La Fuente de su Deseo. (Agustín González Calderón)

Sabía que lo que estaba haciendo era incorrecto, incluso ilegal. Si lo sorprendían podían denunciarlo ante las autoridades y estaría metido en graves problemas.

Su frente estaba perlada de un sudor frío, sus manos temblaban presa de una mezcla de nerviosismo y excitación que se apoderaba de sus emociones en ese instante.

Semanas antes había logrado que Clara le facilitara la llave para entrar a su apartamento gracias a unos documentos olvidados por ella; por supuesto Raúl se ofreció a ayudarla para que ella no tuviera problemas en su trabajo. En cuanto tuvo la llave en sus manos lo primero que hizo fue correr con el cerrajero más cercano y obtener una copia. Aquel día sintió la tentación de hurgar en el apartamento de Clara, sin embargo se contuvo metiendo en su cabeza la idea de que más adelante tendría la oportunidad de hacerlo con más calma.

Clara lo tenía loco desde la primera vez que la vio cuando ella se mudó justo al apartamento frente al suyo, tal fue el impacto que no tuvo el acierto de ofrecerse para ayudarla a acomodar sus muebles pues al verla quedó petrificado. A partir de ese momento no pensó en ninguna otra mujer que no fuera ella.

Intentó estar al tanto de todo lo que ella hacía, donde trabajaba, sus horarios de salida y regreso al edificio donde ambos vivían, con quienes entraba o salía del mismo. Buscó tener amistad con ella, y logró pasar tiempo a su lado invitándola a tomar el café, al cine, e incluso logró que lo acompañara en su apartamento para ver alguna película.

Pero no logró concretar una relación más íntima con ella.

En cambio, fue mudo testigo de cómo ella parecía estrechar lazos con alguien más, alguien a quien él sólo llego a ver de espaldas desde la mirilla de su propia puerta cuando llegaba junto a ella a su apartamento. Algunas veces escuchó su voz mientras jugueteaba con ella en las escaleras del edificio. Ansiaba saber más: ¿Quién era él? ¿Qué tipo de relación tenía con ella? ¿Eran pareja?

Sin embargo nunca logró que Clara le contara algo sobre él y, en vez de eso, la distancia entre ellos era cada vez mayor. Y eso hacia arder más su sangre.

No sabía casi nada de aquel sujeto y ya le odiaba.

Más de una ocasión los imaginó dentro del apartamento de ella, fundidos en intensos abrazos, besándose con pasión, volviéndose uno sólo de todas las maneras posibles; mientras el sufría en la oscuridad y soledad de su apartamento. Más de una ocasión terminó de rodillas en el suelo tras la puerta muriendo de desesperación al ver tras la mirilla a Clara llegar a su casa acompañada de aquel sujeto bromeando, riendo, abrazándose. Ella encantadora, siempre vistiendo faldas o vestidos cortos para provocar el deseo de aquel que para Raúl era un idiota. Y lo sabía porque a él también lo tenían cautivado las hermosas piernas de Clara desde la primera vez que la vio.

Se sentía hechizado por ella, por su figura, su cabello, su forma de vestir. Como disfrutaba verla con la ropa que vestía para ir a trabajar que en su mayoría consistía en faldas acompañadas de medias en colores oscuros y zapatos de tacón alto lo que disparaba sus fantasías sexuales y le hacía desear satisfacerlas con ella. Se soñaba así mismo siendo complacido por ella, acariciando sus piernas, poseyéndola una y otra vez. Cada día la deseaba más y más, excitándose a sí mismo mientras en su mente proyectaba imágenes de los encuentros  amorosos que, estaba seguro, algún día tendría con ella.

Sin darse cuenta empezó a llegar tarde a su trabajo con tal de esperar a que ella saliera de su apartamento y así poderla espiar. Si la veía vestida de pantalón se sentía defraudado; si, por el contrario, salía con falda y medias, de inmediato su mano terminaba frotando sus genitales y en su mente proyectaba una escena imaginaria donde la hacía suya.

Lentamente abrió la puerta del apartamento, como si temiera que alguien lo viera. Una vez dentro la cerró con el mismo cuidado.

Sin perder tiempo se dirigió a la recámara de Clara seguro de que ahí encontraría lo necesario para saber quién era aquel a quien tanto odiaba y que sentía ella por él mismo. Admitía que una parte de él guardaba la esperanza de conquistar a Clara.

La recámara era terreno desconocido, había estado el apartamento invitado por Clara pero nunca se la había mostrado. Se encontró con una habitación muy ordenada, con una mesita de noche junto a la cama, un clóset de puertas corredizas, un entrepaño sobre el que descansaban algunos libros y un par de botes plásticos: uno pequeño para la basura y otro más grande al que le retiró la tapa para ver que su contenido era la ropa sucia de clara.

Sus ojos brillaron al ver sobre la cama el celular de Clara. De inmediato lo tomó y, en lo que consideró una situación afortunada, comprobó que no estaba bloqueado.

