Sábanas anudadas. (Salvador Cortés Cortés)

… “Bueno, entonces ¿qué me dices?, ¿te gusta la habitación?”, le preguntó aquel señor; “Sí…, está bien”, respondió Jaime, “y… ¿con quién más compartiré la casa?, y después preguntó; “De momento con nadie más…, he puesto el anuncio hace pocos días y tú has sido el primer interesado…, viviré aquí yo también hasta que arregle lo de la hipoteca de mi nueva casa, pero, vamos, no te preocupes, que aunque soy el propietario no me meteré en tu vida personal, eso tenlo por seguro”; “Está bien, ¿200 euros al mes, verdad?, esta tarde mismo le pagaré el mes corriente y el de fianza y esta noche vengo a dormir, ¿de acuerdo?”; “Sí, cuando quieras…, toma las llaves del portal y del piso y tráete tus cosas…”; “Por cierto”, observó Jaime, “he visto la puerta de una de las habitaciones está cerrada con cadenas…”; “¡Ah, sí!”, exclamó el propietario, “esa… esa habitación no la alquilo.”

Jaime salió al rellano y pulsó el botón del ascensor: estaba en una cuarta planta con entresuelo, así que, mientras esperaba, comenzó a pensar: “Vaya tipo simpático, ¿qué edad tendrá?, yo le echo unos… sesenta años, ¿estará jubilado?, ¿seguirá casado o será viudo?, ¿y sus hijos, qué opinarán sus hijos de que su padre alquile esta casa en la que seguro que ellos, o ellas, habrán nacido y habrán crecido?, ¿estarán conformes?, es posible que hasta tengan parte en el negocio, claro, en cuanto alquile las otras tres habitaciones…, ¿tres?, no, solo dos, porque una… una dice que no la alquila, no me explico el porqué…, la verdad es que esas cadenas, esas herrumbrosas cadenas no hacen pensar en nada limpio, ni la propia habitación debe estar limpia, creo, ¿a qué se deberá tal escrúpulo?, en fin, tampoco me importa demasiado, mi habitación es linda, ¡qué vistas al mar!, ¡qué luz se filtra!, me gusta”. Y, ensimismado como estaba, no se percató de que el ascensor había llegado a su planta hasta que este no emitió un eléctrico zumbido, para avisarle.

Aquella misma tarde, después de comunicar a sus padres la buena nueva, acudió Jaime a su nuevo domicilio, “Por cierto”, recordó, “debo decirle al propietario que me consiga un buen flexo para poder estudiar por las noches, ¡ah, y la conexión a internet!…, que no se me olvide preguntarle si tiene wifi, y, en ese caso, que me proporcione la clave”

Al fin, abrió la puerta de la casa. Estaba vacía, o, al menos, así le pareció. Jaime gritó: “¡Hola, hay alguien!”. Le pareció oír unos sordos gemidos, como lloros, que sonaban lejanos; soltó los bultos y avanzó por el pasillo que conducía a la sala principal. De pronto, algo le detuvo en el centro de la sala, un sonido: el chirrido de unas cadenas cuyos eslabones se rozaran entre sí. Jaime se giró en la dirección donde la parecía que provenía aquel inquietante sonido; y, nada más girarse, encontró el rostro sonriente de propietario, que, cordialmente, le saludó: “¡Hola!”

Resolvieron sus asuntos monetarios en un santiamén, y nuestro protagonista entró en su habitación y se tumbó en la mullida y silenciosa cama con las manos unidas abiertas bajo su cogote. “Empieza a resultarme extraño todo esto”, pensó.

Por la noche, cenó con el propietario en la cocina: pidieron unas pizzas por teléfono que degustaron con placer. Después se entretuvieron charlando sobre cualquier cosa: encontró que aquel hombre entendía bastante de cine, así pues no faltaron temas recurrentes, entre otros la belleza de algunas actrices; la favorita de ambos era Scarlett Johansson; “buena elección”opino yo también.

Se acostaron. Jaime en su habitación, el propietario en el sofá cama que había en la sala principal. “De momento”, comentó el hombre, “me va bien este sofá cama, hasta que resuelva con el banco el asunto de la hipoteca… dormiré aquí, estoy acostumbrado”

De madrugada, Jaime se desveló. Abrió los ojos con firmeza y fijó su vista en la blanquecina oscuridad del techo. Y, entonces, lo oyó.

