Café sin cigarro. (Carlos está en crisis)

El despertador sonó a las 10 de la mañana como casi todos los días. Cuarenta minutos después, tras posponer la alarma varias veces, Carlos se levantó de la cama y con los ojos aún cerrados se dirigió a la cocina andando como un zombi para prepararse un café. Anoche estuvo hasta tarde en el bar de abajo, la cabeza le daba vueltas y su propio sabor de boca le producía arcadas. Encendió la cafetera para que se calentara ese caldo negruzco que llevaba descansando más de dos días en la jarra de cristal y al que poca gente le concedería el honor de llamarlo café. Abrió uno de los armarios de la cocina y buscó un Ibuprofeno.

Carlos no solía comer nada en el desayuno, su filosofía era que para la mierda que hacía por la mañana con un café le bastaba. Pero hoy tenía la boca especialmente pastosa y amarga como para beberse el café en ayunas, así que echó un ojo dentro de su triste nevera y sacó el último yogur que quedaba, caducado hacía un mes. Fue hacia el sofá donde descansaba el abrigo a buscar tabaco. Encontró el paquete totalmente vacío en uno de los bolsillos interiores. Frustrado, lo apretujó y lo tiró al suelo. Se sentó con el café en una de las viejas sillas de la cocina y ni siquiera encendió la televisión. Bebía el café sin cigarro a pequeños sorbos pensando en que le esperaba otra mañana igual que la de los 4 años anteriores. Una vez terminado, buscó en el armario algo decente que ponerse. Toda su ropa estaba vieja y descolorida, así que se limitó a buscar algo que no estuviera lleno de rotos. Finalmente se decidió por un polo blanco muy simple que había comprado hace un par de años en el mercadillo y sorprendentemente estaba igual que el primer día, unos vaqueros claros y un jersey de pico azul con los elásticos dados de sí. Cargando con la ropa, puso el calentador en el baño y se empezó a afeitar.

Carlos Sánchez Gracia vivía solo en un pequeño estudio de 25 metros cuadrados en una de las calles traseras de Gran Vía. Le parecía muy curioso pensar que a escasos cien metros los turistas disfrutaban de los monumentos y la cara buena de la ciudad mientras que en el piso de al lado se traficaba con droga y en el de arriba había una casa de putas. Llevaba viviendo aquí apenas un año y medio, antes vivía en un piso más grande, pero al perder su último trabajo como reponedor se vio obligado a mudarse a su actual cueva sin ventanas. La puerta de la calle daba directamente al salón-cocina escasamente amueblado con un sofá de cuero negro lleno de rajas por las que escupía el relleno al sentarse, una televisión marca Telefunken de 17” sobre un mueble de cajones marrón cerezo descolorido y astillado, una enorme librería de IKEA llena de libros que le robó al dueño del antiguo piso y un par de sillas desencoladas apartadas en una esquina. Una pequeña mesa de centro y un par de fotos antiguas clavadas con chinchetas en la pared suponían el resto de la decoración.

Salió de la ducha y mientras se secaba recordó que hoy había quedado a comer con María, su hermana. María era el único familiar con el que aún mantenía relación, y esta relación era más bien fría y por compromiso. Tenía 43 años, 8 más que Carlos, y albergaba un exagerado sentimiento protector hacia él desde bien pequeño. De vez en cuando, María le llamaba y le invitaba a comer. Carlos, a pesar de importarle poco su hermana siempre aceptaba. Él se obligaba a pensar que era por comer gratis en algún buen restaurante, pero realmente necesitaba tener de vez en cuando algún vínculo con su pasado y recordar que tenía una familia, aunque la mayor parte de los miembros no le dirigieran la palabra desde hace años. Ya duchado, afeitado y vestido, salió del baño y fue a revisar la carpeta roja del segundo cajón del mueble de la televisión. Cometió el error de sacarla boca abajo y más de veinte de sus currículums volaron hacia el suelo. Carlos puso los ojos en blanco y se quedó mirando todos esos papeles con su foto esparcidos por el salón. Al fin y al cabo esa era su vida, siempre cayendo y cayendo hasta ocupar el lugar más bajo posible. Se agachó y empezó a recoger los papeles cada vez más rápido, no aguantaba empezar el día sin fumarse un cigarro y estaba de los nervios. Una vez terminó de recogerlos, los volvió a meter en la carpeta roja y se aseguró de que quedara bien cerrada.

En la mesa de centro estaba su cartera, así que se aproximó y con miedo miró el interior descubriendo un billete de cinco euros y algunas monedas sueltas que no llegarían al euro. Como iba a comprar tabaco sí o sí, le quedarían algo menos de dos euros para sobrevivir hasta que consiguiera algo más de alguna de las muchas formas que la vida en la calle le había enseñado. Menos mal que hoy María le invitaría a comer, y que pensaba hincharse tanto que se ahorraría la cena.

Más obras del autor en www.carlosestaencrisis.com
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5 respuestas a Café sin cigarro. (Carlos está en crisis)

  1. Muy bien reflejado el estado de decadencia y abandono del protagonista, Me ha gustado

  2. Espero que os guste.

    Muchas gracias a elrelatodelmes por la rápida publicación.

  3. Me ha gustado. Te doy “todos” los puntos. Gracias.

  4. David dijo:

    ME encantó. Se me vinieron recuerdos al leerlo, eso me gustó. Carlós estará en crisis, pero tu no. Tienes talento!!

  5. manoli dijo:

    Qué tristeza y qué bien descrito. Muy buena la metáfora de las fotos por el suelo y su caída personal. Me gustó mucho.

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