Despertar. (Mª Angeles Millán Pérez)

El sudor frío recorría su cuerpo, cuando de un sobresalto se despertó. Encendió la luz de la mesilla y miró el reloj, las 3 de la madrugada. Se tapó hasta la cabeza e intentó dormirse otra vez, antes de que el despertador sonara.

El despertador avisó con su habitual estruendo. Sacó la mano de debajo de la ropa y lo apagó. Por los agujeros de la persiana sólo entraba la luz de la farola. A esa hora aún no había asomado el sol.

Alexander se sentó en la cama, estaba cansado, tantas noches sin dormir iban a acabar con él. Hacía más de un año de lo ocurrido y aquel pensamiento, aquella obsesión no le dejaba en paz.

Se levantó y fue al cuarto de baño a darse una ducha, aquel olor agrio a sudor en su piel le estaba revolviendo el estómago. Al pasar se miró en el espejo y suspiró al ver aquella cicatriz que cruzaba su frente.

Salió de la ducha, se puso el albornoz y cogió el cepillo de dientes .Otra vez se había equivocado de cepillo. No se explicaba porque no lo había guardado en el cajón, sólo sabía que no podía quitarlo de allí.

Fue al dormitorio para vestirse y abrió el cajón dónde sólo quedaban algunos calcetines y un par de slips. Hacía tiempo que no hacía la colada y ya eran escasas las opciones para elegir que ponerse. Cogió el pantalón que había sobre una silla y olió la camisa que estaba en la percha. No debió de parecerle muy sucia y se la puso. Se calzó los zapatos, limpiándolos con una camiseta sucia que había en el suelo.

Se tomó el café y salió a la calle, donde el sol le dio los buenos días haciendo que sus ojos se entornaran, tanto que parecían cerrados.

En el trabajo al menos estaba distraído: papeleo, expedientes, teléfono y el rato de comida con los compañeros le hacían amortiguar los pensamientos.

Eran las 6 cuando entraba en casa. Aún tenia tiempo para las tareas de la casa, las cuales nunca se le habían dado mal, pero estaba tan cansado que se sentó en una silla en la cocina y se sirvió un whisky. El sonido del teléfono le sacó de su sopor.

-¿El Sr.-Alexander?-preguntó con amabilidad una voz al otro lado.

-Sí, soy yo-contestó con desgana.

-Llamo del hospital-continuó la misma voz. Llamo para comunicarle que su esposa ha salido del coma y parece reaccionar bien.

-Gracias a Dios, voy ahora mismo-dijo emocionado colgando el teléfono.

Rompió a llorar. Más de un año obsesionado por aquel accidente. “No debí haberme empeñado en salir aquella noche tormentosa”, “Ha tenido suerte señor, pero su esposa está en coma. Muchos pacientes de coma despiertan y siguen con su vida normal …”. Toda esa tensión acumulada salía ahora por sus ojos en forma de llanto incontrolable. Se limpió la cara, cogió las llaves y salió.

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