Leña. (Marcia Cotlan)

Emilio venía cada mañana de domingo a cortar leña a nuestra casa. Mi abuelo prefería que la fuera cortando poco a poco y no toda de una vez, porque así podía controlar la leña que íbamos gastando semanalmente. Decía que no hacía tanto frío, que nos quejábamos de vicio, que teníamos que ahorrar. Pero lo decía bien cerquita del brasero que había bajo la mesa camilla donde leía el periódico, o desde la cama, con los pies pegados a una bolsa de agua caliente. Así que Emilio venía los domingos a cortarnos la leña para la semana. Lo hacía desde las ocho de la mañana hasta las diez, más o menos, y sólo paraba un ratito a eso de las nueve y media, cuando mi tía Rosa le acercaba un vaso con café y un buen pedazo de bizcocho que había horneado poco antes. Bebía rápido y comía a dentelladas de perro hambriento, y enseguida concentraba de nuevo su atención en la leña, casi feliz por retomar su tarea, para desgracia de Rosa que, quisiera reconocerlo o no, perdía el sentido por las espaldas anchas de ese hombre silencioso y reconcentrado. A mí me llamaba mucho la atención Emilio, porque en mi familia eso de cortar leña siempre había sido el castigo –el peor de todos– impuesto a quienes se portaban mal, a quienes se rebelaban al abuelo o simplemente lo molestaban en un mal momento, así que me extrañaba ver a Emilio casi feliz haciéndolo. Me extrañaba también, y no lo entendía, ese enamoramiento de mi tía por un tipo tan raro y al que su propio hermano, cuya opinión era sagrada para ella, consideraban el tonto del pueblo; no había más que ver a Rosa, a la lozana Rosa, y después fijarse en el tosco, avejentado y cejijunto Emilio, con sus manos callosas y su incapacidad para entablar conversación con nadie. No entendía ese enamoramiento, en parte, porque aún no había conocido las verdaderas raíces de la soledad y lo que acaba por pesarnos en el pecho.

Así me despertaba cada domingo, a eso de las ocho, con el golpe seco del hacha contra el trozo de madera. Me desperezaba dentro del calor de las sábanas y sacaba un pie para comprobar la temperatura exterior, que solía ser fría todo el año, excepto en los meses de julio y agosto. El olor a leña quemada de la cocina de carbón llegaba hasta mi cuarto, pero el calor se había ido perdiendo por el largo pasillo, ya que yo dormía al fondo de la casa, mientras el resto de la familia lo hacía en los cuartos contiguos a la cocina, los más calientes. Recuerdo haber mirado a Emilio cortar leña desde la ventana de mi cuarto durante tanto tiempo, que la planta de los pies acaba por no notar el frío de la baldosa que tenía debajo.

