Gata Cabalga. ( Manuela Vicente Fernández)

“Hay quien nace pura sangre

cosa buena, cosa mala;

no es cuestión de raza,

más bien suele ser carácter.

   (Letra de la canción Pura Sangre de Jarabe De Palo.)

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

-¡Cabalga Gata!

Ágata cabalga, corre a lomos de Caballo Negro todo lo que puede. Tiene los ojos llenos de lágrimas, no puede ver apenas por dónde va, en su retina sólo hay una imagen: la de su madre herida, la visión de su mirada desesperada, tan sólo amortizada por  ese  grito imperativo que le dirige:

-¡Cabalga Gata! ¡No te detengas por mí! ¡No vuelvas nunca!

Gata se mantiene indecisa, sus labios tiemblan, hace ademán de bajar del caballo, pero su madre se lo impide:

-¡Vete ya, Ágata! ¡Quiero que seas libre! ¿Me oyes? ¡Libre!!

-¿Y tú? Pregunta ella.

-¿Crees que seré más dichosa de verte morir conmigo?

Gata sabe que es cierto. Espolea al caballo al último grito de su madre:

-¡Cabalga Gata!

 

TIEMPO ANTES…

Fabricio tiene 25 años. Es duro como la piedra de roca. Lleva la finca sin compasión. Lo ha mamado desde niño. Látigo en mano recorre la propiedad. Inés lo  sabe. Sabe  que  el joven es cómo su padre en todo. Por eso teme por  su  hija. Ágata  es  una niña   todavía, tiene 16 años recién cumplidos y es como un fruto a punto de madurar. A Inés  no  se  le escapan las miradas de Fabricio – como no  se le  escaparon  en  su  día  las  miradas  de Diego, el padre de los dos jóvenes- sí, ambos  comparten  el  mismo  padre,  pero  no  la misma raza.   Ágata es   suya. Fabricio  ha  heredado  la  propiedad   y  la  dureza  de  su padre.

Ágata tiene su pureza de sangre. El rencor corriendo por sus venas.

Las dos saben. Se miran. En silencio comparten un mismo pensamiento: la venganza.

No hablan nunca de ello, pero no necesitan vocalizar para entenderse.

Inés era muy joven cuando su padre la envío a  servir  a  casa  de  Diego, con  el  fin  de librarse de ella, para poder casarse de nuevo con la bella Lucía. La madre de Inés  había muerto en un “ percance doméstico” desafortunado. Inés llegó a la finca virgen de alma y de cuerpo y esto fue algo que Diego no pudo resistir   mucho  tiempo.  Suerte  tuvo  de que éste estuviese comprometido y la que más tarde fue su mujer, la mantuviese a salvo de sus garras merced a sus celos enfermizos, aunque eso sí, haciéndole pagar con creces el pecado de ser una “tentación viviente”.

Ágata canta mientras lava las verduras. Canta porque llega el calor. Porque  es  joven  y tiene ganas de cantar:

“Quisiera ser solecito

que nace en el cielo azul…”

Fabricio  acaba  de  llegar. Ata  el   caballo  en el   patio  y   entra  en casa  sediento.

Ágata no le oye llegar. Sigue cantando:

para besarte en la frente

con un rayito de luz…”

Inés, que está siempre atenta, cruza  rauda el vestíbulo hacia la cocina.  Fabricio  llega  antes. Ve a Ágata  de espaldas, sobre el fregadero, se le ha resbalado el tirante del fino vestido que lleva. Es un vestido corto, de verano, con flores pequeñas multicolores. Inés saluda,  rompiendo  el  hechizo  de Fabricio:

-Hola señorito, ¿Quiere tomar algo?

Fabricio la mira irritado, antes de responder:

– Sí, quiero un vaso de agua fría.

Ágata se vuelve, azorada, mira a su madre con aire de  culpabilidad. Inés  le  sirve  a Fabricio un vaso de agua helada. Pero es tarde ya, en la mente de Fabricio ha tomado forma un plan. Coge el vaso que le tiende Inés y exclama:

– A la tarde vienes al soto grande a traerme la merienda, Ágata.

Ágata cruza,  rápida, una mirada con su madre, que la sostiene  un  segundo  antes  de ponerse a ayudarla con las verduras.

