Mi obsesión por Lit (La historia más hermosa jamás contada). (Javier JacktheCorb)

Pudiera muy bien tener yo por aquel entonces catorce años, tal vez trece, quizás quince.

La primera vez que mis ojos se posaron en tan peculiar, dulce y enigmático personaje de caderas de fuego que descendían como cataratas de agua, prendida hacia su vientre y hacia lo más profundo de su ser. Esa vez primera que se posaron en su cabello de algas, en sus ojos de mar, en su piel que contenía todas las texturas más remotas y preciadas. Un contorno suave y extenso en torno a una lengua dueña de todas las lenguas del mundo, de sabiduría arrogante, de espectacular cadencia de sonido. Un montón de curvas la completaban, y de ángulos y escalofriante geometría inacabada.

Siempre supuse que ella era mayor, de edad incierta, pero mayor que yo, pues me imaginé al instante ser tiernamente amamantado por esos dos precisos pechos que paseaba altivos y altruistas, arropado en una cuna sin manta, o en mitad de la ladera de un monte, o surcando mares en veleros desbocados, o al menos en el interior de un ascensor estropeado y detenido entre dos plantas, a oscuras, en silencio de comunicación láctea y caliente.

Y me columpié en sus trenzas y en sus cuerdas vocales, siempre bajo la luz de su luna hermosa. Y patiné sobre su espalda para tomar impulso al pasar por sus nalgas y ser lanzado al aire para, al fin, caer mullido entre sus pies, que eran plantas y flores y toda la vegetación de la Tierra.

Lit me enseñó a no tener miedo de nada, salvo al pánico de perderla algún día. A olvidar temores absurdos y a volar con alas propias, con alas inmensas y bellas, alas tejidas por ella, en trabajo diáfano y tenaz, acurrucada entre dos manzanos, tranquila, hermosa, sin prisa, veraz.

Pudiera muy bien tener yo por aquel entonces catorce años, tal vez trece, quizás quince.

Y no tenía la menor idea en donde mis ojos se posaron por vez primera. Como tampoco tenía la menor idea acerca de quién era yo ni de lo que sería de mi vida. Ni el más mínimo planteamiento al respecto. Un par de miradas diarias al espejo, algún sentir desatinado, vueltas por el parque o por las calles oscuras de mi barrio, alguna visita a algún cine destartalado, unos pocos sueños poco recomendables y un aliento de jabato.

Ser pirata, domador de circo, estratega de apuestas, pensador en esencia, luchador en arenas romanas, mafioso al modo de antaño. Ser bestia entre las bestias, comisura de unos labios, leproso sin campanilla, monje austero, cínico griego. Ser desaparecido en naufragios, turbulencia del aire, mal estudiante de ciencias, basurero de estrellas o un simple rapaz desaliñado.

Lit, de alguna manera, también fue sol, o al menos luna, o farola, qué menos que haz de linterna. Lit de alguna manera influyó sin influir en lo que poco a poco me fue convirtiendo la vida. Parecía que aparecía en cada encrucijada, en cada desvío, en cada atajo confuso. Y así Lit me llevaba de la mano, con sus manos invisibles de aire.

Y me aportó constancia para no apartarme de la escuela, ni del posterior instituto, ni de la temible y magna universidad ingrata, ni de los olvidos, ni de tanto simple que quiso convencerme de lo inconvencible, de los sueños de ignorante, inexperto y desvalido. A Lit le debo el amor a mí mismo, a las letras, a los números y a los ángulos. A los exámenes criminales, a los criminales del tiempo y de sus pérdidas. A Lit le debo una obsesión, que si bien me tiene preso, también me da cordura, inteligencia, estupor, mil colores y placer en exceso.

Entre tanto pasaba el tiempo, ese tiempo que no tenía tiempo en pensar, ni en pasar por él. Y con Lit me cruzaba a menudo e intercambiamos sueños, lianas y canciones, también sorbetes de helado, risas dibujadas y siempre el mismo corazón tallado. A Lit me la encontraba en el cine, en la fuente de una plaza, atravesando cortinas, entre luces arrugadas. Y todo lo intercambiamos, pero nunca, nunca estaba a mi lado.

Bien es cierto que en varias ocasiones estuve tentado, tentado de hablarle con luz propia y proponerle una salida al monte para perderme en su monte, y alguna visita al museo, al zoológico, al lado opuesto o a la tienda de la esquina. De la misma manera que en otras tantas ocasiones retrocedía en mis pasos al ver sus esquinas, sus tantas esquinas rotas algunas, otras tan solo dobladas y sus vientos racheados y sus pasos delicados y su sonrisa dorada y sus cuentos resueltos.