Decía mi tío Braulio que Emilio era medio imbécil. “Retardado”, lo llamaba. Pero yo creo que lo hacía de puros celos, porque el abuelo alababa la capacidad de trabajo de Emilio, siempre concentrado en lo que tenía que hacer, y criticaba constantemente a Braulio por su falta de interés en todo lo que no fueran los coches –era el tiempo anterior a su accidente, cuando mi tío aún soñaba con ser piloto de coches de carreras e ir a Montecarlo–. Emilio no era retardado, si acaso un poco raro de tan callado como estaba siempre y el interés con el que cortaba leña. Yo lo miraba desde la ventana de mi cuarto y la imagen parecía una estampa: al fondo brillaba el río, a la derecha el invernadero de mi tía Rosa era una pequeña selva acristalada y a la izquierda estaba el hórreo, con las escaleras de piedra llenas de gatos dormitando y Emilio, al pie de uno de los pegollos, cortando la leña. Me parecía descabellado considerar a Emilio imbécil por no hacer otra cosa que cortar leña sin descanso, del mismo modo que me parecía descabellado que a mí no me mandaran a la escuela y aun así me llamaran burro por no saber leer o que dijeran en el pueblo que yo no era hijo de mi padre, y todo porque yo era más rubio y más enclenque que los hombres de mi familia. Siempre tuve la sensación de que Emilio era capaz de mucho más, que ese interés y esa concentración que ponía en su trabajo también podía trasladarla a otros ámbitos de su vida, que el día menos pensado nos daría la sorpresa de tener una idea genial, y esperaba ansioso que eso ocurriera, así que cuando me cansaba de mirarlo desde la ventana de mi cuarto, me vestía deprisa y corría hacia donde él estaba, sin desayunar y sin lavarme. Eso le daba a mi tía Rosa la excusa perfecta para acercarse a Emilio. Me traía un vaso de leche caliente y un trozo de bizcocho con tal candor, que hasta parecía que me quería. Acercarse a mí le servía a Rosa para preguntarle a Emilio, por primera vez en la mañana, si no le apetecía parar un ratito a descansar y comer algo. Él decía que no con un resoplido, que tomaría el bizcocho a eso de las nueve y media, si no era mucha molestia, y ni siquiera la miraba. Ella se marchaba secándose las manos en el mandil de cuadros. En realidad, mientras estaba ante Emilio, mi tía Rosa siempre hacía como que se secaba las manos en el mandil, casi podía decirse que las restregaba contra el pedazo de tela. Se metía un rato en el invernadero, haciendo como que cuidaba las flores y los árboles, pero mirándolo a través de los cristales. Eso no podía reprochárselo, aunque me molestaba un poco que nos vigilara. Yo también lo miraba fijamente, pero él no miraba a nadie, excepto a Manuela, una muchacha del pueblo que venía a ayudar a mi tía a lavar y planchar la ropa varias veces por semana. Cuando coincidían los domingos en casa y ella pasaba delante de nosotros, con el balde de ropa, camino del lavadero que había en el patio de atrás, él levantaba la mirada una décima de segundo, como si la intuyera, e inmediatamente volvía a mirar el leño que tenía delante con un paréntesis de sonrisa en los labios. Ella también lo miraba y sonreía de forma tan fugaz que casi era imperceptible, y se marchaba canturreando.

