El cambio. (Mateo Redondo)

-Me queda poco.

Así me lo dijo con una sonrisa mientras se dormía.

Habíamos acudido a una llamada de urgencia, al parecer una mujer mayor había activado la alarma de su pulsador.

La vecina nos abrió la puerta, encontramos a la mujer en el suelo.

-Me he caído-, nos dijo.

Tras una minuciosa revisión, comprobamos que el golpe le había restado movilidad en las piernas, con lo que decidimos llevarla al hospital en la ambulancia.

-¿Puede acercarme esa caja metálica?-, me preguntó mientras la acomodábamos en la camilla.

De ella sacó algo que introdujo en el bolsillo de su bata y me rogó que volviera a dejar la caja en su sitio.

Un tenue “gracias” salió de sus labios.

Ya en la ambulancia y de camino al hospital me enseñó los objetos que había guardado.

Me quedé asombrado al verlos, la mujer se llevaba de su casa un pequeño colorido antifaz de carnaval, una cajita pequeña y un click de famobil.

-El antifaz me recuerda mi juventud-, me reveló. -El pequeño muñeco me recuerda a mi nieto, me lo regaló él para que pudiera jugar y no me aburriera.

Después abrió la cajita y me mostró las amatistas que contenía, sus tonos violáceos se reflejaban armoniosamente.

-Me hace recordar los viajes que realicé, a mi familia, una gran parte de vida, -me explicó con dulzura.

Lo único que pude referirle fue que ese color había oído que era el de las mujeres.

Ella no debió oír mi comentario, estaba ausente, en sus recuerdos; cerró los ojos, mientras abrazaba sus ‘tesoros’.

 

La anécdota que había vivido aquel día, había acentuado en mí el replantearme mis prioridades, necesitaba charlar con mi novia.

Era jueves, este día nos encontrábamos después de que ella cerrase la boutique dónde trabajaba, como yo terminaba antes que ella, me daba tiempo de pasar por mi apartamento, ducharme y cambiarme de ropa e ir a buscarla; normalmente íbamos a cenar a algún bar o restaurante, a veces la cena consistía en comida rápida, otras bocadillos, ensaladas y a veces tan sólo un refresco o infusión, también en algunas ocasiones preparábamos algo en el apartamento, cenábamos viendo alguna película y ella se quedaba a pasar la noche. En eso somos metódicos, organizados, nos habíamos acostumbrado a realizar las cosas de manera planificada, a veces rozábamos la monotonía.

Llegué a la puerta de la tienda unos minutos antes del cierre, a través del escaparate pude verla, me situé cerca y esperé.

En mi mente reviví las imágenes y las palabras de aquella anciana, deseaba sentir esa paz, esa sensación de tener en mis manos lo más importante de mi vida, recordarlo con pocos objetos.

Al rato ella salió y se encaminó hacia mí.

-¡Hola! –le dije mientras nos dábamos un beso. La besé con suavidad, como si fuera la primera vez. El beso fue más prolongado de lo habitual de cuando nos encontramos.

-¿Estás bien?

-Supongo que sí, solamente que hoy te he tenido más en mi pensamiento.

-Hace frío, vamos al Café de Sara y me explicas cómo es que piensas tanto en mí.

Con nuestras manos entrelazadas nos dirigimos al bar, el cual estaba relativamente cerca.

Al llegar nos acomodamos en nuestro rincón preferido, allí podríamos hablar discretamente.

Sara regentaba aquel local, tanto a Neus como a mí nos gustaba mucho, solíamos acudir a tomar café, infusiones, bocadillos vegetales. Era muy simpática y agradable, su rostro denotaba bondad, tal vez su edad rondase los cincuenta años, pero tenía un tipo que muchas jovencitas envidiaban, era muy reservada en cuanto a sus relaciones (si las tenía), lo único que sabíamos es que era divorciada, y que tenía una hija casada que vivía en Madrid; el local siempre estaba muy limpio y había un buen ambiente.

Mientras Sara nos tomaba nota, no dejaba de mirar a Neus, me había embelesado fijándome en sus labios, en sus ojos, en su rostro, en su largo cabello, negro, ensortijado.

-Normalmente llegas a la tienda antes, me saludas, me dices que ya has llegado y me esperas. Pero hoy, tan solo me has esperado. ¿Va todo bien?

-Sí, me he entretenido por el camino.

-El beso con el que me has saludado no ha sido como los de siempre. Ahora me has estado mirando como si me estudiases. Enric…empiezas a preocuparme.

