Aún. (Carmen Ballester)

AúnElisa llegó  ante aquella casa, ante aquel despacho, ante aquella  puerta, como tantas otras veces en el pasado.
Como cuando entre ellos….ahora, las cosas habían cambiado.
La atravesó y cerró nerviosamente.
En el interior, apenas había cambiado nada, solo mejores muebles, algún cuadro, ninguna foto, solo más papeles, más frío.
 -“Elisa, …cierra la puerta.”
 Ella extrañada se giró, la puerta estaba cerrada.
 -“…”
 -“Cierra la puerta”.
 Más nerviosa y aturdida, con su pequeña bufanda  casi estrujada entre sus manos, se giró de nuevo. La puerta permanecía intacta.
 Él impaciente, sin moverse de su mesa de despacho alzó la voz.
 -“Con pestillo, ¿entiendes?, …con pestillo!”.
Más asustada, temblorosa, Elisa obedeció. Esto no era lo que esperaba.
Él no la perdonaba, pero ella necesitaba ese trabajo y …a él.
El cerrojo le resultó difícil, casi helado, tan frío como el interior. Permaneció quieta, al lado de esa puerta, apenas se atrevía a mirar, más allá del nuevo parqué..
 
-“´Luís, …”
-“…”
-“Señor, …, señor Luís”
 
Con una pluma en la mano, repiqueteando insistentemente sobre la costosa madera de la mesa, Luís miraba a Elisa.
Sí, el tiempo había pasado,  muchos meses, bastantes, más de un año desde que ella abandonó voluntariamente el hogar, mucho tiempo, mucho daño,  demasiado. El dolor había anidado ya fuertemente en Luís, se había incrustado en él intensamente, formaba parte de su vida, reinando en ella, ocultando cualquier atisbo de sentimiento, humanidad, apenas…en un lugar oscuro, arrinconado, el amor.
 
Elisa, allí estaba ella,… en esa habitación. Una trabajadora más. Estos meses, se notaba, los negocios habían ido muy bien, la fabrica había prosperado, bajos costes, beneficios en alza, explotación laboral. En algo Luís, había tenido que desfogar su carga emocional, su tiempo, su ira, su dolor, su rabia, su soledad, …sus lágrimas.
 Ahora, allí estaba ella,…a su cargo. Luís se sonrió. Ya no era su sonrisa, aquella de juventud, aquella de meses antes que compartieron. En este tiempo había aparecido en su cara un bigote, arrugas, alguna que otra cana, anillos en sus dedos, ropa cara, nada de lo que fue, ni siquiera el azul alegre de su mirada. Ahora todo era lo mismo, todo era distinto, sólo seriedad, soledad,…¿sólo?.
 
-“Elisa,…no he recibido informes buenos. Robert, el encargado me ha dicho que no sueles cumplir con los horarios de los demás, descanso, comedor…No quiero problemas, y lo más importante, no te has molestado en ir a la revisión médica de los trabajadores, la ley me lo exige. Ya tengo bastante con los papeleos de impuestos y demás para ahora ésto. El doctor Martín vendrá mañana, pásate por su consulta. Ya te han  avisado varias veces. No habrá próxima vez. ¿Entiendes?”
 
-“…”
 -“Contéstame cuando te hablo”.
 -“Luís, …yo, …yo…”
 
Él se levantó de su elegante sillón, dejó la pluma estilográfica  en la mesa, se acercó a Elisa.
 
-“Señor Luís García, para tí,  Sr. García…¿me oyes!?”.
 -“Sí, si señor”
  
Luís, aún más cercano lo observaba nervioso. Ella continuaba delgada, mujer, visiblemente más delgada, su aspecto distaba mucho de las otras mujeres y potentes clientas con los que últimamente se codeaba en los despachos, incluso en alguna cama. Elisa, casi se acercaba más a la indigencia, su pelo rubio y bello hacía tiempo que no pasaba por la peluquería, su ropa ya vieja, algunas ojeras,  sus mismas blusas que él recordaba,  en su bufanda preferida  algún zurcido, aquella que él le regaló…sus mismos ojos calientes, pestañas.
El mismo olor, a flores, a mujer, los mismos senos, aquella boca …tan familiar. Allí en su despacho.
Luís notó entre sus pantalones vaqueros, como algo  volvió a crecer, otra vez, fuertemente, Hacía nada, unas horas, …había algo en él que continuaba en sus sueños, casi todas las noches, y, …lo más importante, algo muy profundo, casi enterrado, que nunca se fue, que nunca dejó de sentir, algo que se negaba a admitir.
Desafiante, se aproximó más, aún más, piel con piel, su respiración…Elisa retrocedió, …no sabía, últimamente todo le salía mal.
Desde que llegó, nada había salido como ella quería, como ella amaba…como deseaba, todo era distinto, se limitaba a estar allí, esperar,  a esperar al Luís que conoció; mientras tanto, sólo trabajo, trabajo…sólo eso.
Ahora ella no tenía nada. Soledad, sueños, esperanza, ni siquiera la casa, solo recuerdos.
Y amor, …aún mucho amor.
Un botón de la blusa vieja, saltó por los aires, el otro ni existía.
Luís, con sus dedos anillados, volvió a rozar esa suave piel femenina como antaño, Elisa no podía retroceder más, se estremeció, el pestillo de la puerta se clavaba en su espalda.
 
-“Tú ahora, …tienes trabajo aquí, para mí. ¿Entiendes, Elisa?”
 
Sus manos masculinas fueron ahora a su bragueta. Sus labios imprudentes, con mando a reclamar lo suyo.
 
-“Aquí, …Elisa”
-“…”
-“Elisa…”
 
Ella  tardó en responder, casi con ilusión intentó devolver aquel beso, no pudo…no pudo.
Aquello no era lo que buscaba, así no, así no …no era su Luís.
Giró su cabeza, tapó su blusa. La bufanda en el suelo, las manos nerviosas de él tropezaron con las suyas, éstas temblaban, delgadas, finas. Los labios de Luís se rozaron con una lágrima furtiva y ajena.
Bruscamente él se retiró, afianzó su aparatosa hebilla.
 
-“Vete!, …Elisa, vete!!”
 -“Luís, lo siento…”
 
Su voz fue subiendo de volumen.
 
-“Márchate nena, joder!!!”
 -“Sí, si señor…”
 
Elisa se dio la vuelta, no acertaba abrir, el pestillo, …sus lagrimas inundaban su cara, solo quería salir de allí, …encontrar a Luís, su Luís, su amor.
 Él cerró la puerta tras de sí, se apoyó en la mesa. En un instante en un barrido de su mano, con estrépito,   tiró todo al suelo, papeles, plumas, carpetas.
 
-“Joder, joder….joder!!!”
 
Recogió aquella bufanda del suelo, la acarició.
 Se sentó en su rico sofá de cuero, él … también tenía lágrimas.
Cogió el teléfono.
 
-“Por favor, …Robert…. Soy Luís. Tenemos que  hablar sobre Elisa,… Elisa Martinez”
 
Luís, solo, en esa habitación, en ese despacho, en ese lujo.
 
Esa  bufanda de ella, suavemente, fuertemente,  …entre sus masculinas manos. 

Amor, dolor y lágrimas.
Nada más.

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