El domingo en el que todo cambió, que Manuela no volvió más a lavarnos la ropa, mi abuelo envió lejos a mi tío Braulio y Emilio se cortó accidentalmente la pierna con el hacha (un corte superficial, pero que nos asustó mucho al principio por la cantidad de sangre que manaba de la herida), ese domingo en el que mi tía se pasó todo el día llorando y a partir de ese momento empezó a recogerse el pelo como si fuese una vieja y a vestirse de colores oscuros y a no bajar al pueblo ni siquiera para ir a misa, hubiera sido un domingo como otro cualquiera si no fuera por el viento de las castañas. Precisamente por culpa del viento, Emilio entró en nuestra cocina a tomar el café y el bizcocho y a descansar un rato, porque debajo del hórreo, donde él cortaba la leña, el viento hacía volar las astillas y era incluso peligroso estar allí. Mi tía se movía alrededor de la mesa donde él se sentaba como una bailarina sobre el escenario, a veces dando vueltas sobre sí misma porque se le olvidaba lo que andaba buscando, de puro contento. A Emilio se le veía incómodo, con la mirada fija en la taza ya vacía y dirigiendo la vista hacia la ventana, de tanto en tanto, para comprobar si el viento amainaba, o mirando hacia la puerta, imagino que para adivinar la silueta de Manuela por los pasillos. Finalmente, la impaciencia le pudo y no esperó a que aflojara la fuerza del viento, decidió salir a acabar el trabajo. Mi tía Rosa pensó que lo mejor sería que yo me quedara en casa, para no molestarlo, aunque creo que lo que quería era acercarse más tarde a Emilio y que él estuviera solo, sin mi presencia, que estropeaba cualquier posible intimidad. Me asomé a la ventana para observar a Emilio, pero algo tuvo que ver u oír, porque nada más coger el hacha, en vez de comenzar a cortar la leña que aún le quedaba, se dirigió al invernadero, hacha en mano. En ese momento mi tía no estaba en la cocina, así que salí corriendo hacia el invernadero también yo para ver lo que pasaba y, al entrar, tropecé con un tronco de madera que mi tía solía utilizar a veces cuando estaba regando las plantas, porque la puerta no cerraba bien y no era la primera vez que se habían roto los cristales por un golpe del viento; ella lo colocaba detrás de la puerta para evitar que ésta se abriera. Esa puerta siempre nos había dado problemas, o bien porque no se cerraba, o bien porque una vez cerrada, era imposible abrirla desde dentro. Tropecé con el tronco y me caí, y recuerdo que desde el suelo puede ver a Emilio delante de mí, con las piernas abiertas como un vaquero de película del oeste, pero no era una actitud retadora, lo digo por su cara, que me recordaba a la de un clown que vi una vez en un circo al que me habían llevado mis padres, poco antes de que ocurriera aquella desgracia y no volviera a verlos más. El viento silbaba  con tal furia que parecía que iba a arrancar hasta el invernadero. La puerta se batía con violencia y se cerró de golpe haciendo temblar toda la estructura de cristal. Escuché entonces un murmullo que venía del fondo, detrás de los rosales trepadores. Me levanté del suelo y me sacudí la tierra de la ropa. Vi salir a mi tío Braulio sometiéndose la camisa dentro de los pantalones. “¿Se puede saber qué carajo estáis haciendo aquí?”, nos aulló con ese tono suyo, autoritario y despreciativo. Ni a Emilio ni a mí se nos escapó el detalle de que otro bulto trataba de esconderse detrás de los rododendros. Los ojos desorbitados de Emilio me dijeron quién era ella antes de verla. Se movía agachada para que no la descubriéramos. Mi tío vio cómo mirábamos en la dirección de la muchacha y dijo en alto, sin una pizca de compasión: “Ya saben que estás ahí, por Dios, ¿quieres hacer el favor de salir?”. Manuela se incorporó despacio y la vimos aparecer entre las rosas amarillas y los rododendros. Miró fugazmente a Emilio y después clavó la mirada en el suelo. La vergüenza le había puesto roja la cara hasta la raíz del cabello. Miré a Emilio y deseé que dijera algo, que le dijera algo a ella o a mi tío, aunque no era oficial ninguna relación entre él y Manola, pero yo quería que Emilio dijera algo. Que hiciera algo. Mi tío me miraba a mí con el mismo desprecio de siempre y a Emilio con la superioridad de creerlo imbécil. Pensé que si había un momento para que Emilio demostrara que no era un imbécil, era ése, especialmente cuando dio la vuelta sobre sus talones para abrir la puerta del invernadero y le fue imposible porque estaba atascada. Ese era el momento en el que creí que iba a demostrar que no era un bruto descerebrado, creo que yo necesitaba que lo demostrara, que hiciera ver a todo el mundo que no era lo que ellos pensaban, que no era un imbécil.

–No me digas que no puedes abrir –rugió mi tío Braulio. Emilio no respondió. Se apartó de la puerta y se sentó sobre el tronco de madera que mi tía usaba en los días de viento, se pasó ambas manos por la cara y me pareció que si hubiera podido, habría salido huyendo de allí de inmediato para no volver nunca. Mi tío se abalanzó hacia la puerta y comenzó a mover la manilla arriba y abajo con fuerza para tratar de abrirla.

–Vas a romperla y después será peor –le dije. Él ni siquiera me oyó. O no quiso oírme. Mientras tanto, Emilio seguía sentado sobre el tronco y Manuela no se había movido de la zona de los rododendros ni se atrevía a levantar la vista del suelo. Estaba despeinada y tenía la falda manchada a la altura de la cadera izquierda.

