Un deseo no cumplido. (Alizée Denise)

Aquella noche Andrés, Andresito como le seguían llamando sus padres, no esperó a que se sirviera el café. Se anticipó al carraspeo con el que su padre rompía cada noche el silencio impuesto a la hora de la cena. Tosió levemente como si quisiera limpiar la garganta y que las palabras salieran de su boca con claridad.

-¿Podeis escucharme un momento?

Ignacio, su padre, levantó los ojos con un gesto rápido. La madre, tenía una expresión casi de espanto, con las cejas muy levantadas, los ojos excesivamente abiertos y el labio inferior un poco caído.

-Sobre todo tu papá, necesito que me escuches con atención.

Ignacio se sirvió un poco más de Merlot negro en la copa.

Cada noche cenaban en silencio. Ignacio, de espaldas al ventanal del jardín, la madre a la derecha y Andrés a la izquierda, entre las vitrinas de las copas para las celebraciones, relucientes de tanto paño, y las fotografías del Congo: año 1963, Coquilhatville, Ignacio y Teresa; año 1962, equipo médico del Leopold II, hombres recién estrenados en sus batas blancas, de pie, apiñados alrededor de una mesa de madera llena de libros abiertos, aún con las expresiones relajadas y la sonrisa de los recién llegados. Ignacio con los de atrás, por su altura, el pelo muy negro peinado todo hacia la derecha, entonces llevaba perilla y bigote estrecho. Buenos tiempos, pensaba al mirarse. Quizás los mejores hasta que la ONU los evacuó. Al regreso le habían asignado ese puesto tan fijo, tan seguro, tan rutinario. Luego la llegada de Andresito. Él era de los que ya no regresarían.

Andrés estaba acostumbrado a los silencios, cada uno comía con sus pensamientos hasta que llegaba el café. Entonces Ignacio carraspeaba, como si ese sonido pudiera volver visible todo lo que le rodeaba. Llegaban las palabras, más incómodas para Andrés que el silencio, a él le daba igual, pero mejor acabar rápido la cena. Pensaba en su habitación, en el momento en que cerraría la puerta con el pestillo y liberaría las palabras, las suyas, las que le quemaban por dentro a lo largo del día y se esforzaba por recordar hasta poder apuntarlas en algún trozo de papel.

Tomaban el café los dos, en el despacho de Ignacio. La orla colgada, 1957, Facultat de Medicina, enmarcada en madera oscura junto a un espacio vacío que reservaba para la de su hijo.

-¿Qué tal por la Universidad?

-Va

-¿Ocurre algo? Te noto un poco distante últimamente

-Nada…

-¿Ya te has decidio por la especialidad?

-No, aún no

-¿No vas un poco tarde?

-Por favor papá, si no te importa, tengo cosas que hacer antes de acostarme

El motivo de hablar aquella noche con su padre había sido por la carta del editor que había encontrado en el buzón. La dejó sobre la mesilla de noche sin abrir, dijera lo que dijera esa carta, él ya había escogido.

-¿Sabeis lo que hago cada noche cuando me encierro en mi habitación? Escribo. Escribo sobre mí, sobre vosotros, sobre mis sueños, mis miedos. Cada noche escribo durante horas. Porque eso es lo que realmente me gusta. Nunca voy a ser médico papá.

Ignacio removió el líquido oscuro se acercó la copa a la boca y aspiró el aroma afrutado intentando serenarse.

-¿Quieres dejar la Universidad?

-Sí

-Y¿dedicarte a escribir libros? -su tono sonaba incrédulo

-Quiero ser escritor papá

-Un oficio de vagos ¿eso es lo que quiere ser mi hijo? ¿Para qué narices hemos volcado tantos esfuerzos en tu futuro? No puedes dejar tus estudios, tu carrera, así sin más. Querías ser médico.

-Tu querías que fuera médico

-No puedo creer lo que estoy escuchando, dime que no es verdad nada de lo que acabas de decirme. Tu no puedes ser escritor.

-Es mi decisión papá. Mía y no pienso cambiarla

Ignacio se sentó en su butaca de cuero negro y se sirvió una copa de brandy que vació en un solo sorbo.

-Nunca veré tu orla colgada ¿no?

-No

-¿Sabes? todos esos años en el Congo me han ayudado a soportar cada consulta, cada queja. Los mejores tiempos de mi vida. Cuando naciste quería eso para tí

-Esa fue tu vida, no la mía, yo no te la puedo revivir

-Largate. Quiero estar solo, vete.

La madre esperaba junto a la puerta. Andrés le besó en la mejilla de arrugas profundas que resbalaban hasta perderse en el pañuelo que siempre llevaba anudado en el cuello. Tenía la piel caliente y su contacto le reconfortó.

Al entrar en su habitación cerró el pestillo, desabrochó los botones de los pantalones de franela, de ralla muy marcada y los dejó resbalar por sus piernas, luego la camisa blanca, los slips claros y los calcetines con el pequeño logo del caballero ecuestre y la palabra Prorsum, hacia adelante, ondeando en el estandarte. Se tumbó desnudo sobre la cama, hundiendo los rizos negros en el azul de las letras AG grabadas en la almohada y su mirada verde, pero oscura, miró el sobre aún cerrado. Sí, pensó, a pesar de su padre, de la carta, de cualquier otra cosa, iba a ser escritor.

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2 respuestas a Un deseo no cumplido. (Alizée Denise)

  1. Sofico & Mum dijo:

    Me han gustado los diálogos,te lo comento porque creo que dialogar bien es una de las cosas más difíciles a la hora de escribir.

  2. Estupendo relato! Suerte!

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