La foto. (Silverkane)

-Luna, sabes que es una cuesta  bastante grande, te atreves?

-Siempre que esté a tu lado, mi amor.

El empinado camino se extendía hasta el horizonte, acicalado de ramas y cuarzos propios del campo.

Avanzaban sin dar marcha atrás,  apoyados cada uno en un bastón y una pequeña botella de agua.

Luna, mira, ese árbol es un hualle, es decir, un roble joven.

Es hermoso, amor, es blanco como el marfil, parecen huesos expuestos, exclamó.

Luna sacó su cámara de fotos del pequeño bolso y captó la imagen.

Ella miró al sol que caía lentamente y siguieron la marcha, con rumbo a las antiguas viñas del abuelo del muchacho.

A poco avanzar, el silencio casi imperecedero  se rompió de golpe.

Amor, que es eso que se escucha en medio de las ramas? Exclamó Luna algo asustada.

Debe ser algún pájaro o animal pequeño, sostuvo el joven. Sigamos.

Ambos emprendieron la caminata empinada con un poco más de cautela.

Sin embargo, el ruido molesto seguía en los alrededores.

El muchacho se inquietó al sólo pensar la idea de que pudiera ser lo que hablaba su abuelo y los huasos del lugar.

Imposible -se auto convenció.

Siguió con la idea del pequeño conejo o pájaro que transitaba entre las ramas.

Luna caminaba en silencio, con un sentimiento cercano al miedo, pero confiaba plenamente en su novio, que conocía cada rincón del espacioso campo. Para olvidar el temor, sacó nuevamente su cámara, para tratar de fotografiar un hermoso ejemplar de lloica de pecho colorado, que se posaba en ese preciso instante en la cúspide de un eucaliptus.

Las hojas de los matorrales se agitaron nuevamente, pero esta vez de forma sutil, de forma casi imperceptible.

De hecho, Luna ni siquiera se percató, a diferencia del muchacho, que comenzó a transpirar por ese murmullo sospechoso en aquel bosque nativo.

-Luna, vamos, debemos avanzar.

Porqué mi amor? Pasa algo?

-No, pero se va a oscurecer y andamos sin linterna y con poca agua.

Al avanzar, llegaron a la cima de las viñas. El hermoso paisaje los logró tranquilizar por un breve instante.

El joven nuevamente escuchó el rumor sigiloso tras las ramas.

-Bajemos, exclamó algo asustado.

Luna comenzó a sentir una extraña sensación, de apremio, de agobio.

Su novio estaba agitado, más de lo normal.

Bajaban en medio de las ramas, luchando contra las espinas, luchando contra la espesa maleza que reinaba en aquellas cimas.

Descansaron luego de bajar varios minutos sin parar. Bebieron un sorbo de agua cada uno, en silencio, las palabras estaban de más.

El camino de vuelta estaba cerca, el muchacho lograba verlo a la distancia. Se tranquilizó, el silencio volvía a reinar en el campo. Pudo respirar y sonreír. Abrazó a Luna y la besó.

En el camino de regreso, vieron un fruto de un color morado intenso, como el del atardecer que asomaba en el horizonte.

Luna sacó su cámara réflex del bolso e intentó sacar un plano detalle de la extraña fruta.

Cuando estaba a punto de apretar el botón del obturador, captó algo que la dejó congelada.

Eran unos ojos amarillos intensos que la miraban sin pestañear, unos ojos obsesionados con la próxima presa, camuflados con la alfombra multicolor, mezcla de hojas y tierra arcillosa.

Luna apretó el obturador y cerró sus ojos. El muchacho la abrazó. 

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