– Descuide señorito Fabricio.- Contesta Ágata-.

Cuando se quedan solas las dos se miran. La misma certeza en sus miradas. Ha llegado el día que tenía que venir, la hora está próxima…

Van las dos juntas. Llevan el cesto  de  la  merienda  a  medias, por  un  asa  cada  una.

– Gata, ya sabes lo que tienes que hacer. – Dice la madre –

Ágata asiente. Su madre la llama Gata desde niña. “Por lo peleona” decía. Sabe que ha llegado la hora de demostrarlo.

Entra sola en el soto grande. Su madre espera desde un zarzal. Sabe que puede verla y esa certeza le infunde valor. Se coloca el cesto en el hombro y avanza con paso firme.

Fabricio está tumbado en lo alto del soto a  la sombra de un  árbol.  La  ve  venir  y  se sonríe, Gata se figura entonces que Fabricio es  un viejo zorro, incapaz de  ocultar  sus artimañas, pero se finge tranquila, aunque lleva el corazón en la boca. Al  llegar  dónde Fabricio él la agarra bruscamente, no le da tiempo a posar el cesto, que rueda pendiente abajo por el soto. Fabricio la vence por un momento, sus manos la  repasan  sin  tregua, Gata se acuerda de su madre y saca fuerzas para sacar la navaja  que  lleva  en  un  lado del sujetador, intenta clavársela de muerte pero no lo consigue, rueda hacia un lado pero Fabricio está al quite y la alcanza, ella pelea, levanta la navaja y le  cruza  el  rostro  con el filo en diagonal, mientras él grita, Gata corre hacia el caballo y logra subir a lomos de éste. Recoge a su madre al llegar a su vera.

Corren veloces pero Fabricio les dispara. Es entonces cuando Inés cae.  Ágata  la  siente desasirse de su cintura y la oye caer del caballo. Es una parte de sí misma la  que  se  ha caído, por eso Ágata se paraliza hasta  que  el  grito  de  su  madre  la  pone  en  marcha.

-¡Cabalga Gata!

Gata recuerda la historia de su madre. La ve en el tiempo como a la niña cedida  por  su propio padre al patrón. Ve también a su abuela, muerta en plena juventud. La sangre  de las dos mujeres es la suya, que   no  puede  verterse  también.  Un  sinfín  de    escarnios pasan por su mente, los ojos de su madre la miran:

-¡Cabalga Gata! ¡No vuelvas nunca!

Gata cabalga. Las lágrimas de sus ojos se han secado, dejando paso a la ira. Es una  ira ciega la de  Ágata, que  no  le  impide, sin  embargo,  ver  el  granero,  el  establo  de  la propiedad de  Fabricio. Ágata se  detiene.  Sabe  que  no  hay  nadie  a   esa  hora  en  la  finca. Entra veloz en la cocina y ya sale con  lo  que  ha ido a  buscar. Sube de nuevo al caballo, y al pasar junto al granero lanza una tea ardiendo, otra al establo, otra  más  a la cabaña de abajo, después azuza a Caballo Negro.

“- ¡Corre, Caballo!”

Gata cabalga. Detrás de ella queda una propiedad envuelta en llamas. La propiedad de su padre, la propiedad de su hermano. Hay algo que  es más espeso que la sangre y  es el  propio  carácter, el carácter unido a   la pureza de  una  raza  incapaz  de   mezclarse con otra: la raza de su madre.

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7 respuestas a Gata Cabalga. ( Manuela Vicente Fernández)

  1. ANA AMIGO PARDO dijo:

    Interesantisima historia.

  2. manolivf dijo:

    Gracias por leerme y comentarme Ana, me alegra que te guste. Saludos.

  3. Sonia LLinares dijo:

    Me encanta el relato, me he quedado con ganas de mas historia. Felicidades.
    un saludo

  4. Gracias por tu comentario Sonia. La verdad es que el proceso de la historia comenzó a formarse en mi mente en forma de imágenes, como si fuese una película, que traté de narrar lo mejor que pude; me alegro mucho de que te guste.:)

  5. Ana Calabuig dijo:

    Buen relato, los temas de las canciones le dan fuerza y los diálogos movimiento.

  6. Muchas gracias por tu comentario, Ana. Saludos.

  7. Pingback: Gata cabalga | lascosasqueescribo

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