El hombre del crucigrama. (Arturo Daussá Lapuerta)

   Aquel año de 1876 fue especial en Falkenstein, no solo para el pueblo sino para mí.

   Ese año el doctor Peter Dettweiler inauguró el sanatorio para tuberculosos, era un edificio  gótico de ladrillos rojos, rodeado de bellos jardines, fuentes y pequeños estanques con peces de colores.

   Desde la reja se veía la amplia terraza cubierta con unos toldos de color crema. Estos protegían una batería de sillas reclinables donde reposaban los pacientes. A su lado había  unas escupideras portátiles de vidrio de color azul, perfectamente disimuladas tras unos paños blancos.

   Precisamente se decía que el doctor Dettweiler había mejorado el tratamiento de su profesor el doctor Hermann Brehmer, considerado como el padre de ese nuevo sistema de sanación, al haber fundado el primer  sanatorio en la Silesia diez años antes.

   Pero debo explicaros primero como era mi pueblo antes de ese evento. Falkenstein está situado en el condado de Land Hessen, relativamente cerca de Frankfurt.

   Rodeado por bosques frondosos que pueblan los montes Taunus, su altura de 400 metros permite respirar un aire puro y limpio motivo para la elección de la casa de curación, como la llamaban algunos. Ese ambiente propicia la ventilación de los pulmones y la altura acelera el bombeo de sangre, cosas que ayudan a sanar la terrible tuberculosis.

   Como habréis adivinado poca cosa ofrecía el lugar para un joven cómo yo, que con quince años soñaba que Berlín era como la meta del mundo.

   Pero claro la llegada del sanatorio cambió todo, dio trabajo para cocineras, camareras, sirvientas, enfermeras, talleres para los carruajes, maleteros, mozos de cuadras, jardineros y otros empleos, pero ninguno de esos trabajos me gustaba.

   Para evitar el aburrimiento supino de los enfermos, se organizaron partidas de cartas sobre todo de Skaf y aún de Schafkopf (aunque ese juego fuera típico de Baviera), además parchís, damas y la oca. En los jardines una rudimentaria bolera para los más osados. Finalmente en otro grupo ya más reducido ajedrez, crucigramas y jeroglíficos. Para estos últimos se editaban unos boletines especiales para el sanatorio que se entregaban los martes y los jueves, como una especie de diario particular donde aparte de venir los nuevos retos, contenía la soluciones de los anteriores y de relleno un parte meteorológico, el horóscopo y ocasionalmente alguna cosa de poca relevancia.

   Precisamente ahí es dónde entro yo. En la trastienda del local que vendía los diarios, libros y papelería, había una vieja Minerva de un cuerpo, donde se imprimía la hoja dominical de la parroquia, y ahora el diario del sanatorio. Fue por ese motivo por el que empecé a trabajar. Tuve que hacer de linotipista, impresor, doblador y repartidor, en fin todo el proceso.

   Lo que os tengo que contar podéis estar seguro que es la pura verdad.

   Lo recuerdo como si fuera hoy mismo, Herr Kellen Maurer, a juzgar por su apellido posiblemente de familia masona, era un hombre de aspecto intelectual. Tenía una incipiente calva que se compensaba con un bigote caracoleado y unas largas patillas, llevaba unas grandes gafas de pasta que le tapaban media cara, pero sin esconder una mirada esquiva y nerviosa que habían visto pasar algo más de ocho décadas.

   Yo sabía por Ángela, una camarera que cortejaba, que la habitación 111 que ocupaba  Herr Kellen olía a cuero de baúl viejo, que compensaba el olor a las caballerizas que estaban cerca y que cuando soplaba viento del sur inundaba con aroma a cuadra.

   Ese cuarto estaba en la primera planta a cien metros de la entrada posterior de los servicios, y siempre tenía la persiana de la ventana medio cerrada.

   Herr Kellen llegó a tener el apodo de el adivinador cómo pronto conoceréis.

   Resulta que Herr Kellen estaba todo el tiempo extremadamente triste, no había manera de que acertara ningún jeroglífico y menos un crucigrama; una de las distracciones del aburrido sanatorio era la crítica de los demás compañeros de enfermedad, de modo que pronto fue diana de escarnios sobre su poca capacidad intelectual, rayando para algunos el calificativo durísimo de ser lo que se empezaba a conocer como un borderline. A mí eso que me explicaba Ángela me producía mucha rabia, y me imaginaba lo feliz que sería ese hombre si tuviera una mejor habilidad semántica, me crucé con él varias veces en el jardín y parecía un alma en pena.

   Pero todo cambió para él a finales de septiembre, cuando empezó de golpe a solucionar con éxito los crucigramas y los jeroglíficos bisemanales, de una manera pulcra e indiscutible. Recuerdo la fecha perfectamente porque esa semana, la última de septiembre, era muy celebrada en el pueblo. Imitaba un poco las celebraciones tan famosas del Oktoberfest de Munich, en ese jolgorio di mi primer beso a Ángela, dicho sea de paso.

