Un día en el gimnasio. (Mar)

Su entrada en el recinto de la piscina cubierta me recordó a los toreros entrando al ruedo. Su mirada no se apartaba del gentío que sudaba en los aparatos  del piso superior acristalado del gimnasio, aparatos gimnásticos que yo limpiaba y secaba cada quince minutos. Él, sabiéndose mirado y admirado por todos, eligió la calle para nadar. En su musculatura, obscena y mareante, se dibujaban tatuajes a la moda, su minúsculo y hortera bañador izaba en su parte varonil la bandera de Inglaterra.

Mientras frotaba con mi bayeta la cinta de correr, veía sus estiramientos que enarbolaban, más aún, la bandera anglosajona. Sonreí recordando aquella foto que nos hizo  mi hermano, a mi amiga y a mi, una veintena de años atrás junto a un soldado, delante del Buckingham Palace, por más que intentábamos hacer reír con muecas y tonterías a aquél guardián inglés , él permanecía impertérrito guardando su garita y el palacio de su reina. Tengo que volver a Londres, pensé, tal vez allí me vaya mejor. Mientras limpiaba las máquinas de correr, observé que no era la única que seguía mirando aquél cuerpo escultural, seguía sin tirarse al agua, estirando y encogiendo extremidades y mirando  a los de arriba, a los de abajo, a los de al lado. A todos parecía preguntarnos si nos habíamos fijado bien en él. Pensé, vaya idiota, el excesivo culto al cuerpo licuaba la mente, y a éste parecían haberle exprimido todo el jugo. Por fin, se tiró al agua. Seguí en mi que hacer, pensando en como sacar algo de dinero a fin de mes para largarme a Londres un fin de semana y poder volver a fotografiar el conocido y encantador Portobello, mi afición por fotografiar objetos curiosos, en aquél mercadillo se vería recompensada.

Con mi cubo lleno de detergente desinfectante, limpiaba los aparatos de pesas que no estaban ocupados por musculosos hombres y alguna que otra musculosa mujer. Mientras frotaba con mi bayeta, y siempre cabizbaja, los observaba y me llamaba la atención la cara que se les quedaba tras el esfuerzo realizado. Se quedaban pensativos y serios, no estarían contentos con el resultado de su esfuerzo físico, o se estarían midiendo sus facultades halterofílicas con el gimnasta de al lado, o tal vez,  les obsesionaba aumentar el peso que levantaban y así poder conseguir el cuerpo que exhibía el abanderado nadador. En fin, yo seguí con mi que hacer diario, que me mantenía mes a mes ágil y con la nevera medio llena.

De pronto, gritos de terror, carreras, gritos y más gritos, miré hacia la piscina y allí seguía. Era alto, muy alto y musculoso, muy musculoso, de rostro rectangular y pelo rapado, allí seguía apuntando a unos y a otros con su pistola mientras retrocedía lentamente hacía la salida del recinto acuático. Mi pantalón de trabajo empezó a absorber el abrasivo líquido limpiador que estaba en el cubo y que derramé al tirarme al suelo, cuando la piel me empezó a arder me levanté de un brinco, el brusco movimiento alertó al homicida disparando en mi dirección.  Gritos, más gritos, carreras, más carreras, antes de perder el conocimiento, vi como el rojo bermellón teñía lentamente el agua de una de las calles, haciendo desaparecer el efecto azul de la piscina.

Tardé en despertar, un entrenador personal mantenía mis piernas en alto —estás bien, no tienes nada, decía con voz temblorosa  —ese loco ha matado a Fred —¿quién es Fred?, pregunté, y antes que me contestará miré hacia abajo y vi como la bandera inglesa de Fred se alejaba en una camilla.

Al día siguiente la crónica del periódico titulaba: Asesinato en el conocido gimnasio “elite”. El homicida, tras asesinar al amante de su esposa y herir de gravedad a tres personas más, se entregó a la policía, todo apunta a un conflicto amoroso. El artículo que continuaba relatando los hechos, iba acompañado de una vista general de la piscina. Mi foto hubiera ilustrado mejor la noticia: Fred yaciendo en la camilla con todos sus músculos tatuados y con el mejor de sus bañadores saliendo del recinto acuático como un valiente torero.

 

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7 respuestas a Un día en el gimnasio. (Mar)

  1. unalicia dijo:

    Esta bien el relato, pero hay algo que no me termina de encajar: que la limpiadora esté en el mismo horario que los clientes/deportistas y con un cubo lleno de líquido abrasivo. Como se enteren los de Higiene y Seguridad en el Trabajo…te la vas a liar.
    quehacer, va junto.
    Un saludo

  2. Alicia Bermejo dijo:

    He debido hacer algo mal, repito lo dicho antes.

  3. Alicia Bermejo dijo:

    Te aseguro que antes había un comentario mio y se ha borrado. A ver si consigo hacerlo bien.
    Te decia: El relato esta bien, pero hay algo que no me encaja: el que la limpiadora esté en el mismo horario que los clientes/deportistas y con un cubo lleno de líquido abrasivo. Como se enteren los de Higiene y Seguridad en el trabajo… te la vas a liar.
    Un saludo,

  4. Mar dijo:

    Gracias Alicia por el tri-comentario (el primero, sí quedó reflejado). Espero que la encantadora limpiadora del gimnasio que frecuento limpie solo con agua clara y detergente neutro…(no sabía como levantar al personaje del suelo y se me ocurrió eso). Saludos.

  5. Me ha gustado mucho. Esa obsesión por el culto al cuerpo suele conllevar carencias en otros aspectos y por otra parte, me gusta que haya señoras de la limpieza o espectadores/as que nos puedan narrar las pequeñas o grandes aventuras que pasan a nuestro alrededor… Muy bueno. Un saludo.

  6. Mar dijo:

    Hay obsesiones que matan “mibandamemata”.Gracias por comentar, y me gusta que te guste.

  7. Rafa dijo:

    La verdad es que los que limpiamos en gimnasios de élite, con horarios de 7×24, limpiamos a cualquier hora. Me parece un buen relaro.

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