Sintió aumentar la frecuencia de sus latidos mientras sus ojos repasaban los mensajes de Clara. Al fin comenzó a encontrar lo que buscaba en la forma de conversaciones que subían de tono paulatinamente con alguien a quien ella tenía registrado en su agenda como “Montes”. Eran intercambios de mensajes donde “Montes” la invitaba a estar con él, donde él le hablaba de lo “sabrosa” que estaba, dónde la incitaba a tener sexo con él, donde él le confesaba sus deseos de “sentir su pene en sus entrañas”.

Raúl temblaba de rabia, de celos, de odio. Quería lanzar el maldito teléfono celular contra la pared, pero le contenía el deseo de saber más de ellos.

Encontró un mensaje revelador. Ella le pedía verlo un sábado, le pedía que salieran juntos pero él no podía. En su respuesta hablaba de que ya tenía un compromiso al que tenía que acompañar a su esposa e hijos. Era casado.

Clara no era más que la amante de aquel sujeto. Y Raúl que la deseaba tanto había tenido que mantenerse al margen de ello. Su odio ahora apuntaba también hacía ella por preferir a un tipo comprometido por encima de él que estaba soltero y también la deseaba.

Siguió revisando los mensajes del teléfono de Clara y encontró envíos de fotografías y videos que ella había hecho. Eran fotos de ella misma posando en diversas posiciones muy sugestivas sobre una cama, vistiendo únicamente tanga y medias negras. Raúl se excito al momento sintiendo la erección debajo de sus pantalones. Así era como la había imaginado en sus muchas fantasías eróticas y de inmediato cerró los ojos para verse a sí mismo teniendo sexo con ella. Su mano frotaba su pene por encima de la ropa mientras su mente le proyectaba esa película erótica donde él y Clara eran los  protagonistas.

Dejó el teléfono sobre la cama para seguir su inspección sin dejar de frotarse para no permitir que su excitación pasara.

Abrió el bote de ropa y revolvió su contenido hasta que encontró lo que pensaba que podía haber ahí: un par de medias. Tal era su obsesivo deseo que no dudo en tomarlas y llevarlas a su rostro para disfrutar su tersura, para sentir el olor de la intimidad de Clara. No  aguantó más su propia excitación y bajó sus pantalones para masturbarse usando las medias que acababa de encontrar. Y mientras lo hacía se imaginaba a si mismo haciéndole el amor a Clara apasionadamente. Habían sido meses de tensión, de deseos contenidos, de desesperación y enojos, de imaginarse a Clara en brazos de otro. Se masturbó con enojo, con rabia, hasta terminar descargando todos sus fluidos sobre las medias de Clara, como si con ello se vengara contra ella por esos malos momentos que había pasado por su causa, como un sustito al hecho de no poder tener una relación con ella.

Cayó de rodillas sin dejar de frotar su pene con las medias Clara. Abrió los ojos con lentitud dejando de masturbarse al mismo tiempo. Se incorporó y volvió a colocar sus pantalones en su sitio. Las medias volvieron al bote de ropa sucia sin importarle haberlas dejado más que sucias, esa era su venganza contra Clara.

Sobre la mesita estaba el bolso de Clara. Buscó dentro de él para encontrar una hoja de papel doblada, era una carta. Raúl leyó su contenido con atención para volver a sentir su corazón latiendo cada vez más rápido. Al final el papel se deslizó de sus manos y de sus ojos brotaron un par de lágrimas.

La visita había terminado, trató de dejar todo tal como lo había encontrado al llegar: el teléfono, la ropa sucia, la bolsa, y la carta que momentos antes había tenido en sus manos. Miró desde la puerta antes de salir, observó todo con calma mientras apretaba el puño conteniendo un gran coraje dentro de sí. Esa carta lo había tocado, tan rápido como había empezado a odiar a Clara ahora sentía pena por ella. Regresó a su propio apartamento tratando de ser tan sigiloso como al principio.

Algo se había removido dentro de él tras leer aquel papel en el apartamento de Clara, ella había escrito esa carta pensando en su amante. En ella le describía sus sentimientos, le hablaba de cómo deseaba vivir su vida con él. Quería dejar de ser “la amante”, “la sabrosa”, “la de las buenas piernas”; quería sentirse amada y no solo deseada. Ella le confesaba que se había acercado a él usando el sexo como arma para obtener a cambio un poco de cariño y de atenciones. Eso doblegó el corazón de Raúl; era cierto que él también la deseaba, pero habría podido darle también las atenciones que ella pedía. Sin embargo, ella había escogido a aquel sujeto casado, y eso nunca lo entendería. Solo tenía lo que al principio: la soledad de su apartamento y la vista por la mirilla de la puerta.

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3 respuestas a La Fuente de su Deseo. (Agustín González Calderón)

  1. Elena dijo:

    Muy buen texto, sin duda.

  2. Pingback: La Fuente de su Deseo | Mis Relatos Ocultos

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