   Al principio pocos hicieron caso arguyendo que esos acertijos de Herr Kellen, se debían a una racha de buena suerte, pero al paso de las semanas, esa circunstancia se extendió no solo por el sanatorio sino también por el pueblo que pocas cosas tenía que comentar, por ejemplo un señor de Baviera que acertaba con éxito los boletines del sanatorio, pasó de ser un borderline a un genio en menos de ocho semanas.

   Las señoras se acercaban a preguntarle sobre sus horóscopos de los próximos días, y los que jugaban a los bolos sobre el tiempo. Inexorablemente siempre acertaba en sus previsiones.

   La cuestión es que su fama llegó hasta Frankfurt y aún más allá al salir  publicado un artículo sobre él en el Bild. Tanto es así que no solo fue proclamado ciudadano de honor de Falkenstein, sino que un equipo de eminencias médicas y otras disciplinas científicas, tenían la intención de desplazarse para estudiar este fenómeno que se empezaba a conocer con el nombre Prophête. No sé por qué esa moda de nombrar las cosas en francés, cuando tengo entendido que aquello era un fenómeno de paramnesia o un nombre parecido —yo no soy médico— que eso del prop… no sé qué, es algo como que se puede ver el futuro, pero en fin este siglo de 1800 era así de cursi.

   El examen de esa rareza se realizaría al día siguiente de la gran recepción que se había preparado para obsequiar al equipo de sabios, al mismo tiempo que se homenajeaba a Herr Kellen con la entrega de la llave de la ciudad.

   Todo estaba a punto, una banda de música, una tarima, el atril para los discursos y un pequeño refrigerio en el Rathaus, (bueno creo que aquí lo llamáis casa consistorial o algo así). Y no sólo eso sino que en el sanatorio habían extendido entre los toldos unas guirnaldas prendidas de banderitas de colores y de naciones, y según me explicaron hasta en la recepción habían cambiado el ficus por otro más grande y frondoso.

  La mañana del evento Herr Kellen no se presentó a tomar su café ni su desayuno, al principio nadie le dio más importancia, todo el mundo comentaba que serían los nervios del homenaje que le mantenían en la cama.

   La realidad era que estaba fiambre, bueno perdón, quiero decir muerto, yo siempre sospeché que quizás algún envidioso ayudó un poco a acelerar a la naturaleza para que cerrara el ciclo. El caso es que Herr Kellen Maurer, o si se quiere el adivinador, pasó a mejor vida. Hoy ya nadie se acuerda de él, y apenas queda rastro de ese sanatorio que la vacuna contra la tuberculosis se encargó de proporcionar la piqueta.

   Como se suele decir ha llovido demasiado, he visto hundirse el Titanic, pasado dos cruentas guerras y este año Cuba ha empezado una revolución entre otras muchas cosas, y todo esto mientras yo leía el periódico tomando mi café. Además he acunado cinco nietos, creo que son suficientes vivencias que me otorgan licencia para confesaros el verdadero misterio de la leyenda del adivinador, que algunos de vosotros habréis adivinado, y valga la redundancia.

   El trabajo en la imprenta con aquella vieja Minerva, aparte de embadurnarme de olor a tinta y papel, no me dejaba festejar a Ángela debidamente, tenía que remediar eso, así que se me ocurrió hacer en un solo día las dos impresiones, de manera que siempre tenía editada por adelantado la edición del próximo día, la que llevaba las soluciones de la edición anterior.

   Os aseguro que fue por casualidad que aquel martes, seguramente por los nervios de las fiestas de septiembre, se me colara un número del jueves próximo entre la entrega del martes.

   No sé cómo ni de qué manera debió llegar ese ejemplar a manos del adivinador, pero así fue. A partir de aquel día y viendo que eso hizo feliz a Herr Keller, cada martes y cada jueves entregaba los ejemplares del día en recepción, daba la vuelta al edificio hacia las caballerizas y dejaba caer por la ventana de la 111 un ejemplar del próximo día, esa persiana era cómo un buzón de la sorpresa.

   Ahora cada vez que sentado en la cafetería, oliendo pan tostado y café recién hecho, veo a alguien haciendo el crucigrama me acuerdo del adivinador.

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5 respuestas a El hombre del crucigrama. (Arturo Daussá Lapuerta)

  1. Mayte Sánchez Sempere dijo:

    Me gusta sobre todo el ambiente, muy decimonónico. Buena historia. Suerte 🙂

  2. manolivf dijo:

    Una historia muy lograda. Muy bien retratado el ambiente, excelente tono. Haces que el lector sienta curiosidad por lo que pasa y a la vez creas complicidad. Mi enhorabuena.

  3. Mar dijo:

    Muy buen relato. ENHORABUENA

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