El quejido de las cadenas al moverse le produjo escalofríos, y el lúgubre llanto que lo acompañaba le erizó los vellos de todo su cuerpo. Jaime se levantó tembloroso, pero decidido. Abrió la puerta de su habitación y asomó la cabeza al corredor. Todo estaba oscuro. ¿Todo? No, todo no. La puerta de la misteriosa habitación estaba abierta y, desde ella, llegaba un resplandor.

Jaime se acercó con precaución hasta el umbral de aquella habitación, y ahí se detuvo y presenció la escena: el propietario lloraba mientras intentaba desatar los nudos que enlazaban varias sábanas, y murmuraba con lástima: “No, hija, no, no lo hagas, te dejaré salir, te levantaré el castigo, no sigas, no hace falta que intentes escapar, te dejaré salir”

Jaime avanzó cautelosamente hacia el interior de la habitación, llegó hasta él y le pasó su brazo por la espalda. El hombre se derrumbó, sus rodillas temblaron, y se abrazó a Jaime sollozando.

A la mañana siguiente, Jaime volvió a su casa muy temprano, después de dejar a su desdichado casero en un centro asistencial, en el cual lo atendieron con eficiencia y lo calmaron al instante. Entró a la panadería que quedaba más cerca del portal de la nueva casa donde se había instalado, y pidió pan para desayunar. La dependienta le trajo lo que pedía sin mirarle a la cara, pero en cuanto lo encaró para recibir las monedas le preguntó: “¿Tú… tú eres el nuevo inquilino del señor Rodríguez?; “Sí, yo soy”; “¡Qué tragedia más grande, jesusito de mi vida!”; “¡Tragedia!, ¿a qué te refieres?”; “¡Ah!, pero ¿tú no sabes nada?, claro, ¿qué vas a saber?…, eres nuevo en el vecindario”

Entonces Jaime oyó la historia más estremecedora que le habían contado en su vida. La dependienta le contó que el señor Rodríguez, el propietario del piso donde él se había ido a vivir, vivía felizmente casado y que el matrimonio tenía una hija. Su hija creció y se hizo muy bella, en fin, y como vulgarmente se suele decir, su hija se había convertido en una “tía buena”; los jóvenes y no tan jóvenes bebían los vientos por ella y la invitaban a salir todas las noches, y ella, inocente, aceptaba. Su padre comenzó a mostrarse receloso, y advertía a su hija de los peligros que entrañaba la noche, de los que él sabía bastante a través de las muchas películas que había visto. Pero Marta, que así se llamaba la hija, siguió sus andanzas nocturnas, y, tomó contacto con el submundo que aflora en tales lides, ya se sabe, drogas, alcohol. Harto de ver a su hija cada vez más pálida y con síntomas inequívocos de estar enganchada a tóxicos desconocidos para él, una noche le prohibió salir y la encerró en su cuarto y puso unas cadenas. Ya eran más de las doce de la noche cuando el señor Rodríguez, estando sentado en su sofá acompañado de su esposa viendo la televisión, oyó el ulular de sirenas, al cual no le dio la más mínima importancia; un cuarto de hora después oyó el sonido del timbre de su puerta y se levantó para abrir, y, cuál no fue su sorpresa al encontrase frente a frente con un agente de la policía que le preguntaba si era él el padre de Marta Rodríguez, a lo que contestó que sí, que efectivamente era su padre y que su hija se encontraba en aquel momento en su habitación, a lo que el agente le contestó que puesto que estaba en su habitación que deseaba ver a Marta inmediatamente; el señor Rodríguez suplicó al agente que esperase que iba a avisarla, giró desconfiadamente sobre sus talones y se dirigió a la habitación de Marta; sacó las llaves del candado que sujetaba las cadenas del bolsillo de su bata y abrió la puerta; la habitación estaba a oscuras y Marta no estaba; la ventana estaba abierta; de una de las patas de la cama surgía una serpenteante sábana que se unía a otra con un nudo y ésta a su vez a otra, en una funesta sucesión que se elevaba sobre el alfeizar de la ventana y descendía por la fachada; el señor Rodríguez se asomó y contempló el cadáver de su amada hija, reventado sobre la acera.

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