La otra. (Marta María López)

Irene entró en nuestra vida a través de una llamada telefónica que le hizo a Luis. Quería darle apoyo después de las malas –y merecidas– críticas que había cosechado su último cortometraje, el que habíamos rodado cerca de Hamburgo. Nunca llegué a saber cómo consiguió su número de teléfono, cuántas llamadas previas tuvo que hacer para que alguien se lo diera. Seguro que no fue fácil. Luis era bastante reacio a proporcionar datos personales, de manera que la gente del equipo, incluso durante el rodaje, dependía de mí si quería contactar con él en uno de los escasos momentos en los que no estaba detrás de la cámara, como cuando desapareció toda una tarde y regresó con manchas de carmín en el lóbulo de la oreja izquierda. Me dijo que había tenido que acercarse al pueblo para no sé qué cosa –por entonces vivía en una casa en la montaña– y que allí no había cobertura. A veces urdía ese tipo de mentiras, aunque por aquella época ya no estábamos juntos. Imagino que evitaba hacerme daño. La verdad es que hubiera necesitado ser imbécil para no sufrir, porque por más que él trataba de ocultarme las cosas, yo siempre lo descubría todo. Eso es lo peor de los celos: te agudizan los sentidos. Era capaz de detectar el eco ya lejano del perfume de una mujer en la ropa de Luis. Es más: era capaz de mantener viva la memoria de ese olor y descubrirlo más tarde –con el tino de un perro policía– en el cuello de una de las chicas del rodaje o en la chaqueta de aquella vecina que ya lo miraba como al caviar de la ensalada en la época en la que vivíamos juntos en un apartamento con vistas al solar donde iban a pincharse todos los yonquis de la ciudad. Por mi sexto sentido para adelantarme a los problemas –y llamo problemas a la aparición de cualquier mujer meteorito que entrara en mi órbita de influencia con el fin de colisionar contra Luis– sentí ese corte de digestión que son los celos cuando nombró a Irene.

En aquella primera llamada telefónica, ella le comentó lo injustas que le parecían las críticas que había recibido su cortometraje y que creía que en realidad muy poca gente lo había entendido. Eso me dijo Luis, con el gesto robótico que se le pone cada vez que me cuenta los halagos que le hacen, como si los engranajes de su cara refrenaran el éxtasis que siente cuando lo aplauden para que nadie se dé cuenta de hasta qué punto es vanidoso. Le dije que tuviera cuidado con ella, que había que tener cuidado con ese tipo de mujeres. Conozco a las de esa clase, dicen una palabra amable en un mal momento y acto seguido te atrapan y se aprovechan de tus debilidades. Ese era el mal momento de Luis: por primera vez la crítica se atrevía a exponer a las claras la verdad sobre uno de sus cortos, así que se lo dije con mucho tacto, al menos al principio. Ten cuidado con ella. En realidad, era yo la que tenía que tener cuidado y lo sabía. Era yo la que podía salir perdiendo.

Llevaba meses tratando de demostrarle a Luis que era su amiga, a pesar de que seguía enamorada de él y de que no perdía las esperanzas de que volviéramos a estar juntos. Imaginaba que estaba dolido por lo de Monti, que tenía el orgullo un poco pisoteado después de mi escarceo y le costaba reconocer que aún me quería. Durante un tiempo mantuve la esperanza de que fuera posible volver atrás, hasta poco después de que Irene lo llamara por teléfono.

Al principio, pensé que ocurriría con ella como tantas veces había ocurrido con otras: él escucharía ese aplauso sin criterio, dejaría que le alimentara el ego, pero no llegaría a nada más porque descubriría que era una imbécil. Pero no tardé mucho en darme cuenta de que esta vez era distinto. A Luis empezó a gustarle de verdad y lo sé porque me gritó en plena calle que ni se me ocurriera hacer chistes sobre ella o sobre su forma de actuar, que lo tenía harto con mis celos y con mi crueldad con el resto de las mujeres. Lo vi tan claro entonces… Me largué, dejándolo allí plantado, y decidí no volver a hablarle nunca. No aparecí en el ensayo del que sería su primer largometraje. Ni Luis ni nadie del equipo me llamó y me imaginaba su alivio por haberse sacado de encima ese pesado fardo de celos y reproches que era yo, su ex novia. Poco después me enteré de que le había dado el papel a Irene.

