Arturo Crespo, hijo del director de la orquesta donde trabajo, me lo presentó el día de su 27 cumpleaños, en su casa. Entre los 15 o 20 que compartíamos la fiesta destacaba por su mutismo. Un chico tímido, pensé.

-Lo han atracado al salir de su casa, hace un rato -aclaró Arturo-. La cartera y el susto, nada más.

-Y el móvil -recalcó Quique.

Un aire de fragilidad emanaba de aquella cara descolorida. Pelo negro, subido casi en cresta y pegado por medio kilo de gomina. Movía las manos de un sitio para otro, las sacaba y metía del bolsillo del pantalón como si no supiera qué hacer con ellas. Al rato se sentó, las escondió detrás de la nuca y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá para una foto de melancolía crónica. De no haber sido por el robo, lo habría imaginado en el embeleso de algún nocturno de Chopin o de un verso de Lord Byron. Una sensación de ausencia que parecía volar en los aires del romanticismo

Más, cuando en la primera cita apareció con un ramo de rosas que olían a cielo. Se me encogió el corazón, a qué negarlo. Me hubiera lanzado a sus brazos, pero la prudencia me aconsejó dejarlo en un beso casto, que el restaurante estaba lleno y había saludado a varios conocidos. Los guardé con ansia para cuando estuviéramos solos.

La belleza, ya se sabe, puede variar según el estado anímico de quien la contempla. Que no está en el objeto, sino en los ojos que lo miran. Por eso nunca he sabido si de verdad era tan guapo o lo iluminaban las flores. Esa noche me lo pareció. Sobre todo al principio. Después, mis ojos -encendidos en cada mirada-, se fueron apagando a la misma velocidad que las palabras. Porque tras extenderse en las excelencias de su trabajo en una empresa de telefonía móvil la conversación languideció hasta un diálogo de apocados sin otro motivo que romper la incomodidad del silencio.

No nos conocemos, quise pensar. Es demasiado tímido, recordé la noche en casa de Arturo. Le pueden los nervios, me convencí al ver los dedos de sus manos que no paraban quietos un segundo, como si teclearan sobre el móvil robado.

Quizás estaba enviándome un mensaje y no lo supe leer en el aire del momento. ¿Otro mensaje? ¿Para qué las flores, entonces? De todas formas, hubiera sido difícil entenderlo, porque movía los dedos a velocidad de ultrasonido.

Quedamos en vernos al día siguiente, casi de compromiso. Quise darme una oportunidad a pesar de que los pálpitos habían mermado el entusiasmo hasta el punto de impedir el lanzamiento a sus brazos. Le di a oler las rosas en la despedida, rápida, nerviosa, provocadora de todas las sospechas. En tres horas tenía que coger el AVE a Madrid y temía no despertar.

A media mañana había llamado una docena de veces. Cuando a la hora del café pude atenderle, su única frase se redujo a un “lo tengo, lo tengo” a gritos y el tono de voz empapado en felicidad. Había sido de los primeros en conseguir el último modelo de iphone con no sé cuantos gigas y unas características técnicas para abrumar a Silicon Valley al completo. ¡Y el mío que solo sirve para hablar!

Lo encontré dos días más tarde junto a Arturo y un amigo común en Tropic, un bar en forma de L al revés y que utilizaban a modo de sede social. Los tres estaban sentados en el rincón más alejado, alrededor de una mesa sobre la que caía un halo de luz concentrada. Una escena de película de misterio. Los rostros, en sombra, solo tenían ojos para unos móviles que martilleaban en el embeleso más insondable. Ni siquiera habían tocado las cervezas.

Arturo, al fin, se dignó levantarse y darme un beso. Le entregué el CD que me había pedido y lo guardó en la pequeña mochila que siempre llevaba a su espalda. La verdad es que si no los hubiera visto en pleno éxtasis no habría adivinado qué tenían en común.

-Quique, tío, que está aquí Marga -le dijo.

Entonces, ¡oh milagro!, levantó la vista, pidió permiso para acabar de enviar un mensaje urgente y unos minutos más tarde sacó unas palabras de la boca. Hablaba y tecleaba, todo a la vez. El wasap volaba. Me hizo una foto y con un programa que acababa de bajar jugó a manipularla con un arsenal de labios, lazos, ojos, pelucas… Lo dejó cuando una llamada de la empresa le obligó a despedirse con urgencia.

-El problema de los mandos es la ausencia de horarios. Siempre disponibles, ya se sabe –Arturo trató de justificarlo.

Una semana de llamadas siempre cortadas por alguna prisa. El sábado siguiente me invitó a salir. ¡Sábado noche! Fin de semana, fin del trabajo, ninguna preocupación. Toda la ciudad para los dos. Solos.

Conduje hasta un restaurante de las afueras. En silencio, claro, porque el wasap pitaba de segundo en segundo y Quique contestaba cada mensaje con una fidelidad de madre. De vez en cuando se reía y comentaba en voz alta la gracia. A la tercera, le perdí la risa.

El camarero nos llevó a una mesa cerca de la ventana. Retiró el centro de flores secas y se permitió sugerirnos un crujiente de bacalao ajoarriero con gambas para excitar cualquier boca. La de Quique, la primera. Había guardado el móvil en el bolsillo y hacía gala de toda la amabilidad y galantería que tenía escondida. ¡Por fin! Algo que imaginaba, la pequeña esperanza que se negaba a aceptar al hombre devorado por la máquina. Cuando apretó mi mano no pude evitar el estremecimiento de un relámpago, la invasión de calor en el pecho.

Sonó un nuevo pitido y a Quique se le cortó el habla. Llevé mi mano a su cara.

-¿Decías?

Seguimos hablando. Tres frases y otro pitido. El camarero puso delante de sus ojos la carta de vinos en un iPad con pantalla retina. Quique lo miró, sorprendido.

-Pide un buen verdejo –le sugerí.

Ahora el sorprendido fue el camarero. Algunos suponen que solo los hombres saben de vinos y asignan la botella de agua mineral a la mujer. By default, que dicen los informáticos. Quique punteó un Rueda con el lápiz electrónico.

Un brindis con choque de vasos, de sonrisas y de labios. Lo cortó un chirrido repetido e irritante. Llamada urgente. La única forma de desactivarla requería el envío inmediato de varios wasaps. El bacalao resultó un regalo que pasó inadvertido para su paladar entre el repique de teclas. Lo dejó a un lado con la llegada del segundo plato, pero no tuvo tiempo para otro brindis. Los avisos llegaban intermitentes, entre bocado y bocado. Comía y contestaba. Después, solo contestaba. Mi mirada se perdía en la puerta de batiente por donde entraban y salían los camareros. Desesperada. Acabé el postre y seguía contestando mensajes. Ahora sujetaba el móvil entre las manos y utilizaba ambos pulgares para teclear con una excitación lasciva. Entreveraba muecas y risas, abría los ojos con desmesura, pasaba la lengua por los labios. Alguna vez me miró.

Cuando lo hizo la última, yo ya no estaba. Supongo que pagaría la cena y tomaría un taxi mientras contestaba los últimos wasaps

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2 respuestas a El móvil. (Antonio Tejedor García)

  1. sofico & Mum dijo:

    El tema es muy actual y está muy bien elegido. A mi se me ocurre otro final, por ejemplo que terminaran saliendo por wastsapp. De cualquier forma me ha gustado.

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