La ilusión de Lucía. (Sónia Llinares)

He aquí una leyenda tan difundida como incierta:

 

Kaldi, un pastor Abisinio, fue el primero en observar el efecto tonificante, que unos diminutos frutos rojos causaban sobre sus cabras después de haberlos consumido.

Convencido como estaba, que eso no podía ser bueno y dudando de si el efecto causado no sería cosa de malos espíritus. Ante tal desconfianza decidió, llevar una muestra de los frutos y las hojas a un monasterio cercano y que fuesen los monjes los que aportaran luz a tal misterio.

Más por curiosidad que por necesidad, los monjes cocinaron los frutos y las hojas. Al probar el brebaje resultante y encontrarlo tan amargo como la hiel, arrojaron lo que quedaba del líquido y los frutos a la hoguera.

Los granos a medida que se quemaban iban desprendiendo un agradable aroma. De este modo, fue como se les ocurrió a los monjes preparar el brebaje después de haber tostado los granos. Mejunje que poco a poco evolucionó hasta la bebida que hoy en día conocemos como: café.

 

Esta leyenda, que Lucía conserva escrita, en un marco encima de su escritorio, por lo curioso del asunto, se la contó de niña su bisabuela Silvina, madre y ama de casa de profesión las veinticuatro horas del día y prosista de vocación a tiempo sobrante.

El poco tiempo que dedicaba a anotar las leyendas, fábulas o historias de viejos que las voces más sabias del lugar se recreaban en contar, era cuando Silvina se sentía libre, exenta de obligaciones maritales y maternales. En esos efímeros instantes sólo existía: una historia que contar y ella dispuesta a escucharla.

El día que disponga de un poco de tiempo pasaré las páginas acumuladas a limpio, las ordenaré, con cuidado las coseré con hilo de seda del bueno. Del que guardo de mi madre Isabel. Y en la portada bordaré el título: Andanzas de mi tierra.

 

Se decía para sí un día tras otro. Eso nunca ocurrió.

Ahora, cincuenta y tantos años después, es mi amiga Lucía la que ha continuado con la labor que empezó su bisabuela.

El orden de los relatos le ha costado varios meses de insomnio, pero por fin lo ha conseguido.

El primer puesto. Tiene el honor de encabezar el recopilatorio: la leyenda del café.

Aunque es la única que no sucedió en su región, es con esta leyenda con la que a su bisabuela le picó el gusanito de la lectura y la pasión por transcribir las historias que hablan de su tierra, de sus gentes, de sus antepasados, de sus raíces.

Con la portada impresa y no bordada las ha colocado por orden alfabético, una tras otra, hasta llegar al número cincuenta y seis, la última que su bisabuela había tenido el placer de escuchar. Ahora con su trabajo casi finalizado quedaba la parte más ardua para cualquier escritor, aunque Lucía no lo sea, hay que convencer a una editorial que lo expuesto en el libro merece la pena ser leído. Nos sumerge en el saber popular que tanto enriquece al lector…

Que no se lo planteen como mera utopía…

 

¿Quedará en un sueño, la ilusión de Lucía?

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