Empecé a obsesionarme con ella. Busqué en internet toda la información que pude. Me metí en su página personal, donde aparecían fotos de su book en las que supuestamente se mostraba sexy –en realidad parecía una golfa vulgar y corriente– y en la sección de comentarios le dejé algunos anónimos criticando sus escasas dotes para la interpretación o su patético estilo vistiendo, que emulaba con poca fortuna a las grandes del Hollywood de la edad dorada. Al día siguiente, todos los mensajes habían desaparecido de su página y se había establecido la moderación de comentarios.

Fue por esa época cuando entré en la peluquería para cortarme el pelo y vi a  Irene, a través del cristal, en la parada del autobús que había enfrente. Me encanta ese color de pelo, le dije a la chica que se disponía a ponerme mi tinte habitual, marrón chocolate, y a retocarme el corte de pelo bob. No sé por qué lo dije, no era cierto. Antes de darme cuenta, le estaba dando permiso a la peluquera para que me tiñera del mismo color que el de ella. En todo el proceso de separación de mechones y brochazos de tinte, sólo tenía en la cabeza a Luis.

A partir de ese momento, la ropa masculina que había usado hasta entonces quedó olvidada en el fondo del armario en favor de camisetas más ajustadas, de escotes, de faldas cortas y botas de tacón. Ese no era exactamente el estilo de Irene, el mío era más exagerado –como un travesti radical, que diría Alaska–, pero nos dábamos un aire. Tanto fue el cambio que un día, en una prueba, un director de casting que me vio de espaldas me confundió con ella. Se parecen, pero es más vulgar que Irene, escuché que decían cuando pensaban que no los estaba oyendo. En ese momento de lucidez me hubiese cambiado el color de pelo a mi marrón chocolate de siempre si no hubiera sido por el contrato que había firmado para aparecer en varios capítulos de la típica serie de médicos que estaba tan de moda en esa época y que me obligaba a no cambiar el aspecto en un tiempo.

Se me veía distinta y me sentía distinta. El pelo, la ropa, todo. Fue mi época más promiscua –y más triste–. Salía mucho y no me lo pensaba demasiado para acostarme con cualquiera que me invitase a una copa. Entonces, un año después de mi gran cambio, conocí a Arturo –dos meses después de que Irene y yo nos encontráramos frente a frente (las dos tan pelirrojas y tan entaconadas) en la fiesta del hotel Purple ofrecida por una productora en honor a su último fichaje estrella, un director jovencísimo y muy Bukowski–. Arturo y yo nos acostamos algunas veces, nada serio al principio, pero a mí me gustaba bastante. Me recordaba mucho a Luis, la misma sensibilidad en los dedos para acariciar, la misma mirada golosa al hundir la cabeza entre mis piernas. Fue el primer hombre en casi dos años al que permití entrar en mi casa y quedarse a dormir. El primero, después de Luis, al que enseñé mi colección de muñecas Blythe, ésas que tanto aterrorizaban a mi hermana pequeña cuando apagábamos la luz del cuarto para dormir. Él estaba mal cuando lo conocí. Se había enamorado de una mujer que amaba a otro, eso fue lo que me dijo, y a veces se pasaba horas enteras en mi casa sin decir nada, tumbado en la cama, hecho un nudo de tristeza. Yo también le hablé de Luis y de la zorra que lo había separado de mí. Obvié los detalles escabrosos, como que había hecho una labor detectivesca para saber todo sobre ella o que me había ido transformando poco a poco en mi enemiga sin saber muy bien por qué. Ya no volveremos a ser los que éramos, solía decirme, teatral y triste. Después hacíamos el amor y me miraba como si viera a otra persona.