-No quería darte esa impresión –le dije mientras acariciaba su mejilla. –Sólo es que me he dado cuenta de que me gustaría estar más tiempo contigo, cada día más, no sé, tal vez voy deprisa, tal vez vamos despacio. Cada día veo situaciones en las que muchas personas hubieran deseado estar más tiempo con los seres que aman, y yo entonces me doy cuenta de lo que te añoro, durante el día, cuando me levanto, cuando me voy a dormir, empiezo a pensar en las cosas que podríamos hacer juntos, ahora sólo tengo sueños, ilusiones, y me gustaría tener hechos, realidades, las cuales después se conviertan en recuerdos, en vivencias, en plenitudes.

-¿Qué propones?

-Qué voy a proponer, pues que vivamos juntos, tal vez parezca una obsesión de hoy, pero no es así. Supongo que es algo que llevo dentro, pero en el transcurso del día se ha disparado.

-Parejita, aquí tenéis lo que habéis pedido. ¡Que aproveche!

Gracias Sara, respondimos los dos al unísono.

-A ver, ¿qué me estás diciendo?

-Lo que no te he dicho cada día. ¡Te quiero! Y me gustaría vivir junto a ti, la vida no es infinita y no deseo tener días vacíos, sólo días plenos, pero contigo. Esto es la prueba de lo que te digo –le decía mientras le entregaba un pequeño estuche aterciopelado.

Ella se lo quedó mirando, con un gesto incrédulo, por un momento pensé que ni si quiera lo abriría, esa fue mi sensación después del rato que estuvo contemplándolo entre sus dedos, también me vino a la mente la idea de que me lo devolvería.

Pero ya no había marcha atrás, o todo o nada, ya no éramos unos colegiales, rondábamos los treinta.

Por fin lo abrió. Miró lo que contenía y sin dudarlo se colocó la sortija en su dedo corazón, el brillante producía reflejos cuando movía la mano. No le iba apretado, tampoco holgado, la dependienta de la joyería había acertado con el diámetro.

Ella seguía mirando la joya.

-Entonces es un ¡Sí!, o son calabazas.

-Acércate.

Me beso suavemente y fue creciendo en intensidad, cuando nuestros labios se separaron sus ojos brillaban, sus labios sonreían y la encontré extraordinariamente bella; sentí paz en mi interior, me había desahogado contándole lo que sentía, lo que deseaba.

Nos tomamos el sándwich, despacio, mirándonos, cogidos de la mano.

-Eres odioso, yo preocupada, pensando que te alejabas de mí, el beso, tu manera de mirarme. Me has preocupado, parecías obsesionado con algo.

-Espero que no, pero cuando te quedas a dormir alguna noche, la habitación tiene tu aroma, y a la siguiente noche, cuando tú no estás, te busco despierto, te busco en sueños, me cuesta descansar. Comienzo a pensar en ti, en nosotros y la habitación se me hace extraña, gélida, incompleta, me quedo con ganas de llamarte por teléfono, para oír tu voz, para comentarte cualquier cosa, para poder hablar contigo.

-Eres un caso, no sé lo que hoy has visto con exactitud, pero lo agradezco. Dame un beso de estos que das ahora.

Nos besamos y mis manos acariciaron su cabello, luego fueron bajando hasta su cintura, cuando comencé a buscar partes más sensibles me cogió las manos, me miró con una fina sonrisa y me dijo:

-Luego, cuando estemos solos seguiremos. Ahora hemos de irnos.

Mientras buscaba en mi cartera el dinero necesario para pagar, Neus le enseñaba a Sara el anillo.

-Mira, estoy prometida.

-¡Felicidades!

-Aunque tengo mis dudas –le dije a Sara. –No me ha dicho que sí.

-¡Ah! Lo quieres con palabras, el beso que te dado no te ha bastado –me respondió Neus.

-El beso ha estado muy bien, ha sido una dulce respuesta.

-Bueno esta noche –comenzó a decirme mientras se cogía a mi brazo. No solamente me tendrás que acompañar a casa de mis padres, sino que también te vas a quedar y vamos a explicar nuestro proyecto. Luego tú y yo, nos vamos a dedicar a realizar planes, dónde, cómo, con ceremonia, sin ceremonia. Porque doy por hecho que tú ya has planificado algo, ¿verdad?

-Por supuesto.

-Luego lo hablaremos, estoy deseando llegar a casa, contárselo a mis padres y acto seguido dar la noticia a mis amigas. Cógeme por la cintura con fuerza.

Se soltó de mi brazo y nos entrelazamos cogidos por la cintura. Nos miramos y me besó.

-Te quiero, prometido mío. ¿Contento?

-Más que eso, ¡Feliz! –le respondí.

Juntos seguimos caminando, sonriendo, con ilusión, enamorados, y en mi caso repasando los planes que había ideado y que tenía que exponerle a ella, mientras la humedad de la noche se notaba en el pavimento, haciéndolo menos sólido a mi vista, y dándome la sensación de andar por encima de las aguas.

Más obras del autor en http://mateoredondo.blogspot.com.es/
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