El aprendiz de faquir. (Isaac Barreiro Vilches)

 Sentía cómo la fría punta del primer clavo atravesaba mi carne y cómo chirriaban mis costillas al roce del afilado acero, mientras la segunda, tercera, cuarta… y así hasta más de cien pude contar antes de perder el conocimiento, hacían su aparición en mi cuerpo. 

   Cuando desperté no tuve otra opción que retorcerme de dolor y cuanto más lo hacía, más profundo e intenso era éste. Quise gritar, pero la voz no salía de mi garganta. Pretendí impulsar mi espalda hacia arriba con mis brazos, pero comprobé que era inútil, que mi mente no mandaba los impulsos hacia mis extremidades superiores. Lo intenté una y otra vez con el mismo resultado hasta que cedieron mis fuerzas. Sentí cómo mis nervios eran cortados uno a uno, mi sangre corría descontroladamente por mis músculos, mis órganos cesaban sus funciones, quebraba mi columna vertebral y, al fin, mi corazón era atravesado en sus cuatro cavidades. Mientras, la primera luz del día penetraba en mis ojos.

 Ya no admitía la menor duda: Sólo había logrado ser el aprendiz de faquir.

  Tras un segundo de solaz, de una paz que nunca antes había sentido, descubrí con sorpresa que aún vivía y sin embargo, nada en mi interior desarrollaba su actividad. Sin saber cómo, pues no recuerdo haberlo hecho por mis propios medios, me hallaba en pie frente a la cama como desafiándola de nuevo, como desafiándome. Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies al recordar el dolor que me había producido. Inmóvil, sin ni siquiera parpadear, me quedé mirándola una hora tras otra, sin articular palabra, en un silencio tal que ahogaba al propio silencio de la habitación, sin sentir nada, sólo mirándola. Entendí que aquella cama y yo éramos ya sólo uno, que era parte de mí como yo de ella, que no quería aquel dolor, pero que aquel dolor era lo único que me hacía sentir vivo, la única prueba de que aún seguía vivo.

    Ya casi era de noche y la decisión estaba tomada. Un último rayo de luz atravesó el cristal de la ventana, una débil ráfaga de viento se coló por las rendijas de la puerta y una lágrima brotó desde mis ojos resbalando por mi sien y mi cráneo hasta mis clavos. Mi vida estaba ligada a la suya para siempre.

   En silencio quedé esperando un milagro, que saliese de mí tal como había entrado, lentamente, premeditadamente. Me quedé inmóvil, a la deriva, al antojo de lo que ella decidiera.

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2 respuestas a El aprendiz de faquir. (Isaac Barreiro Vilches)

  1. Me gusta. Mucha suerte!

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