El desfile más triste. (María Manrique)

La gente caminaba hacia la plaza. Los ecos de la música y los tambores los hacían caminar más deprisa; los jóvenes  corrían, los ancianos intentaban aligerar sus cansadas piernas y se agarraban fuertemente a sus bastones, como si ese acto los hicieran más ligeros, más fuertes… Los niños, agarrados a las manos de sus padres, iban prácticamente en volandas hacia la plaza, hacia las calles del barrio antiguo.

En las viejas calles empedradas de increíbles y empinadas cuestas, la músicas se hacía más evidente; las cornetas, los tambores, las carracas… todo ahora era triste.

Las prisas y los empujones para llegar y coger el mejor sitio, habían quedado atrás. Ahora, el silencio era el protagonista, sólo roto por un tambor que, de vez en cuando, lloraba lastimero. La carraca también lloraba su sonido triste  anunciador de lo que estaba aconteciendo y, las luces de las viejas calles, se iban apagando a medida que pasaban por su lado

.

 El impresionante silencio hacía que se te erizara la piel; ni siquiera el llanto de un niño, la tos seca de un anciano o la risa imprudente de un joven… nada, rompía ese momento mágico.  La oscuridad de las calles, la estrechez de estas, el empedrado, las casas antiguas con todas sus luces apagadas, daban la impresión de vivir en otra época, en otro momento de la historia.

Ahora, la calle se iba iluminando con la luz tenue y triste de unos farolillos que, a un lado y otro de la calle, se deslizaban como una gran serpiente que avanzaba lenta, sin prisas, hasta el infinito. El estómago encogido por la emoción y la tensión, las lágrimas de unos, la tristeza en los rostros de otros… Todo era emocionante y tristísimo a la vez.

 Hasta que apareció.

A lo lejos ya se ve Su figura; se acerca despacio, cabizbajo, humillado… La serpiente granate sigue aún avanzando con los encendidos farolillos alumbrándole  el camino. Vuelven la música y el tambor a  marcar su balanceante paso. Así, al ritmo, parece que camina por el empedrado callejón. Su rostro lo dice todo; se refleja el sufrimiento en su boca, en su mirada, en sus piernas, en sus brazos, en su espalda…  El cuerpo, encorvado, parece que caerá de un momento a otro en las frías, húmedas y resbaladizas piedras, mojadas por la lluvia que ha caído momentos antes de su salida a su penoso paseo hacía la muerte.

 Se aleja ahora Su triste y empequeñecida figura. La serpiente humana sigue su camino. Algunos descalzos, heridos, escondidos bajo sus caperuzas.  Anónimos que quieren sufrir su penitencia en silencio; quién sabe si por su hijo enfermo, su madre o por él mismo.

Él ya no se ve. Pronto llegará su fin, lo sabe. Así y todo perdonará. Se lo pedirá a Su Padre en el último suspiro, en la última mirada a sus verdugos, en la última mirada a Su Madre, que, con un puñal en el corazón, lo sigue muerta de dolor.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s