Y así caminábamos al lado sin juntarnos, buscándonos sin encontrarnos, encontrándonos sin querer como esos dos locos personajes que ya hace tiempo algún sabio y demente escritor imaginó alguna vez en un amor de un tiempo de cólera.

Así fue como aquel estudiante no dejó de estudiar nunca pero ya su dedicación, sin olvidar obsesiones, se dirigió hacia otros estudiantes, a dirigir aulas llenas de letras, y de historias y de tantas cabezas huecas. De pelos, de bocas, de manos con sus dedos, de ojos, alguno inquieto que la mayoría discreto.

Y voló y dejó que los atrevidos volaran entre tanta historia escrita, escondida, temida y sentida convirtiéndose en todo un maestro, en todo un profesor serio y profundo de tanto cuento, y poema y ensayo y novela nueva. Mientras les hablaba de  personas que soñaban y pensaban sin pensar que jamás nadie pensaría en ellos.

Y Lit a veces estaba al otro lado de la ventana, tan joven, dulce y hermosa como siempre. Observando un almendro, o la brisa del bosque o un rito de fuego o un tren aparcado. Y Lit estaba muchas veces esperando entre amaneceres para darle una mano y ser invitada al teatro, a un café caliente o a una tarta de mermelada. Y Lit se le aparecía en sueños para disfrutar de su cuerpo de agua y de su lengua de fuego, de su mirada distinta y sus himnos de ruego.

Y así fueron nevando las canas, sin perder las ganas pero perdiendo el tiempo, ese tiempo que inventaron y que soñaron no perder. Y es que había tanto tiempo que perder y que reconocer entre escaparates, y misiones y hospedajes. Para pintar hospitales de sueños y cárceles de mares y castigos, y bibliotecas de libros y sonidos, y alcaldías de musgo y olas. Para limpiar rincones de razones, y jaulas de silencios, y cajitas de locuras de algodón de azúcar. Para pensarse, para imaginarse, para abrazarse sin pensarse, ni tan siquiera imaginarse.

Pudiera muy bien tener yo por aquel entonces catorce años, tal vez trece, quizás quince.

Y cuando mis ojos se posaron por vez primera en esa obsesión sincera ya pensaron esos ojos que sería siempre la primera y que le acompañaría en la vida como tortura inmensa de agua resbaladiza entre dedos nerviosos que no atrapan nada, ni nada.

Pudiera muy bien tener yo ochenta años, tal vez setenta, quizás cien o ciento veinte para verte. Para llorarte en tu espejo de belleza, de ternura, de lamento, de estampida y de pobreza. Porque mis ojos nunca fueron ojos, ni mis piernas remos de una barca. Siempre estabas cerca, pero siempre te me escapabas.

Pero te amaba tanto entre tanto libro y tanto chiquillo esquivo. Y sé que de alguna manera también tú me amabas. Y me amamantaste en tu orilla y me acunaste en tus juegos y en tu lago porque nunca fuiste del todo persona, ni fuego, ni pájaro. Y es que fuiste al fin y al cabo tan solo un puñado de historias, y de versos y de cantos.

Me acongoja pensar que algún día visitarás mi tumba, sin fecha, sin nombre y sin epitafio y que tampoco así reposarás jamás a mi lado y es que tú nunca tendrás tumba, ni nicho, ni hoyo cavado en el monte.

Surgiste del tiempo, ascendiendo cordilleras, recordando tu pasado sin futuro y tu futuro sin pasado. Acordeones oscuros, acordeones prestados. Tus padres fueron noruegos, y africanos, y holandeses, argentinos y malayos. Esos que te pusieron un nombre, Lit que jamás reposará en piedra alguna, pero que aportó para ti belleza como a ninguna.

Y unos apellidos extraños, Era Tura, como de narración bornea y tusitálica. Como de invención de seres de tierras raras. Apellidos, eso sí, ilustres y obscenos como picos de águila, como nubes de humo y de flechas encantadas.

Un conjunto hermoso de sueños y palabras para mi muy bella y hermosa. Para mi muy dulce y esquiva. Para mi muy distante y traviesa. Al fin y al cabo usted era mi obsesión primera que anidó en mi cuello y me perdí en ella.

Señorita Lit. Señorita Era. Señorita Tura.

Usted me hizo perder el miedo, y los sueños y la cordura.

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