–Tenemos que salir de aquí, como sea, antes de que nos descubra el viejo –dijo Braulio, desesperado. Siempre me hizo gracia el miedo de mis tíos a mi abuelo, un miedo que no se fue mitigando con el paso de los años y que después de muerto él aún permanecía vivo, pues no eran capaces de tomar decisiones que sabían que a él no le hubiesen gustado.

–Quizás salga tu hermana y nos vea –oí que decía Manuela con voz queda desde el fondo del invernadero. Miraba a mi tío con miedo. Braulio dio unos pasos hacia ella.

–No seas imbécil, ¿cómo vamos a justificar que estábamos aquí? –Pareció dudar unos instantes y nos miró a Emilio y a mí–. Aunque qué más da, seguro que estos dos imbéciles lo contarán. –Mi abuelo había avisado a mi tío de que nunca se le ocurriera meterse con las mujeres que trabajaban en la casa–. Y si todo el mundo se entera de lo que estuvimos haciendo aquí, será aún peor para ti que para mí, así que no digas idioteces –le dijo mi tío a Manuela. En ese momento, Emilio se levantó y agarró de nuevo el hacha. Tenía los ojos enrojecidos. Boquiabiertos, todos vimos cómo levantaba el hacha y comenzaba a cortar con furia el tronco de madera sobre el que había estado sentado–.

–¡Pero mirad a este imbécil, que no pierde oportunidad de cortar leña! –exclamó mi tío con cara de asombro. Emilio, al oírlo, se desconcentró, calculó mal el hachazo y se hizo un corte en la pierna. La sangre manchó pronto el pantalón y todos, incluido Braulio, nos asustamos porque nos pareció que el corte era más profundo de lo que fue realmente. Manuela corrió hacia él, pero Emilio, sin emitir un solo quejido, extendió la mano indicándole que no se le acercara, así que ella se detuvo a unos pocos pasos. Concentrados como estábamos en esto, no vimos a mi abuelo asomado a la ventana del piso de arriba, ni a mi tía, que había salido de la casa y venía hacia el invernadero. Abrió la puerta con un suave giro –siempre se abría bien desde fuera–. Nos percatamos de su presencia cuando nos preguntó qué hacíamos los cuatro allí encerrados. Como si una extraña conjunción planetaria me hubiera regalado esa oportunidad, y sin medir las consecuencias, hablé.

–Emilio y yo entramos aquí porque escuchamos ruidos. Eran el tío y Manuela, que estaban jugando detrás de los rosales –le conté a mi tía Rosa–, y Emilio se ha llevado un disgusto muy grande porque creo que está enamorado de Manuela –continué diciendo, sin poder contenerme. No sé quién de las dos palideció más, si Manuela o mi tía Rosa. Creí que iban a echarse a llorar en cualquier momento. También Braulio se quedó boquiabierto y alzó la mano para cruzarme la cara. Cerré fuerte los ojos y me coloqué para que no me pillara la oreja, porque siempre que me daba en la oreja, me dolía el oído durante días. Estalló la bofetada sobre mi cara y sentí que me ardía desde la mejilla hasta el cuello. Abrí de nuevo los ojos y vi a Emilio. Sin decir nada, pasó por nuestro lado cojeando y dejando tras de sí un rastro de gotas de sangre. El viento había calmado su furia y apenas movía ya las hojas de los árboles. Vimos a Emilio ir hacia el hórreo y continuar partiendo la leña del montón que aún le faltaba, después ya no volvió a nuestra casa, fui yo quien se dedicó a esa tarea a partir de ese momento, incluso cuando a los catorce años, en un instante de descuido, me corté dos dedos de la mano izquierda, el índice y el corazón, y tengo que reconocer que he encontrado en ello un cierto consuelo, como debió de pasarle a Emilio con su corte en la pierna. 

Más relatos de la autora en www.marciacotlan.blogspot.com
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2 respuestas a Leña. (Marcia Cotlan)

  1. Marcia felicidades. Un muy buen relato.
    un saludo.

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