No sé cómo no me di cuenta de quién era la mujer de la que estaba enamorado Arturo y por qué no le costaba recordarla cuando se quedaba mirándome muy quieto, pensativo.  De hecho, hacía tiempo que la gente me confundía con Irene, como en aquella fiesta en el hotel Purple. Allí me encontré frente a frente con Irene. Las dos íbamos pelirrojísimas, con tacones altos y vestidos negros escotados. Sólo eres una copia absurda, me escupió Luis entre dientes, en cuanto me vio, tratando de no perder las formas delante de la gente. También me preguntó si no me daba vergüenza y me llamó loca. Me hace gracia acordarme de eso ahora, que ellos ya no están juntos y él es el mismo loco que era yo entonces; no la persigue ni le implora, pero también hace el ridículo, encerrándose en casa, representado su papel de lastimero sufridor. Nunca superaré esto, me dice ahora que ha vuelto a hablarme, ya nada será igual. Y me lo dice a mí. A mí. No lo mando a la mierda porque aún tengo esperanzas de que lo nuestro vuelva a ser lo que una vez fue, aunque él no sienta nada por mí y yo ya no sepa ni lo que siento.

Me destrozó que ella volviera a irrumpir en mi vida de ese modo, después de haber dado a Luis por perdido. Fue una tarde de principios de diciembre. Arturo y yo tomábamos algo en un bar del barrio y vimos a Luis y a Irene paseando a un perro. Yo no había llegado aún a ese punto en el que miras con indiferencia a alguien a quien amaste. Todavía me pregunto si lo lograré alguna vez. Es ella, dijo Arturo, y yo le respondí –asustada por tantas casualidades, con lo grande que es esta ciudad– que el hombre que la acompañaba era Luis.Mi Luis. Hay cosas que irremediablemente ponen un punto y final. Esa noche, al volver a casa, le dije a Arturo que no subiera.

Los días pasaron lentos a partir de entonces. Ya casi no pensaba en Luis. Extrañaba a Arturo, sus llegadas intempestivas en mitad de la noche, cargando una bolsa con cervezas, fritos de maíz y geles lubricantes con sabor a frutas. Quería terminar de una vez el rodaje de los capítulos de esa serie de médicos y que me obligaba a no cambiar de aspecto. Ser otra vez marrón chocolate y no pelirroja, sólo eso. Rescatar del fondo de los cajones mi ropa amplia y ser de nuevo la Carmen Correas de siempre. Pero la vida es así de puta: un día estaba probándome unas botas en la zapatería de un centro comercial y vi pasar a Arturo por delante del escaparate. Salí corriendo, con una bota puesta y el otro pie descalzo, cojeando como un zancudo carnavalesco que no tiene buen equilibrio. Sólo me dio tiempo a saludarlo antes de ver que iba de la mano de una chica con el pelo marrón chocolate y un corte bob. De hecho, se parecía bastante a mí, a la que yo había sido. Tardé unos instantes en darme cuenta de que era Irene y de que me miraba con cierta burla, con ese gesto torcido de los que creen haber llegado a un lugar que tú ni siquiera sabes que existe. 

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14 respuestas a La otra. (Marta María López)

  1. Isabella dijo:

    Me encantó… Muchísimas felicidades…

  2. Me parece un relato brillante, con un lenguaje cuidado y exquisito y escrito con la dosis de mala leche que se le imagina a una mujer celosa. El final me encanta. ¡Tienes mi voto!

  3. Muchas gracias, chicas. No sabéis cuánto me alegro de que os haya gustado. Un abrazo.

  4. Mencia Ososrio dijo:

    ¡Qué bueno! Me encanta el descaro con el que escribes. Enhorabuena y mucha suerte.

  5. Me ha gustado. Mucha suerte!!

  6. Sonia LLinares dijo:

    Felicidades Marta, me ha gustado muchisimo. me encanta como lo has contado. Enhorabuena.

  7. Muchas gracias, María y Sonia. Un abrazo fuerte.

  8. Uff muy bueno, con un lenguaje pensado y elegante para una historia muy fuerte. Que buen manejo de adjetivos y puntuación.

  9. Me ha gustado tu relato, Marta. Describes fácilmente emociones complejas: Esos obsesivos celos…!! Felicidades.

  10. ANA AMIGO PARDO dijo:

    Muy buena historia.

  11. Belinda dijo:

    Me ha parecido un relato estupendo, muy bien escrito. Enhorabuena!

  12. Muy buen relato, por un momento creí adivinar el final pero me sorprendió. Me gusto mucho, felicidades!

  13. Enhorabuena por el merecidísimo triunfo. Un relato espectacular

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